Disparatario
Circula por Internet una recopilación de errores estudiantiles, macanas y disparates detectados en pruebas escritas de alumnos de Secundaria.
Este tipo de antologías no es nuevo; hace unos cuantos años, el maestro José María Firpo llegó a publicar un libro con varias reediciones siempre aumentadas. Es que las confusiones lingüísticas y conceptuales son una fuente inagotable de hilaridad. Van algunos ejemplos, algunos de ellos, dignos de Ionesco.
«El Partenón era una loba que amamantó a dos mellizos que se llamaban Romeo y Julieta», afirma un estudiante con una singular capacidad para vincular diferentes temas y asignaturas.
Don Quijote es descrito como «enjuto de cejas» o «injusto de rostro», y se consigna que se llamaba de la Mancha «porque vivía cerca de ese canal».
El hombre del Paleolítico tenía carencias de todo tipo, entre otras, la siguiente: «Para fundar una familia sólo disponía de una herramienta muy primitiva».
Si pasamos a la Biología, nos encontramos con que «el corazón está compuesto de dos auriculares y dos ventrílocuos», y que «el cerebro se divide en dos hemisferios: Norte y Sur».
Pero no crea el lector que estas confusiones –explicables en adolescentes– son patrimonio exclusivo de esa franja etárea. Un amigo se asombraba de la poesía casi surrealista de Lepera: «Eso de comparar un rayo con una araña que le camina por la cabeza a la mina es desconcertante; fijate ‘y un rayo misterioso, arácnido en tu pelo’…». Y si de tangos se trata, no hay más que oír nada menos que al Mago cantando «tengo que abrir a ayudar el portón»; era medio disléxico el hombre. O aquel otro cantor –aficionado, es cierto– que se tomó tan en serio que el mundo anda al revés, que cantaba «qué falta de atropello, qué respeto a la razón».
Y en el ámbito político, ni te cuento. Un edil preocupado por el destino de las aguas servidas escribió en su pedido de informes «las aguas hervidas». Y otro, hablando del Mausoleo, dijo que allí se guardaban «las sobras de Artigas».
Y por fin, aquel caudillo que la iba de culto y que si alguien se asombraba de verlo con paraguas un día de sol, decía que lo llevaba «epur si muove…». *
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