Los únicos infalibles

Hace al crédito que un ciudadano de a pie dispensa a los dirigentes políticos y, por extensión, al propio sistema democrático. Por ejemplo: ¿por qué ningún dirigente de los partidos menores  el «blanco» y el «colorado»  nadie entre sus diez precandidatos o decenas de legisladores, felicita la meritoria gestión del arquitecto Arana? ¿Sería imaginable que Sanguinetti o Lacalle, Batlle o Larrañaga, alguno de ellos, declarase francamente su admiración y apoyo al intendente de lujo que se gasta Montevideo? A ver, ¿por qué no? Razones sobran, hasta para tirar por la ventana. Rompen los ojos. Y las urnas. De lo contrario, ¿cómo se explicaría el 65% de apoyo vecinal al cabo de diez años de ejercicio? ¡No existe!, como dicen hoy los jóvenes. Que de eso se trata en definitiva: que los gobernados aprueben la labor del gobernante, en un marco de garantías para la crítica y el control por parte de la oposición. Cabría preguntarse, ¿dónde viven aquellos próceres «tradicionales» que descalifican la gestión Arana como sapos de otro pozo?, ¿en Marte?

Pasa en el fútbol (menos veces de lo deseable, verdad) que un técnico explique la derrota de su equipo en el buen juego del adversario, ¿por qué no, con más razón, en la política? Si el cuadro propio, por más empeño que ponga, pierde ante un contrario que se florea en toda la cancha, a la vista de todos, ¿qué se puede decir, decentemente? Creo incluso haber presenciado aplausos en el Estadio para un gol muy bonito del equipo rival. Hace tiempo, es cierto.

Soy de los que ha fantaseado con un líder político que tuviera la dignidad y grandeza de elogiar una gestión exitosa de su oponente sin que le duelan prendas. Tendría mi crédito y mi respeto, he pensado. Como el unicornio azul de Silvio Rodríguez, pasa el tiempo y no lo encuentro por ningún lado. Para aplacar esa demanda insatisfecha inventaron el conocido cuplé que desea al adversario el éxito de su gestión «por el bien de los uruguayos», porque «primero está el país y después el Partido». Dicho eso antes de iniciar el emprendimiento. Después sólo habrá reparos o silencio.- Llena de abogados como está, la política terminó remedando el funcionamiento de los procesos judiciales, donde el defensor sólo defiende, el fiscal sólo acusa y el juez decide. A nadie se le ocurre imaginar que el fiscal subraye atenuantes o descargos a favor del procesado, por más patentes que sean. ¡Que de eso se ocupe el defensor! Y viceversa. Llevado a la política, no correspondería a la oposición aplaudir un logro del gobierno. ¡Que de eso se ocupe su aparato de propaganda! El problema es que, además y por encima de su carácter ocasional de gobernante u opositor, los jefes políticos son  o deberían serlo  los guías de su comunidad. Si la política cambiaria del gobierno es acertada, yo, que soy frentista, quiero que me lo diga Tabaré, que es mi referente para mirar al Uruguay presente y futuro en que vivo. No debo necesitar leerlo en Búsqueda o escuchárselo a Abdala. Viceversa, si un programa social de la Intendencia es exitoso, ¿por qué tengo que ir a un acto del Frente para escucharlo, si yo fuera blanco? Que me lo diga Penadés. Con mucha más razón yo le creería cuando me diga después que el estacionamiento tarifado es inconveniente, por ejemplo. Este alegato a favor de la sinceridad en la política puede parecer cándido, o incluso serlo efectivamente. Pero la disparidad entre lo que la gente ve  siente, le pasa  y lo que le dicen sus mentores políticos, explica una parte del descrédito y soledad en que han caído algunos dirigentes.

La izquierda, que carga en algún lugar de su mochila al antagonismo de clases como interpretación de la sociedad, alberga voces que agregan un escollo adicional: «¿Buena para quién?», preguntan, como criterio calificador de cualquier medida o política. No existe lo bueno a secas, en abstracto  dicen  depende de a qué clase social favorece o perjudica. La política es, está visto, terreno fértil para plantar axiomas contundentes a piacere. A mí se me ocurren dos por tres muchas ideas positivas, deseables, convenientes «para todos», sin necesidad de pasarlas por un riguroso detector de intereses de clase. Por ejemplo, me he preguntado si no convendría propiciar una corriente inmigratoria desde variados confines, que aporte ingredientes renovadores a nuestra idiosincrasia nacional. O la posibilidad de instaurar un estatuto especial para esa gallina de los huevos de oro que es Punta del Este, regida por un consejo técnico calificado, específico. Como no logro responderme a qué clase social beneficiarían estas iniciativas, mi carné de izquierda no lucirá el sello de «aprobado» que conceden algunas capillas.

Días atrás llevé a mi hijo a hacer cierto trámite en una dependencia municipal en manos de un intendente «derechista». Un lujo la atención y la eficiencia. «Me siento orgulloso de mi país, con estos servicios públicos», me comentó al salir. Pude haberle respondido que dicha dependencia es una vitrina demagógica para cosechar votos incautos por parte de un intendente enemigo de las causas populares. No me salió. Le dije «qué bueno, hijo». Chau sello.

Tan imposible como elogiar un acierto del adversario es reconocer un error propio, para nuestros políticos. Lacalle puede decir «me equivoqué» respecto del plebiscito de Antel, pero nunca referido a sí mismo  a su intención privatizadora  sino a «la preparación del pueblo uruguayo para asumir cambios imprescindibles». Lo mismo diría Astori respecto de Ancap, aunque el suyo hubiera sido el único voto a favor del no. Quizás ambos consideren que la reafirmación sempiterna de todos sus dichos y actos es lo que corresponde a un político, es ser «coherente consigo mismo», equiparándose así a la infalibilidad del Papa.

«Los políticos uruguayos no saben reconocer los aciertos del adversario». Ni siquiera los errores propios, Danilo.

Yo no compro el Gallito los domingos, pero mi tío de La Floresta sí. Camino al baño agarré unas hojas traspapeladas que resultaron ser de enero de 2001. La misma sección, pero el reportaje era a Gonzalo Aguirre. Sentado, leí sus respuestas aleccionando al gobierno de Batlle: «La prosperidad del Uruguay está en su desarrollo como plaza financiera…». Al salir me sentí tentado de buscar algún ejemplar posterior donde rectificara sus dichos, donde confesara «me equivoqué». Miré la pila de diarios y desistí: se me enfriaban los ravioles. *

(*) Periodista

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje