Vulnerables

Son miles. Tienen 14, 15, 16 años. Ellas naranja coral, verde manzana y turquesa, los colores de moda. Ellos no parecen skaters este año, parecen surfistas. «Tipo las diez»  siete son argentinos y dos uruguayos, por decena  se juntan en Gorlero, en el shopping, la casa de tal, o en una estación de servicio. «Perto das onze»  brasilero, el otro  arrancan para la discoteca. Caminando, a dedo, en dos o en cuatro ruedas. Relajados, distraídos. Inconscientes.

Verano 2004, Punta del Este. Las «matinés» de la discoteca Area son el boom de la temporada entre los menores de 18. Más de dos mil se apiñan cada noche en la megadisco, pasando la 19 de Playa Brava. Se puede transitar por la rambla sin verla. Sólo un breve reflejo de luz indirecta advierte su presencia, oculta tras la altura de las dunas, recostada al mar. Entre éstas y el local, un amplio terraplén oficia de estacionamiento. De ahí en más todo es noche y desierto. Y a veces, niebla cerrada.

El padre de Natalia  dueño y principal de una metalúrgica argentina que factura un millón de dólares diarios  encuentra más fácil controlar la empresa que a su hija de 15 recién cumplidos. Los gerentes, al menos, atienden el celular a cualquier hora, ella no; Natalia «filtra» por el captor las llamadas que responde. En Punta del Este casi no la ve. La empresa de seguridad encargada de su protección organizó un curso familiar para «prevención de riesgos». Natalia no asistió. Como Natalia, cientos de jóvenes hijos de ricos y famosos llegan en verano, procedentes de los países limítrofes. Algunos cotizan millones de dólares en el oscuro mercado de los secuestros.

Las autoridades uruguayas coinciden con Carlos Figueredo, propietario de Area: «La seguridad es la clave del éxito para Punta del Este», aún más que los precios. Es que el turismo de alto poder adquisitivo, que constituye la cepa del turismo en el balneario, no elige por precio. Quiere lo mejor y paga por ello. Por belleza, cercanía, exclusividad y solaz, no existe una opción superior.

Pero todos esos atributos juntos no valdrían un cobre si el temor causado por la inseguridad no permitiera disfrutarlos.

El ejemplo de Rio de Janeiro se convirtió en arquetípico para la industria turística del mundo entero.

Paraíso soñado de fama universal décadas atrás, perdió el 90 por ciento de la afluencia merced a su peligrosidad, expresada en robos, asaltos, crímenes y secuestros. El goce de sus playas paradisíacas quedó en exclusiva para los locatarios, y toda su vasta infraestructura de servicios al turista carga, hasta hoy, el peso de un repechaje que les insumirá un tiempo impredecible.

El secuestro de Valentina Simon en el mero inicio de la temporada estival arrojó un baldazo helado sobre las expectativas oficiales, anhelantes por sumar a la balanza comercial los ingresos acrecidos del turismo.

Exceptuado el terrorismo que desvela al medio mundo que persuade Bush, lejos del Uruguay, ninguna otra amenaza sería más grave. Ni las drogas. Por encima del rápido y limpio esclarecimiento del delito, el haber establecido su condición «silvestre»  un hecho aislado, un loco suelto  representó el mayor alivio para las autoridades.

Stirling y Bordaberry juntos, sobre todo

Natalia no escucha, ni lee, ni ve informativos. Ni se enteró del caso Valentina. Anoche fue al recital de «Los Buitres» en Area, su meca de todas las noches, una más entre la multitud arrebatada por el cóctel de la música, la penumbra, los calores de la edad y la aglomeración entre pares. Saltan, bailan, cantan, disfrutan. Ni ella ni sus amigas reparan en los escudos ostensibles y velados que las protegen: los siete marineros de la Prefectura en el perímetro, más los policías de civil en torno a las entradas, más los veinte «fiscales» particulares a cargo de «Melo», responsable privado por la seguridad junto a Johan Kosuv, ex Fabric, hoy socio de Area.

Durante las matinés  de 20 a 24 horas, de 12 a 17 años  Melo impone la observancia de «Los Cuatro No»: No fumar, no apretar, no alcohol, no mayores. «Uy, es lo más difícil, pero se logra», responde, en referencia al segundo mandamiento.

A medianoche se dispensan los cuatro, cuando se van los chicos e irrumpen los mayores, pero la seguridad exterior, en las dos pistas y en las ocho barras, se mantiene.

El sol calienta cuando se aleja de Area el último rezagado. Recién entonces este escudo se dispersa. Ya los otros, visibles e invisibles, están activos.

En las playas, en las calles, en las terminales. Cuando el padre advierta la cama vacía de Natalia al mediodía, la llamará al celular, en vano.

Su próxima llamada no será a la Policía, sino para reservar mesa en el restaurante. No teme por la suerte de su hija. Para él, que cree poder comprarlo todo, eso no tiene precio. *

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