Censura y cinismo en el gobierno de Bush

Esta vileza de Coburn no acabó ahí. Ya con Bush como presidente, sus palabras volvieron a ser objeto de polémica. Esta vez como miembro del consejo consultivo sobre el sida. El ex congresista republicano puso en duda la eficacia del preservativo como método preventivo y defendió la abstinencia sexual para acabar con esta lacra. El pasado 21 de enero, Bush predicó en el discurso sobre el estado de la Unión que la abstinencia es «el único método cierto» para evitar las enfermedades de transmisión sexual. En su discurso más moralista hasta la fecha defendió también la santidad del matrimonio tradicional y criticó el libertinaje sexual.

Estos dos hechos, no coincidentes en el tiempo ni en el espacio, son fieles muestras del fanatismo religioso de la actual Administración estadounidense, que se puede extrapolar a su comportamiento en todos los ámbitos de la política. En un país que es, asimismo, religioso: de sus 281 millones de habitantes, 168 millones forman parte de alguna iglesia y 158 se declaran cristianos. Donde más de 200 canales de televisión y unas 1.500 emisoras de radio basan su programación en la Biblia. Sin embargo, el revuelo político que ha ocasionado el asunto Janet Jackson –lejos de agredir la religiosidad de los estadounidenses–, no es más que un signo evidente del fundamentalismo religioso que impera en el establishment republicano.

Ocurrió en el descanso de la final de la Super Bowl, convertido históricamente en el acontecimiento televisivo del año, y pasará a la historia con el sobrenombre de nipplegate. Ese medio segundo en el que el cantante Justin Timberlake arrancó intencionadamente el trozo de cuero que cubría uno de los pechos de Janet Jackson, que quedó al aire, y que hizo crujir los cimientos del salón de la Casa Blanca, donde a buen seguro, el presidente estadounidense George Bush visionaba el espectáculo deportivo del año al igual que unos 130 millones de sus conciudadanos. Posteriormente, el atrevido Timberlake se congratulaba ante la prensa «por haber hecho algo que va a dar que hablar».

El nipplegate (también conocido como «pezongate») debió de sentar muy mal entre el sector más religioso de la Administración Bush. Un día después, la Comisión Federal de Comunicación (FCC), presidida por el hijo del secretario de Estado Colin Powell, puso en marcha «medidas preventivas» de censura televisiva. Los premios Grammy de la música fueron los primeros afectados al emitirse con un retardo de varios minutos para controlar posibles nuevos desmanes visuales. La batería de normas de la FCC incluye la presencia de un censor en los espectáculos en directo y endurecer la regulación del lenguaje malsonante. Amén de su obligado cumplimiento por parte de los medios si no quieren enfrentarse a sanciones multimillonarias.

Unas medidas preventivas que contradicen en esencia el propio ejercicio que hace el gobierno de Bush de la televisión. Donde no hay pudor para emitir tantos golpes de efecto como sean necesarios para elevar la confianza de la opinión pública en la persona del presidente. Véanse sus dos presencias en Irak: la primera vestido de aviador como si de un militar en activo se tratara, y la segunda el Día de Acción de Gracias troceando un pavo de plástico. La identificación del rancho de Crawford con su mundo rural y el archiconocido asunto de la galleta (no se vio en la pantalla, pero se nos hizo imaginar) no son más que ejemplos del populismo visual que pone en marcha su equipo de asesores. En fin, un doble rasero de lo que interesa o no que aparezca en la «caja tonta» estadounidense.

En el fondo, en este populismo de Bush también tiene cabida la desmesurada reacción de los republicanos más religiosos sobre el «Pezongate». Escribe en «Le Monde Diplomatique» el director de la revista de pensamiento político «The Baffler», Tom Frank, que el mensaje político del gobierno estadounidense es una mezcla de antiintelectualismo y presencia invasora de Dios, de las homilías nostálgicas de las raíces estadounidenses y las cosas sencillas de la vida. En las épocas difíciles –como ocurre actualmente–, la comercialización del populismo es más compleja. Entonces cede el lugar al viejo populismo de contragolpe, compuesto de recriminaciones contra los izquierdistas por las fatalidades que han impuesto a buena parte de la sociedad estadounidense. Después de haber legalizado el aborto, prohibido las plegarias en las escuelas públicas, amenazar con legalizar el matrimonio homosexual o dar rienda suelta a la cultura del libertinaje sexual.

Es así cómo entiende el sector religioso republicano el asunto Janet Jackson. Desde Tom Coburn a George W. Bush. Como un castigo a la sociedad estadounidense. Venido de Dios o de los izquierdistas demócratas. Y que sólo con la ayuda del Todopoderoso se puede superar.

De manera que el revuelo de la Super Bowl, lejos de la lógica sorpresa que supuso para millones de televidentes, no se trata más que de un golpe de cinismo del ala «neocon» republicana. Un desacato a los valores libertinos proclamados en los sesenta. Es terrible pensar cómo en el siglo de la ciencia y del progreso un pecho desnudo vuelva a retrotraernos a los regímenes carentes de libertades. *

 

(*) Publicado en la Insignia.

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