Mayor victoria económica británica en Sudamérica aún la pagan todos los 38 millones de argentinos
El primer empréstito argentino, con los británicos de Baring Brothers, fue en 1824. En 1885, Domingo Faustino Sarmiento escribía sobre lo ocurrido con esa deuda pública: «Hoy, cada argentino nace con más deuda de lo que pesa en plata». Parafrasearlo más de un siglo después implicaría corregir solamente el metal: hoy deben más que su peso en oro.
Curiosamente, y ello bien podrían tenerlo en cuenta algunos gobernantes de este lado del Plata que «priorizan los compromisos asumidos», aquella primigenia deuda argentina se pagó. Suspensiones de pago, moratorias, prórrogas de todo tipo y hasta dos guerras incluidas, se generaron directa o indirectamente en el esfuerzo de pagar aquella deuda original, antepuesta las más de las veces al interés del pueblo. Terminaron de pagar el empréstito, 80 años después, y se pagó nueve veces el monto de lo prestado. Cuando se acabó de pagar, en 1904, Argentina soportaba ya el peso de otras obligaciones que, a veces con mayor velocidad a veces con menos, la condujeron a la actual bancarrota.
Historia ejemplar
Aún carecían los argentinos hasta de Constitución Nacional, cuando en 1822 Bernardino Rivadavia pidió un crédito externo en nombre de «la provincia de Buenos Aires y el puerto».
Negociado en 1824 con la casa bancaria inglesa Baring Brothers, se pidió un millón de libras esterlinas de oro, equivalentes a 5 millones de pesos fuertes (la moneda local de la época), al 6% y a cancelar en 40 años. Aunque la cifra puede parecer menor en el contexto actual, téngase en cuenta que equivalía al 80% de los gastos anuales de la provincia bonaerense.
El empréstito escondía la misma trampa que aún hoy se emplea para con los países latinoamericanos: del préstamo, sólo se recibió un 18,68 por ciento en metálico; otro tanto correspondía a deducciones (comisiones, amortización e intereses de los dos primeros años, etc.); y el 62,64% del total, llegó en letras de cambio de uso para comercio con los británicos.
Los banqueros de la época (algunos apellidos respetables en los actuales libros de historia argentina), también «hicieron la suya». Sáenz, de Riglos, Castro, etc., se hicieron de 150.000 libras (que repartieron con Baring), por la diferencia de colocación de títulos: lo obtuvieron al 70% y lo colocaron al 85%.
Aunque los fondos eran para la justificable meta de construir el puerto de Buenos Aires, entre otras obras, se gastó casi todo en algo absolutamente inútil y donde volvemos a entrar en escena. La guerra con Brasil, por la posesión de la Banda Oriental, reflejada en estas tierra como la Guerra Grande, se llevó el dinero.
A tres años de recibido el empréstito, en 1828, la deuda dejó de pagarse y Manuel Dorrego reconocía el primer «default».
Con Rosas vivíamos mejor
Cuando el gobernador porteño Manuel Dorrego informó a la legislatura de Buenos Aires la suspensión del pago, el argumento central era absolutamente comprensible en la actualidad, más allá de la falta de fondos. «No considero apropiado emitir papel para enviar oro a Inglaterra, porque es añadir combustible a un incendio que lo terminará devorando todo», escribía.
Dorrego será fusilado, con el advenimiento al poder de Juan Manuel de Rosas, quien se muestra proclive a pagar, pero antes, ordena una investigación. En 1835, con el informe de la investigación en sus manos, dispone no pagar. «El gobierno nunca olvida el pago de la deuda externa, pero al presente nada se puede hacer», dice. Pero el 17 de febrero de1843, Rosas intenta ceder la soberanía de las Malvinas (ya ocupadas por los ingleses) a cambio de saldar la deuda.
Denegada la propuesta, acepta amortizar deuda a partir de 1844. Menos de un año después Argentina rompe relaciones diplomáticas con Francia e Inglaterra. Habrá que esperar hasta 1849, que se firme la paz, para que, el 1º de enero de 1850 se reanuden los pagos.
Se pagaron apenas unos meses.
La batalla de Caseros, la caída de Rosas, el advenimiento de Justo José de Urquiza; el país dividido entre la Confederación urquicista y el Estado de Buenos Aires, implicó que los escasos fondos fueran para sostener los polos de poder.
En 1854, Urquiza se convierte en presidente constitucional y ordena al ministro de Hacienda recomenzar pagos con los tenedores de bonos un año después: tampoco avanzó, en tanto muchas de las tierras públicas hipotecadas para el empréstito habían sido vendidas otras vez durante las conflagraciones.
En 1857 se alcanza un plan de pagos, sobre la base de una liquidación que incluía intereses, moras, y atrasos: Argentina, que había pedido un millón de libras, recibido menos de 200.000 en metálico, debía, 33 años después, 1:646.000 libras esterlinas.
El plan de pagos se cumplió, pero ello apenas convenía a los intereses de los prestamistas, que estimularon nuevos empréstitos desde 1860 destinados casi todos a la compra de armamento (inglés por supuesto). Las armas serían imprescindibles para la Guerra de la Triple Alianza, con la cual los británicos harían negocio a dos puntas: prèstamos para armas en Argentina, Brasil, y Uruguay; eliminación del entonces más industrializado país de la región: Paraguay.
A fines de la década de 1880, la deuda argentina equivalía al 360% de su Producto Bruto Interno (actualmente equivale al 140%). Tal pasivo hizo que a fines de 1889, el crédito con Baring Brothers cayera, una vez más en default.
El presidente Carlos Pellegrini (1890-1892), preocupado por la eventualidad de una intervención bélica británica en caso de no pagar, comenzó de algún modo a escribir la historia en términos modernos: su programa económico priorizó el pago de la deuda antes que cualquier otra necesidad.
En 1891, se firmó con los acreedores el Acuerdo Financiero Argentino: con un préstamo de la Banca Morgan y otros, se pagaron los intereses incluyendo tres años anticipados de vencimientos. A cambio Argentina se obligó a reducir el gasto público, aumentar los impuestos y recortar la emisión monetaria.
A todo todo esto: ¿qué ocurrió con la primera deuda argentina?
Se canceló en 1904; se pagó para un préstamo de 2:850.000 pesos fuertes, según la Oficina de Crédito Pública Nacional, un total de 23:734.766 pesos fuertes. Con las comisiones, no incluidas, se estima que el pago superó los 30 millones de pesos fuertes. Cabe apuntar sin embargo que para aquellas épocas el pueblo no fue doblegado para pagar lo que había comprometido la generación de sus bisabuelos: comenzaba el vertiginoso camino que concluiría en 1930 con la Argentina en el cuarto lugar del crecimiento industrial en el mundo.
Otros aportes
Atribuir a una sola línea de empréstitos la crítica situación de la deuda argentina sería como hacer responsable a un solo gobierno de la crisis estructural de nuestros países.
Es que aun cuando los pagos estuvieran cesados momentáneamente, los banqueros siempre especularon que de un modo u otro, y como efectivamente ocurrió, cobrarían. Baring Brothers, aun con su ofuscación de acreedor impago, le prestó al gobierno de Bartolomé Mitre 12 millones de pesos fuertes (más del triple del empréstito impago), para apuntalar la guerra con Paraguay.
Tampoco fueron estas las únicas veces que los préstamos se destinaban a la guerra: Domingo Faustino Sarmiento contrajo un empréstito de 30 millones de pesos fuertes con la Casa Murrieta|Co. para acabar con las revoluciones de López Jordán, en Entre Ríos.
Otros casos honraron a los vecinos… pero también los endeudaron. Tal el caso del presidente Julio Roca, «vencedor del desierto». A
sangre y fuego concretó el dominio efectivo del gobierno sobre las tierras patagónicas, en un exterminio de indios que hoy sería catalogado de genocida (en proporción, igual a lo hecho por Rivera en el norte uruguayo). Pero Roca construyó además la nueva capital de la provincia capital: la ciudad de La Plata; construyó el puerto de Buenos Aires, una estructura de ferrocarriles moderna, e instituyó la moneda nacional. Cuando acabó su gobierno el país había pasado de deber 33 millones de pesos oro, a 71 millones.
Cabe consignar finalmente para esta visión a «vuelo de pájaro» de la deuda externa argentina la curiosidad de que no aparezca más Baring Brothers como acreedor ni prestamista de los argentinos.
Cuando la ciudad de Buenos Aires emitió un empréstito de 21 millones de pesos oro, con el cual Obras de Salubridad debía reformular el saneamiento porteño, Baring Brothers lo adquirió. Intentó relanzarlo al mercado, pero sin éxito.
La firma sobrecargada de papeles sudamericanos pidió ayuda al gobierno británico que, atemorizado de un eventual quiebre de la empresa aportó dineros provenientes de Rusia y Francia. Finalmente logró que Lord Rotschild aceptara «sindicarse» con Braing Brothers. Duraría cien años más: en 1995 quebró, y no a consecuencia de los adeudos latinoamericanos, sino por sus fallidas inversiones asiáticas y desinteligencias internas que muchos medios británicos calificaron de un solo modo: corrupción. *
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