Cómo encauzar el proceso de globalización

Pero justo un año y tres días después de firmada esa declaración, los terribles hechos del 11 de setiembre de 2001 estremecieron a Estados Unidos y al mundo. Desde ese día, los compromisos que marcaron el comienzo del nuevo milenio han sido ensombrecidos por las amenazas del terrorismo, por incertidumbres sobre el futuro y por interrogantes sobre la viabilidad de las sociedades abiertas ajustadas a las normas y valores internacionales.

Si queremos una verdadera seguridad humana, para todas las personas y en todas partes, debemos aplicar, no desechar, esos compromisos. En lugar de levantar muros de miedo y de recurrir sólo a estrategias de poder político deberíamos buscar caminos para concentrarnos más en promover en la práctica los valores de la libertad, la igualdad, la solidaridad y la tolerancia, que pueden unir, en lugar de dividir, al Norte y al Sur, a ricos y pobres, a la izquierda y a la derecha, a religiosos y laicos.

También debemos recordar que el 11 de setiembre no cambió mucho en las vidas de la mayoría de la gente del planeta. La inseguridad humana, tristemente, era una realidad diaria antes del 11 de setiembre para cientos de millones de personas que viven en la pobreza absoluta o en zonas de conflicto.

La globalización está exacerbando las tendencias hacia un mundo a dos velocidades. La década de los años 90 marcó un período de crecimiento sostenido en muchos países occidentales, mientras que China e India dieron largos pasos al sacar a millones de personas de la pobreza. Pero, durante el mismo período 54 países –muchos de ellos en Africa subsahariana– se hicieron más pobres. La mortalidad infantil aumentó en 14 países y la expectativa de vida cayó en 34 naciones.

¿Cuán seguros podemos sentirnos en un mundo como éste «a dos velocidades», de ricos y pobres?

A medida que el poder continúa virando del sector público al privado, de los gobiernos nacionales a las corporaciones transnacionales y a las organizaciones internacionales ¿cómo deberían ser asignadas las responsabilidades a diferentes actores como las instituciones internacionales, los gobiernos, las empresas y la sociedad civil?

Yo creo que podemos comenzar a contestar estas preguntas a través del diálogo sobre los valores y la búsqueda de una nueva y más duradera interconexión. Para ese diálogo se requiere un lenguaje común de respeto y solidaridad. Igualmente importante es que ese lenguaje debe ser capaz de llevar en sí la moral y la fuerza legal de la comunidad internacional.

El sistema económico mundial ha operado en gran medida aislado de los derechos humanos. En parte como resultado de ello, el comercio internacional y las reglas de propiedad intelectual han, por ejemplo, llevado directa o indirectamente a la exclusión de muchas personas al acceso a medicamentos esenciales, señaladamente en el caso de remedios necesitados por el mundo en desarrollo para inhibir la difusión del VIH/SIDA, la malaria y la tuberculosis.

En muchos países, las políticas de privatización de los servicios públicos han hecho que en algunos casos sea más difícil para la gente el envío de sus hijos a la escuela, la obtención de agua potable o de servicios sanitarios.

El primer paso para la solución de estos aparentes conflictos entre los valores del mercado y los derechos humanos es el de reconocer que los objetivos de los derechos humanos internacionales y del comercio internacional tienen mucho en común.

Ambos buscan mejorar los niveles de vida con una mayor libertad, uno a través del reconocimiento de lo que es necesario para una vida digna, libre de miedo y miseria, y el otro por medio de la práctica del libre comercio que conduce al crecimiento, gracias al cual se pueden financiar programas sociales vitales.

Bajo la ley internacional, todos los estados integrantes de la Organización Mundial del Comercio (OMC) son partes no sólo de los tratados internacionales sobre propiedad intelectual, comercio y servicios, sino también de al menos uno, y usualmente de más, de los seis principales tratados de derechos humanos.

Esto significa que ellos se han comprometido voluntariamente a poner en vigor las reglas comerciales y a respetarlas, así como a cumplir con los derechos humanos en sus propios países (incluyendo los derechos de las mujeres, los niños y los grupos vulnerables). Ellos han aceptado también obligaciones equivalentes en relación con el trabajo y con los estándares ambientales.

El desafío es, por lo tanto, no detener la expansión de los mercados globales pero también desarrollar instituciones y políticas que permitan un apropiado ejercicio del poder y protejan los derechos humanos nacionalmente y a escala internacional. Esto redundará en un fortalecimiento del desarrollo humano y de la seguridad humana.

Por supuesto, el ejercicio eficaz del poder debe comenzar a escala local. Pero también debemos reconocer que el ejercicio del poder en el mundo actual es más que la toma de decisiones en el ámbito nacional. Hay además una creciente dimensión internacional del ejercicio del gobierno y de la protección de los derechos humanos, que es insoslayable. *

(*) Mary Robinson, Directora Ejecutiva de The Ethical Globalisation Initiative, ex Presidenta de Irlanda y ex Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Exclusivo de IPS.

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