Kerry, ¿candidato del resto del mundo?
En épocas normales (cuando, por ejemplo, existía la amenaza concreta de la Unión
Soviética), antes del final de la Guerra Fría y el 11 de setiembre, se decía con sorna, y cierta lógica y justicia, que si las decisiones del presidente de los Estados Unidos incidían en la vida de los habitantes del planeta, se les debía permitir participar en su elección.
Requeriría una insólita enmienda constitucional (que no seria del agrado de los votantes estadounidenses), pero esta ocurrencia tiene mucho más sentido ahora.
A bote pronto, una mayoría de los habitantes del mundo más o menos desarrollado y, en mayor número, en el menos afortunado, sobre todo en los países árabes y en América Latina, votaría contundentemente por John Kerry en noviembre. En rigor, se decantaría por cualquier opositor de Bush.
Las razones de esta actitud quedan patentes y se reflejan en la prensa de referencia de tendencia centrista o escorada hacia la izquierda, pero también en la moderadamente conservadora, además de los periódicos sondeos de opinión popular. Se detecta a Bush como el principal causante de las tensiones mundiales, del aumento de la inseguridad internacional, y de los enfrentamientos entre continentes y regiones, y sobre todo de la división de un necesario consenso a ambos lados del Atlántico.
Se lamenta el despilfarro del impresionante capital político de apoyo a los Estados Unidos cosechado tras el infamante 11 de setiembre. Ya nadie se acuerda del ahora inaplicable «Todos somos americanos», editorial histórico de «Le Monde» del 12 de setiembre. Hoy, en esos mismos medios sería: «Todos somos anti-Bush».
Hoy, la táctica de Bush a nivel interno en los Estados Unidos, consistente en la infusión del miedo por la amenaza terrorista, tiene en el exterior un efecto contrario: insulta, irrita y crea desconfianza. Desde el exterior se observa con estupefacción el abuso de las escenas del 11 de setiembre para la campaña de otoño.
Con una mínima perspectiva histórica, no se recuerda en ninguna época anterior un caso similar de fobia mayoritaria hacia un presidente estadounidense. Ni Reagan ni Nixon alcanzaron en ningún momento un nivel comparable de impopularidad exterior. En contraste, se elevan los casos imperfectos de Carter, el mismo Clinton, y por supuesto Kennedy, como nostálgicos ejemplos de entendimiento internacional, cuando no de sincera admiración.
En contraste, un número notable, pero comparativamente reducido, de sectores de la elite política y económica de Europa, buena parte de América Latina y también de Asia, se sentiría más cómodo con el actual presidente estadounidense.
La razón de que esta inclinación no es solamente de sinceras afinidades ideológicas, sino de pragmatismo interesado, sobre todo palpándose la billetera en el bolsillo y comprobando la cuenta del banco.
Además, el antiamericanismo de derecha existente en algunos países europeos (Francia y España, principalmente) ha sufrido erosión con el paso del tiempo y ha evitado ser identificado con los sectores izquierdista visceralmente opuestos a los Estados Unidos.
En los recientes meses, esa elite ha mesurado las aparentemente improvisadas decisiones de Bush y ha detectado las claves del unilateralismo, y el desinterés por la integración regional, de la Casa Blanca y el Departamento de Defensa. Ha sido un tedioso aprendizaje, difícil de echar por la borda en caso del triunfo de Kerry. Es la variante del «mejor es malo conocido que bueno por conocer», pero considerándolo «bueno» y «uno de los nuestros».
En cualquier caso, la decisión la tomarán los votantes de los Estados Unidos, profundamente divididos, alarmados, y sobre todo influenciables por la campaña mediática que se viene encima. *
(Especial de IPS en Uruguay para LA REPUBLICA).
(*) Joaquín Roy es catedrático ‘Jean Monnet’ y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami
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