El Muro del Pando
Se publicó entonces un reportaje al colombiano donde contaba que la revelación le cayó de pronto, como una pedrada en la frente, mientras conducía su Opel por la carretera de México a Acapulco un día de enero de 1965. » Me sentí fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera». Frenó el auto en seco. «Â¡Carajo, al fin encontré el tono! -dice que exclamó a su esposa Mercedes-: voy a escribir la novela con la misma naturalidad con que mi abuela me contaba sus historias fantásticas más disparatadas».
En 1980 yo hice exactamente el mismo trayecto, en las mismas circunstancias, pero no se me ocurrió ninguna idea genial. El mismo festón interminable de palmeras, el mismo tobogán polvoriento entre cimas y hondonadas, los mismos vendedores de iguanas cada tanto entre puestos de mangos, panes y mazorcas. Lógico, en un paisaje así vuelan pedradas de aquel tipo, sólo que hace falta una cabezota como la del Gabo para embocarlas.
No fue la búsqueda de una inspiración fulminante, sin embargo, lo que motivó nuestra elección de esa carretera estatal, sino la común imposibilidad de pagar las tarifas de la autopista privada que conduce a Acapulco en tres horas menos, más limpia, más recta, segura y despejada. Si la necesidad es madrina del arte, como se ha dicho, la ominosa damita viaja evadiendo las casetas de peaje.
De regreso a la capital, García Márquez con su mujer y dos hijos subsistieron de la caridad y el montepío los 18 meses que demoró en construir y arrasar a Macondo.
Desde que vivo en Maldonado, viajé a Montevideo solamente cuando el cúmulo de diligencias lo impuso y justificaba el gasto, un par de veces por mes. Nunca por amor al arte. Tampoco preferí el auto por comodidad: el transporte público encarecía la ecuación entre costo, tiempo y producción. Eso sí, me daba el gusto de regresar por la ruta más larga, oscura, destrozada y peligrosa que Martínez Soto descuartizó anteayer en La República como «la ruta de la muerte». Todo por la avaricia de ahorrarme los 36 pesos de diferencia entre peaje y gasoil, para jugarlos en destino a la ruleta.
Con la imposición, ahora, del cobro a la ida y a la vuelta ya no viajaré a Montevideo tan seguido. ¿Los recaudadores habrán calculado esa merma al cifrar sus expectativas de provecho? En casos como el mío, por lo menos, Lucio Cáceres y su consocio del Este no lo van a ver. Atrás quedaron los tiempos en que presumía ante los extranjeros por el genial invento charrúa del cobro doble en una sola dirección. Bastaba una risotada burlona para sepultar la indefectible pregunta de qué ocurría con aquellos autos que no retornaban.
Confieso que tenía del ministro un juicio bastante más favorable que la correspondiente a mi voto, embobado por cierta imagen suya de solvencia y aplicación, nacida quizás de aquella pintoresca cartulina que presentó en tevé con su proyecto de bahía montevideana estilo Los Supersónicos, con puente colgante y todo. Mi ingenuidad llegó incluso a suponer que aprovecharía hábilmente esto del peaje para ganar puntos electorales, decretando la primacía del alivio social por sobre la codicia privada. Lo imaginé mostrando al camarógrafo el planisferio coloreado por él mismo, con los países donde sólo se autorizan carreteras de pago cuando existe otra vía alternativa, abierta al libre tránsito de la feria popular, incluso escritores endeudados a cuenta del premio Nobel. Menos prolija quizás, menos flamante, pero con vacas y piedras sueltas gratis.
Cuánto se ha degradado la estirpe gaucha en estos cien años de extravío, que hoy el derecho a moverse libremente por el territorio pasó a ser una aspiración pendiente, un reclamo más de los que sueñan con «una segunda oportunidad sobre la tierra».
Aunque no figurara en la exposición de motivos, el ministro pudo haber atendido a razones cantadas de sicología humana o social -no bastándole las inherentes a su cargo-, que recomiendan dejar al infortunado un desahogo, una alternativa, un consuelo, una puerta de salida. No arrinconarlo contra la pared. El rodeo por la Ruta 8 cumplía también ese papel de válvula de escape. El peaje sobre el arroyo Pando, con su enorme cartel «Sólo se acepta efectivo», produce a muchos compensando las distancias el rechazo de aquel «Sólo se admiten blancos» encontrado en otros lares. Se erige como un muro interior, discriminatorio, infranqueable hoy más que ayer para muchos uruguayos.
Seguro que don Lucio, antes de dictar resolución, cubrió su escritorio de estadísticas, gráficas y paramétricas, consultó colegas, atendió llamadas, escuchó opiniones, advertencias y propuestas, leyó informes, reglamentos y publicaciones, entre las que no pudo faltar el Libro Blanco del Transporte en la Unión Europea, que condiciona las autopistas de pago a «que haya una alternativa de autovía gratis que cubra ese mismo trayecto». Seguro que en todo ese bagaje podía encontrar fundamentos de apariencia férrea tanto para lo que acabó decidiendo como para todo lo contrario. Es que en última instancia, escuché decir hace poco a Serrat, más que en base a «razones fundadas», las personas deciden por una combinación de afectos e intereses.
Los amigos son, también se ha dicho, la carcoma de los gobernantes. ¿Dónde están, quiénes son los del ministro Cáceres?. Por la «ruta de la muerte» no circulan, eso está claro. Sucede a menudo que los amigos del poderoso duran lo que su poder. Podría pasarle entonces como a Aureliano Babilonia (en el primer final de la novela a la que Gabo terminó agregándole dos páginas más), «cuando volvió a quedar solo en la última madrugada de Macondo, se abrió de brazos en la mitad de la plaza dispuesto a despertar al mundo entero, y gritó con toda su alma:
-¡Los amigos son unos hijos de puta!». *
(*) Periodista
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