Aguas bravías, naufragios por miles, y un tesoro en el Puerto de Montevideo

Las aguas del Río de la Plata, han sido de alto riesgo para los navegantes de todas las épocas: se presume que unos 2.000 naufragios han ocurrido tanto en el estuario, como en su acceso atlántico en el área uruguaya.

El banco Inglés, con 500 naufragios estimados, es la zona más comprometida.

Las flotas de galeones, españoles mayoritariamente, que surcaron estas aguas reflejaron una época: la del oro y la plata «del Alto Perú». Es que la «boca de salida» de toda aquella riqueza quedó centrada con el correr de los decenios en el estuario platense, debido a los peligros que bandidos y corsarios les generaban en otras latitudes.

También el ya existente contrabando de metales preciosos engrosó aquellas bodegas de madera.

Los peligros geográficos y meteorológicos de estas costas tal vez no fueran tales, pero igual cobraron su tributo en vidas y bienes.

A pesar de tanta riqueza subacuática, en los tiempos recientes, debemos aguardar a que Collado encuentre la bodega, de la fragata portuguesa Nuestra Señora de la Luz, a 500 metros de la costa en Carrasco, para que aparezca oro.

Collado había descubierto un galeón hundido en la década de los ’80, pero su fama salió a relucir en 1993, cuando encontró 3.000 monedas de oro, que se remataron en la casa neoyorquina Sotheby´s. Se recaudaron tres millones de dólares.

A la fecha, la búsqueda en la playa de Carrasco se ha integrado al escenario urbano: Collado cree que hay aún allí 53.000 monedas y 400 lingotes de oro, una carga que el buque contrabandeaba, cuando se fue a pique en 1752. Cien millones de dólares, se calcula, están allí a no más de diez metros de profundidad, esperando.

Curiosamente, el tesoro aparentemente más fácil de todos (y por el que llegó Collado a Uruguay), aún continúa sin hallarse. Se trata del galeón español «La Aurora», que se fue a pique en la misma bahía de Montevideo, dentro del puerto, en una noche de espectacular tormenta del siglo XVIII. Tenía en su bodega 70 toneladas documentadas de lingotes de plata. Jamás aparecieron.

La fiebre del oro submarino resulta así una utopía para el común de los mortales, pero un constante acicate para el buscador. Antiguas cartas náuticas, libros de historia, el Archivo de Indias en Sevilla, y el museo Alvaro Bazán en Madrid, coexisten para el estudio con fotos satelitales, electrónicas de última generación, y todo lo imaginable para una inversión siempre de altísimo costo e impredecible rendimiento.

Los buscadores de tesoros, que detestan ese apelativo, afirman que en la costa uruguaya el negocio es a pura inversión y desconocido rendimiento inmediato. Pero ninguno abandona.*

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