Hay yuyos con más nutrientes que las verduras que comemos
En algunas zonas estimamos que podría haber 7.000 kilos por hectárea», señaló hace unos días al diario argentino La Nación el doctor Eduardo Rapoport, quien, junto con Ana Ladio, Laura Margutti y otros investigadores del sur argentino, calculó el peso y el valor nutritivo de las plantas silvestres comestibles que hallaba a su paso. La investigación demuestra que hay plantas silvestres que podrían paliar el hambre y que crecen no sólo en Argentina sino también en Uruguay, Chile, Brasil y el resto de Latinoamérica.
Estas plantas tienen diferencia en materia de calidad nutritiva con las que suelen encontrarse en las verdulerías. La gente las llama malezas; ellos prefieren llamarlas buenezas. Así lo indicó Rapoport a LA REPUBLICA, luego de conectarse con el investigador vía correo electrónico, quien nos envió algunos comentarios y uno de los artículos publicados sobre su trabajo en diversas revistas de ciencia.
Los «yuyos» o «malezas» abundan por todos los ambientes perturbados por el hombre. De las aproximadamente 10.000 especies conocidas en el mundo, posiblemente entre el 20 y el 30% son comestibles.
Muchas de las especies que hoy llamamos «malezas» han servido de sustento a la humanidad desde el Paleolítico. Algunas, como la avena, acelga, colza, achicoria, rúcula, centeno y otras más fueron malezas hasta que el hombre aprendió a cultivarlas. La agricultura, sin embargo, se ha concentrado en unas pocas -algo más de cien- especies comercialmente redituables que aparecen en los anuarios de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación). Pero quedan muchas otras que han sido «olvidadas» y que merecen ser consideradas por quienes buscan delicadezas gastronómicas, por los que sienten el placer de salir a colectar plantas silvestres comestibles o cuando nos encontramos en apuros, durante épocas de crisis. Rapaport explicó que «En nuestros archivos tenemos más de 13.000 especies comestibles, a nivel mundial, pero existe la sospecha de que son muchas más. Basta echar un vistazo a la tabla que les envío para comprobar que la riqueza de fuentes comestibles puede llegar a ser considerable. Es normal que en cualquier bioma -bosque, pradera o desierto- el porcentaje varíe entre el 6 y 21. Pero si consideramos sólo las malezas, esto es, plantas invasoras que de una forma u otra «molestan» al hombre, los valores oscilan entre el 23 y 89%. En una estimación conservadora, un 10% de las 260.000 especies conocidas de plantas en el mundo, tendrían que ser alimentarias. Es decir que, posiblemente, deben de existir, por lo menos, 26.000 especies comestibles, ya que aún no se conoce la totalidad de la flora de nuestro planeta. El comercio internacional sólo utiliza el 0,04% de esa riqueza» afirmó.
Comer yuyos: ¿una propuesta indecorosa?
Hay yuyos y yuyos, dicen los investigadores en un artículo publicado en 1999 en la revista Ciencia Hoy. «La gente, en general, no sabe reconocer cuáles son comestibles y cuáles son indigestos o, incluso, tóxicos. Por tanto, temen indigestarse y se privan de utilizarlos. No sin cierto recelo -tenemos que reconocerlo- los hemos probado. Si uno no está seguro, la experiencia indica que la primera ingestión debe ser minúscula. Si en el término de 23 horas no aparecen síntomas anormales (retortijones intestinales, dolor de estómago, náuseas, mareos, gases, diarrea y/o vómitos), se puede duplicar la dosis y repetir el proceso. Esa es la manera que usaban los aborígenes (y los animales) para probar nuevos alimentos».
«Nuestras» malezas exóticas ya tienen antecedentes de ser usadas en la gastronomía de otros países del Viejo Mundo. Más de 70 de ellas «pululan» también en el resto de la Argentina, Chile y Uruguay. «Estimamos que en el Cono Sur deben de pasar las 200 especies. Siendo malezas, en su mayoría exóticas, el hecho de recolectarlas no tendría que afectar mayormente a la naturaleza nativa. Más aún, hasta podría verse favorecida. Sabiendo de la abundancia de malezas comestibles, y habiéndolas probado y saboreado en distintas recetas culinarias (la mayoría se usan como espinacas o acelgas, o directamente en ensaladas) sentimos que, como universitarios, tenemos el deber moral de divulgar nuestra experiencia. Lo hicimos, con gran éxito, en colegios, comedores populares, bibliotecas públicas, iglesias y otros lugares de Bariloche» contó. La decisión de aprovechar esos recursos es privativa de cada persona. «Hay gente que no gusta salir de la carne y de los farináceos» dice. Rapoport explicó que «definitivamente, la recolección de plantas silvestres comestibles no es la solución al problema del hambre. Pero puede ayudar en casos de apuro, especialmente en pueblos y ciudades pequeñas, o en las suburbios de grandes urbes». *
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