Los modos de andar
Pasaron tantas cosas que terminan chocándose en el almanaque: también hoy se cumplen 25 años de la Conferencia de Obispos de América Latina que priorizó la «opción por los pobres», alentando el compromiso cristiano con los cambios sociales y políticos en la región.
Allí, en la ciudad mexicana de Puebla, los ministros de Dios adecuaron la sentencia bíblica que imponía dar al César lo que fuera suyo, según él mismo. Cinco lustros después, nuestro funcionario viaja para debatir con otros 33 ministros de Estado el «conjunto de derechos y obligaciones» que regirían el año próximo la creación del Ãrea de Libre Comercio para las Américas. La cita también es en Puebla, pero el que convoca esta vez es el César.
Vistos en perspectiva histórica, los tres acontecimientos aparecen jalonando la misma línea continua, aunque sinuosa, del destino continental. Sobre los rescoldos aún humeantes de los últimos incendios que alumbraron su independencia de España, América Latina toda -y Cuba en particular- concitaba inexorablemente la apetencia imperial de los pujantes y voraces Estados Unidos del norte. En mayo de 1988, su presidente convoca a los gobiernos de América a una Conferencia Internacional en Washington, para considerar la creación de una unión aduanera y «la adopción de una moneda común, que sea de uso forzoso en las transacciones recíprocas». La intención era ostensible: prevalecer en la competencia con Europa por el acceso a los dividendos del comercio hemisférico.
José Julián Martí Pérez tenía entonces 37 años, dedicados desde los 16 -cuando fue condenado a trabajos forzados por un Consejo de Guerra español en su Habana natal- a luchar por la independencia de Cuba, lo que le deparó un espinoso peregrinar por países de Europa y Centroamérica hasta su instalación permanente en Nueva York. Gozaba de un sólido prestigio internacional como escritor de poesía, literatura infantil, periodismo y ensayos políticos. Cómo sería, que en 1897 recibe del gobierno oriental la designación efectiva como cónsul de Uruguay en Nueva York. Fue en el ejercicio del cargo que escribió sus famosos Versos Sencillos, aquellos de «Yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma…», y en su prólogo, precisamente, donde Martí hablara de «…aquel invierno de angustia (1889-1890) en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos».
Esa primera cumbre continental se prolongaría en la Conferencia Monetaria Internacional Americana, siempre en Washington, a la que el gobierno uruguayo nombró como representante suyo a José Martí. Evento y momento eran igualmente cruciales para el Nuevo Mundo. También en la vida privada del cubano, como se referirá más adelante si alcanza el espacio. Primero dejemos hablar de un tirón al propio Martí a través de sus crónicas, editadas con buena fe:
«En la política, lo real es lo que no se ve. A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas. Ningún pueblo hace nada contra su interés. Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva. Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria, ha de examinar si es probable o no que sus elementos temibles puedan desarrollarse con peligro del invitado. Ha de inquirir cuáles son las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus partidos y de sus hombres en el momento de la invitación. Y el que resuelva sin estas prevenciones, hará mal a América.
«Los Estados Unidos creen en la necesidad, en el derecho bárbaro como único derecho: ‘esto será nuestro, porque lo necesitamos’. Creen en la superioridad incontrastable de ‘la raza anglosajona contra la raza latina’. Mientras no sepan más de Hispanoamérica y la respeten más, ¿pueden los Estados Unidos convidarla a una unión sincera y útil para Hispanoamérica? ¿Conviene a Hispanoamérica la unión política y económica con los Estados Unidos?».
«Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad. Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los demás pueblos».
«Cuando los huéspedes venidos de muy lejos, más por cortesía que por apetito, hallan al anfitrión en la puerta diciendo que no hay comida, no claman para que les abran el comedor. Los huéspedes deben acentuar que no vinieron por servidumbre ni necesidad, para que el anfitrión no crea que están tallados en su rodilla, o son títeres que van y que vienen por donde quiera el titiritero. Luego, irse. Hay un modo de andar, de espalda vuelta, que aumenta la estatura.
«Mostrarse acomodaticio hasta la debilidad no sería el mejor modo de salvarse de los peligros a que expone, en el comercio con un pueblo pujador y desbordante, la fama de la debilidad. La cordura no está en confirmar la fama de débil, sino en aprovechar la ocasión de mostrarse enérgico sin peligro. Y en esto de peligro, lo menos peligroso, cuando se elige la hora propicia y se la usa con mesura, es ser enérgico».
La propuesta norteamericana sucumbió por suicidio, solita. Martí, que es una de las figuras más activas de la conferencia, lee la resolución ante el plenario, redactada por él mismo como presidente de la comisión que también integraban Brasil y Argentina, país que tenía respecto de Estados Unidos, la misma actitud oficial que Uruguay.
¡Queda tanta cosa en el tintero! Los emotivos trances de la vida privada que intervinieron para que Martí terminara ese año solo y enfermo, con la renuncia posterior al cargo de cónsul de Uruguay en Nueva York. O el posterior bombardeo de la escuadra inglesa a Venezuela, para forzarla a pagar su deuda pública. Tampoco es cuestión de distraer demasiado a nuestro emisario de los temas complejos del ALCA que lo esperan en Puebla. Digo, por si lee esta nota en Internet llegando a México.
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