Grappa por whisky

No hacía falta una gran inteligencia, pero la de Sanguinetti sobraba; además tiene poder. La decisión de nominar a Stirling lleva la marca neta de su talante político aplicado a tallarse su propio monumento con el material existente.

Empecemos por el material, es decir, la realidad objetiva. El elefante contrajo anemia. Así de corpulento que se ve -legisladores, ministros, intendentes, directores, militares, técnicos, embajadores, bedeles- el «colorado» está pésimo de salud, muy débil, lánguido. También los elefantes mueren. Es una larga declinación, hasta que un día llega. Agréguese que pronto se quedará sin su alimento vital, al que su cuerpo está hecho, del que carga su energía: ministerios, direcciones, embajadas, secretarías, jefaturas -el Estado. De manera ineluctable, el elefante colorado quedará lejos del poder estatal desde marzo próximo. Pero muy lejos. Porque no se repetirá la simbiosis rosada que permitía al perdedor seguir prendido. No con los colorados, esta vez.

¿Qué sentido tenía, para el Sanguinetti que bien conocemos, infligirse a sí mismo los moretones de la derrota? Al famoso «No perdí ninguna huelga» Sanguinetti debía sumar el invicto en elecciones.

¿Y a partir de ahora? Queda el Partido, que suele durar más que los hombres. Allí decidió instalar su regencia Sanguinetti para pasar el invierno. De los lugares que quedan, eligió el más rentable, como él gusta (salvo que se le cruce algún puesto internacional muy distinguido, como el que ligó Duhalde -lo evaluaría en su momento). Dio el «paso al costado» (¿?) siendo líder en la interna, como será ratificado en junio frente al Manco, así que el puesto le corresponde. Entonces dividirá su actividad en dos funciones: francotirador sobre el gobierno de Vázquez, y sastre de una reforma del Partido a su propia hechura.

Controlada, sin fracturas, incestuosa, la reforma mantendrá el olor a naftalina del traje paterno. Con chaleco, como prefiere el líder. Alrededor de la sede partidaria, donde Sanguinetti cortará y zurcirá a su modo, el Foso Batllista estará lleno de Hierros y Abdalas cerrando el paso. Difícil para Pasquet. Con esta movida del Jefe, adelantándose a ocupar los espacios amenazados, el camino del desafiante se hace más largo y duro. Quizás sea necesario, para que finalmente acontezca un parto de verdad, es decir, con dolor. Pero, ¿qué quedará del Partido entonces?, ¿y del potencial de Pasquet?.

Al desafiante «blanco» Jorge Larrañaga, en cambio, le llegó ahora su oportunidad.

Stirling fue apuntado por ser quien proveerá una mayor cantidad de votos, merced a su mejor imagen popular. Eso fue lo que contó. Para un partido que sabe que va a perder, y un Sanguinetti sin más remedio que abocarse a trascender hacia el 2009 o 2014, ¿qué otra cosa podría contar? Un Stirling, además, que no sembrará para sí -en desmedro de Sanguinetti- durante la campaña electoral. Un Stirling, además, apropiado para la parte diplomática de la guerra al gobierno frentista. No le hace mella, lo complementa y junta más votos, ¿qué más se puede pedir? No jugaron «las ideas de Stirling», entre otras cosas porque nadie las conoce: lleva ocho años sin darlas a conocer, debido a las restricciones de su ministerio. De todo lo que políticamente pasó en estos ocho años -y vaya si pasaron cosas importantes- la ciudadanía desconoce la postura y argumentos de Stirling. La popularidad actual que tenga se debe más a su estilo cívico, en todo caso, que a sus ideas propias. Para pensar alcanza Sanguinetti, y para hablar están sus voceros.

No es la defección de Atchugarry, como se afirma, lo que motivó este desenlace. La 15 podía apelar a Cáceres, un quincista plenamente idóneo para representar el distintivo jorgista, sin ningún problema.

El tano Sanguinetti, en función de su proyecto personal, invitó al escocés Stirling. Parece whisky, pero es grappa.

(*) Periodista

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