Venezuela en el laberinto
Tentador es, ante la imagen de caos que transmiten los medios de comunicación y la constante demolición que sufre el presidente venezolano, creer que Hugo Chávez es la causa de todos los males que hoy padece Venezuela. También que su caída, renuncia o derrocamiento es una solución tan necesaria como inexorable. Tal es el mensaje que transmite repetidamente la oposición, que coincide con la opinión del gobierno de EEUU (y la del español, que aliados son también en eso). Sin embargo, un somero repaso de la historia latinoamericana permite encontrar otras explicaciones de la crisis venezolana.
Desde principios del siglo XX, EEUU ha sido en extremo hostil a cualquier cambio en la región que no sea tutelado por ellos. El afán nacionalista le costó la presidencia a José Santos Zelaya en Nicaragua, en 1909, una ruta que seguirán Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, Juan Bosch en Dominicana en 1965, Salvador Allende en Chile en 1973 y la revolución sandinista en los años 80. Otros menos señalados, como el Movimiento Nueva Joya en Granada en 1983 o el torrijismo en Panamá en 1989, seguirán similar destino. La única excepción a la regla, hasta Hugo Chávez, había sido Fidel Castro en Cuba, cuya capacidad de resistir ha marcado la política de EEUU hacia la región desde 1961.
Chávez inició, en 1992, el fenómeno de los movimientos sociales cívico-militares que han querido darle una alternativa de futuro a países demolidos y arruinados por unas minorías que han acumulado riquezas obscenas, al precio de excluir a las grandes mayorías de toda esperanza de bienestar. La sostenida popularidad de Chávez, probada en distintas consultas electorales, fue el detonante del golpe militar de 2002 y que, hecho inédito en la historia regional, fracasó. No logró triunfar el modelo chileno, suma de desestabilización política, boicot económico, asesinatos programados y golpe militar. Para desesperación de EEUU y la plutocracia, el ejército sigue fiel a Chávez, quien continúa gozando de amplio respaldo entre el perraje, término con el que los opulentos designan al pobreterío. Ello les ha obligado a apostar por el tumulto callejero y la guerra económica y propagandística. Se trata de impedir que gobierne en paz para evitar que triunfen las reformas y culparlo luego de su fracaso. Nada nuevo. Ocurrió antes en Guatemala, Nicaragua y Chile.
Poco o nada se dice del gran esfuerzo que realiza Chávez por combatir la pobreza y la desigualdad, como el reparto gratuito de libros (no políticos, de Cervantes, Shakespeare y Saint-Exupéry), la extensión de la sanidad pública a zonas marginales, la entrega de tierras o la creación de universidades para pobres. Lo bueno de Chávez es sistemáticamente omitido en tanto sus errores, también importantes, son magnificados hasta lo grotesco.
Pese a la deformada imagen que transmiten de él, Chávez está muy por encima de la media de presidentes latinoamericanos. Toledo en Perú es un desastre y su popularidad no alcanza el 20%; el ex presidente Serrano de Guatemala está huido; Arnoldo Alemán en Nicaragua, preso; Alfonsín en Argentina, enjuiciado; Gutiérrez en Ecuador es una estafa… Chávez paga por haber desalojado del poder a la corruptocracia, oponerse al imperio y querer transformar su país. Entre la obcecación de la una y la esclerosis del otro, Venezuela está siendo llevada a un laberinto de salidas inciertas. No tiene Chávez la llave del embrollo sino quienes prefieren sumir al país en el desastre antes que aceptar el juego democrático. Un pecado en una región donde, para pasar como buen presidente, preciso es ser obediente y corrupto, tolerar el saqueo y luego, calladamente, retirarse millonario a gozar lo medrado. (Publicado en El Mundo. España, marzo del 2004) *
(*) Profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid.
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