La cacerola fascista y el demócrata reformista

Se ve que el hombre no pudo resistir la tentación de emitir sus ideas ante un micrófono y, no bien se encendió la lucecita del magnetófono del periodista, el dos veces ex presidente se despachó a gusto. Es como una suerte de compulsión que arrasa con cualquier intento de modestia o prudencia.

A pesar de que la dicha entrevista fue ampliamente divulgada y comentada en todos los medios, no está de más repasar algunos conceptos allí vertidos por el preclaro dirigente colorado. Veamos.

En primer lugar, hay que reconocer que oyendo o leyendo a JMS siempre se aprende algo nuevo. Por ejemplo, el hasta ahora muy oculto rasgo fascista de las cacerolas si son usadas para meter bulla y no para cocer manjares. Confieso que ignoraba tal extremo, pero pienso que seguramente si el Duce hubiera leído la entrevista, habría cambiado el fascio litorio –el emblema de su gobierno, tomado del estandarte que portaban los lictores y que simbolizaba el poder imperial con esa hacha doble emergiendo del haz de varas– por una olla.

Cierto es que la práctica del caceroleo surgió en Chile como protesta de la burguesía contra las medidas del gobierno de Allende. Y cierto es también que JMS nunca debe de haber usado una cacerola como no sea para estofar el brazo que le arrancó a Jorge. Pero de ahí a catalogar de fascista el recurso del caceroleo, me parece un poco disparatado; y, además, no me digas, Julio María, que no te vinieron bien los caceroleos contra los verdes, desde el 83 hasta que los electores (y Wilson en cana) te llevaron al sillón presidencial…

Lo que le pasa a JMS es que en realidad, él odia toda manifestación popular. En eso se parece a de Posadas: la plebe, el populacho, la chusma, deben limitar su participación política a la emisión del voto cada cinco años; entre una elección y otra, nada de andar vociferando y reclamando cosas porque todo eso atenta contra el sacrosanto principio de la democracia representativa. Lo dice con toda claridad al advertir del peligro que significa «la irrupción de la masa como sustituto del concepto de representación en la democracia…». Y más adelante, en referencia concreta a los caceroleos: «La cacerola sigue siendo un recurso fascista con el cual se pretende, por medio de la explosión de las multitudes y del griterío (sustituir) la verdadera representación popular expresada a través del sufragio».

Reconozcamos que su punto de vista es por demás atendible. Si hace más de ciento setenta años que colorados y blancos estamos en esto de hacernos elegir para gobernar, lo cual nos da una experiencia inigualable, ¿cómo tolerar que la gentuza tenga la osadía de querer participar? Bastante tienen con que los dejamos votar.

Y a propósito del voto, presumo que nunca se va a perdonar el haber incorporado a la Constitución (en la reforma de 1966) nada menos que el recurso de referéndum. Debe de estar arrepentidazo, el pobre, de haber promovido un instituto de democracia directa, atentatorio de la democracia representativa que tanto defiende.

Pero cuando más atribulado luce es al intentar explicar de manera medianamente coherente por qué él, heredero del batllismo estatista, es partidario de la economía de mercado. Oigámoslo: «Nosotros vivimos la miseria de nuestra propia gloria. El modelo batllista fue tan exitoso desde 1903 hasta 1956 o 1958 que impregnó el sentimiento nacional»; y se queja amargamente de que la izquierda –defensora de las empresas públicas– lo haga sentir –a él, un constructor del estado y hoy un reformista– «un parricida».

Curiosamente, no se le ocurre preguntarse por qué el exitoso modelo batllista se vino abajo. Daría la impresión de que fue un fenómeno de autodestrucción, como si se hubiera podrido solo, como si se hubiera descompuesto por causas misteriosas y en un todo ajenas a cómo se administraron y se gestionaron las empresas públicas, administración y gestión de la que son únicos responsables los dirigentes colorados y blancos que compartieron el poder desde siempre.

¿Qué nos dirá en su próxima incursión mediática?

¿Con qué novedosos conceptos en materia de teoría política iluminará nuestras mentes abrumadas y obnubiladas por el populismo de la izquierda conservadora?

(*)Periodista

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