Desarrollo vs medio ambiente: un falso dilema

Hasta entonces, los avances científicos y el desarrollo tecnológico que hicieron posible el progreso de la Humanidad y el crecimiento económico, no habían tenido incidencia en el medio ambiente ni habían alterado el equilibrio ecológico. Fue a partir de las máquinas movidas por vapor generado por calentamiento de agua mediante la combustión de carbón, que se empezó a contaminar la biosfera (además de los horrores de la explotación de hombres, mujeres y niños). No hay más que ver los grabados de época (excelentes aguafuertes, por otra parte) que muestran chimeneas humeantes de fábricas y locomotoras para advertir que allí empezó la degradación del planeta; se extraía combustible no renovable de las entrañas de la Tierra y se llenaba el aire de humo y hollín. Han transcurrido más de doscientos años y, adelantos tecnológicos aparte, seguimos prácticamente en lo mismo (aunque un poco peor, gracias a Dios): ya no es carbón sino petróleo lo que se extrae y se quema, pero los efectos son similares o peores: el monóxido de carbono envenena la atmósfera y causa el famoso efecto invernadero, responsable del recalentamiento del planeta.

Creo que de toda esta catástrofe el gran culpable es una ideología que nos hizo creer que el ser humano era el superhombre capaz de luchar contra la naturaleza, sojuzgarla y ponerla a su servicio. Por suerte, ya en el siglo pasado aparecieron voces para denunciar esta calamidad. Por los años cincuenta, el poeta francés Jacques Prévert –muchos de cuyos poemas fueron musicalizados, como Las hojas muertas, por no citar sino el más emblemático– había escrito el siguiente alegato ambientalista: «Tantos bosques arrancados a la tierra; tantas selvas masacradas, acabadas, rotativadas… Tantos bosques sacrificados por la pasta de papel de los millares de diarios que periódicamente llaman la atención de sus lectores sobre el peligro de la desforestación de bosques y selvas…».

La ecología existía ya como ciencia/disciplina/rama (tachar lo que no corresponda) de la biología, surgida para estudiar los sistemas e interrelaciones entre las diversas especies que integran una comunidad y el medio en que viven. Esta ciencia había sido desde su nacimiento –en el siglo XIX– meramente descriptiva y explicativa de los fenómenos objeto de su estudio. No fue sino mucho después que se vistió con ese ropaje proselitista militante que exhorta a observar comportamientos respetuosos del equilibrio del planeta y denuncia con vehemencia todo atentado al medio ambiente.

En sus comienzos, el movimiento era tolerado con benevolencia y con una sonrisa indulgente como un capricho de gente medio alocada que exigía no arrojar desperdicios, cuidar a los pingüinos, dejar que los caracoles se morfaran las plantas del jardín, proteger a las arañitas, etcétera, todo en aras de no romper el equilibrio ecológico. Por allí aparecía la ex diva y sex-symbol Brigitte Bardot (con unos cuantos kilos más que en las películas de Roger Vadim) intentando conmover a la gente con la extinción de las ballenas. En muchos casos, esta defensa de los bichos llevó a muchos entusiastas a volverse vegetarianos porque ¡pobres vaquitas! El asunto prendió tanto que se puso de moda, y fue así que apareció una nafta ecológica (!), como si el hecho de no contener plomo la convirtiera automáticamente en beneficiosa para el ambiente y eliminara mágicamente toda la otra contaminación con monóxido de carbono…

Pero toda esta cáscara novelera y frívola pronto se fue cayendo para que la preservación del ambiente y la lucha contra la contaminación adquirieran su real dimensión y emergieran con todo su peso para detener la depredación y convertirse en un dolor de cabeza para las transnacionales ávidas de lucro y para los gobiernos irresponsables.

Todo este asunto viene a cuento ante la (aparentemente) inminente instalación de un par de plantas de celulosa en los alrededores de Fray Bentos.

Veinte mil fraybentinos podrían ser perjudicados por la emanación de ácidos y gases tóxicos, denuncia el Movimiento por la Vida, el Trabajo y un Desarrollo Sustentable. Según estudios serios de médicos y biólogos, las emisiones de ácidos sulfurosos y nitrosos producen la lluvia ácida. Como cualquier abombado sabe, esto perjudica los plantíos y atenta contra el ecosistema y la salud humana.

La cosa es así. Cuando se blanquea dióxido de cloro, se generan órganos clorados, dioxinas y furanos, que son altamente tóxicos. Las emisiones de estos desechos tóxicos pueden tener efectos temibles en la salud humana. Entre ellos, alergias e irritaciones, problemas respiratorios y, tras una larga exposición, las dioxinas y furanos pueden llegar a producir cáncer, ya que son sustancias mutagénicas que alteran el funcionamiento del sistema hormonal. Otra vez se plantea el conflicto entre desarrollo y ecología: ¿qué hacemos? ¿Aplaudimos las plantas de celulosa porque van a generar puestos de trabajo aunque haya riesgos de contaminación? ¿O las rechazamos por agredir al medio ambiente aunque los fraybentinos sigan vegetando en medio de la desocupación?

Por mi parte sugiero no caer en falsos dilemas. A no dejarse engañar por los realistas y posibilistas de siempre que tratarán de convencernos de que es preferible sacrificar la calidad del ambiente en aras del crecimiento económico.

Hay otro camino, el del desarrollo sustentable, que también es posible. *

(*)Periodista

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