La columna amarilla

Volví

Entre la gente de teatro hay una regla no escrita que dice «nunca faltes más de un día a los ensayos porque cuando vuelvas podés encontrarte con que tus mejores parlamentos los dice otro o que el director descubrió que el apuntador actuaba mejor que vos.»

No sabía que en el periodismo pasaba algo similar.

Mire que había gente dispuesta a escribir esta columna, eh.

Nunca pensé que tanta gente quiera pasar por el estrés diario de tener que ser por lo menos ingenioso, una vez por día. Y ni te cuento de aquello de la «angustia frente a la hoja en blanco». Pero se ve que hay gente para todo.

Hasta para estar dispuestos a ser tildados de hijos de puta por un representante nacional.

Que así fue que me llamó el diputado Ruben Díaz, justo el día que me iba de licencia.

Licencia, dicho sea de paso, más que merecida ya que en tres años y pico nunca había dejado de escribir esta tan codiciada columna.

Fue por eso que le contesté por arribita al señor diputado. Porque no estaba dispuesto a perderme ni un minuto de playa por él.

Y, no sé si recuerdan, anuncié que iba a averiguar en qué día había nacido el señor Díaz para saber por qué era así como es.

Tal como hice con Sanguinetti, cuestión que motivó la elocuencia del diputado. Y hablando de elocuencia, debo confesar que en un primer momento pensé que aquel exabrupto se debía a su verba inflamada.

Claro que con una cremita podría haber evitado insultarme, ¿no?

De cualquier manera supe que Ruben Díaz nació un 21 de marzo, cuando empieza el otoño. Y claro, quienes nacen ese día se ven perseguidos durante toda su vida con la certeza de que todo lo que lo rodea se pudrirá, caerá y lo que ayer eran floridos pensamientos se los termina llevando el viento.

Hay que comprenderlo.

A cualquiera que ande por la vida con ese síndrome, le van a dar ganas de putear a todos. *

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