Aparta de mí ese cáliz

Como cualquiera, siento una mezcla de indignación y de impotencia frente a la barbarie del jueves 11, del mismo modo que me sublevan las injusticias y el napalm, la miseria y los misiles.

No quiero caer en el lugar común de relativizar la gravedad del atentado en Madrid recordando la epopeya bárbara de la conquista y las masacres, atrocidades y genocidios perpetrados por el reino de España (y el Imperio Español en cuyos dominios el sol no se ocultaba nunca, como bien decía Carlos I o V) durante casi cuatro siglos. Tampoco minimizaré la tragedia mediante la comparación con las muertes diarias (y bastante más numerosas que las ocurridas en los trenes madrileños) de africanos en particular  y habitantes del mundo subdesarrollado en general  por causas como la desnutrición o enfermedades curables que no cobran víctimas en el Primer Mundo.

Sería muy fácil traer a la memoria el acero y el fuego con que aquellos conquistadores codiciosos sometieron a incas, aztecas y otros pobladores del Nuevo Mundo, en una orgía de sangre bastante mayor que la padecida por los infelices laburantes madrileños el 11 de marzo. No hay más que remitirse a «Las venas abiertas de América Latina» para concluir que lo sufrido por los españoles en 2004 es bastante menor que lo que sus ancestros hicieron sufrir a los indígenas desde 1492 hasta mediados del siglo XIX. ¿O no?

También se podría argüir que España, en tanto integrante del Primer Mundo, debe su riqueza (no tan abultada como la que ostentan otros estados europeos, es cierto, pero riqueza al fin) a la miseria y a los padecimientos de las grandes mayorías del Tercer Mundo, donde debemos incluirnos nosotros, los uruguayos.

Asimismo, hay quien sostiene que, en definitiva, Aznar  al alinearse tan estrechamente con Bush  comprometió a la nación española en una aventura bélica que produjo cuantiosas víctimas civiles a los iraquíes y pingües dividendos a los empresarios de los países embarcados en la cruzada libertadora (estadounidenses, ingleses y españoles), al tiempo que abrió las puertas a previsibles represalias fundamentalistas.

Sin embargo, con ser perfectamente cierto lo que antecede, no hay justificación de ningún tipo para la barbarie cometida por quien sea contra hombres, mujeres, niños, viejos, sin responsabilidad alguna en las masacres ordenadas por Cortés y Pizarro ni en la invasión a Irak. Recuérdense las manifestaciones sin precedentes ocurridas en toda España, en las que millones de individuos ganaron las calles para decir no a la guerra impulsada por Bush y apoyada por Aznar.

Entonces, sin olvidar lo dicho al comienzo, me solidarizo con el dolor del pueblo español.

Entre otras razones, porque con España me une una infinidad de lazos de todo tipo. Y no me refiero a lazos familiares o sanguíneos, demasiado alejados por el paso de las generaciones, sino a la multitud de referentes culturales comunes, por el hecho  nada despreciable  de que heredamos de España, además de la lengua, un sinfín de elementos que integran nuestra identidad.

España significa  además de los vinos, las tapas y los chatos de manzanilla, además del cantejondo y las guitarras Fleta  Cervantes, Quevedo, Goya, Machado (Antonio, por supuesto, pero también Manuel), León Felipe, Gaudí, Miró, Buñuel, Lorca, Alberti, Saura, Serrat, Paco Ibáñez, Sabina… Es la Plaza Mayor y la Puerta del Sol, el barrio Gótico y el Parque Güell, la Alhambra, Toledo, las tardes de toros, el aceite de oliva y los aceituneros altivos…

¿Y cómo olvidar la Guerra Civil de los años treinta, que marcó a más de una generación de uruguayos? El heroísmo de una lucha desigual y la emocionante solidaridad mundial de las Brigadas Internacionales; las célebres canciones de entonces que todavía hoy es posible oír, incluso en labios de jóvenes. Una epopeya trágica protagonizada por el pueblo español, que fue referente ineludible y constante en la militancia de los uruguayos en los turbulentos años sesenta.

Entonces, cuando uno se enfrenta a las imágenes dantescas de los trenes convertidos en hierros retorcidos, el espanto de los heridos y los muertos alineados, siente que los atentados también nos golpearon a nosotros. No importa que el gobierno español esté en manos de la derecha neofranquista; no importa que el irresponsable y obsecuente de Aznar se haya aliado con Bush: los atentados golpearon al pueblo madrileño (un pueblo en el que coexisten españoles de todas las comarcas y extranjeros, muchos de ellos, árabes), en una acción esencialmente cobarde, alevosa y demencial. Tan cobarde, alevosa y criminal como la invasión y posterior ocupación de Irak.

Tan cobarde como el pelotón de verdugos que no osó mirar a la cara a Federico al momento de ejecutarlo, «cuando la luz asomaba».

(*) Periodista

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