Alerta naranja

El placer de viajar

Desde botija me gustan los viajes. Probablemente las lecturas de Salgari o de Verne despertaron en mí ese gusto por la aventura que hasta hoy me acompaña y que me hace viajar todos los días en una unidad del transporte interdepartamental.

Toda la emoción empieza al llegar a la parada sin saber a qué hora pasará el ómnibus, pues, como todos saben, el respeto estricto a los horarios puede convertirse en una tediosa rutina al eliminar el encanto de la sorpresa. ¿Ya habrá pasado o se atrasó para coincidir con el de la otra empresa y garronearle pasajeros?

Como fui educado en las normas de la cortesía, al subir al rodado deseo las buenas tardes al conductor antes de pedirle el boleto correspondiente. Esto suele sorprenderlo porque no es una práctica habitual sino que la norma indica que la comunicación entre chófer y usuario se limita a que éste diga simplemente una cifra, la del precio del boleto que lo habilita a viajar hasta su destino. Es así que en lugar de «Buenas tardes, señor conductor, ¿sería usted tan amable de venderme un boleto hasta Montevideo?», el pasajero sólo enuncia «veinte»; con eso basta.

Cómodamente instalado, me dispongo a ocupar el tiempo del viaje en alguna lectura. Pero sucede con frecuencia que el conductor –hombre generoso, al fin– resuelve compartir con el pasaje los acordes melodiosos de una cumbia villera o apasionantes polémicas deportivas emitidas por la radio. Tal circunstancia me obliga a abandonar el libro y a contemplar el paisaje por la ventanilla; poco a poco me invade la modorra y, cuando empiezo a cabecear, una voz me sobresalta con ofertas comerciales tentadoras: mercadería útil, práctica y necesaria, imprescindible en el hogar; paquetes de galletitas o golosinas que –según se nos asegura– implican cantidad, calidad y buen sabor.

Viene luego el turno de algún cantor. Pero suele ocurrir que el chófer no se da por enterado de que tenemos un concierto a bordo, y el volumen de su radio permanece en los mismos decibeles. Entonces, todo se mezcla –guitarra desafinada, estrépito del motor, voz del cantor y radio desaforada– para hacer el viaje más placentero.

Y así, mecido por los barquinazos y arrullado por la música, se termina mi aventura marcopoliana. En la próxima, les cuento el regreso. *

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