Barajar y dar de nuevo
La proximidad de las internas -¿o queda mejor decir «primarias»?- excitó en diversos candidatos el reclamo por la renovación de las efigies regentes en los partidos políticos, particularmente en los llamados tradicionales. Lacalle, Sanguinetti y Batlle, sin más vueltas.
Llevan demasiado tiempo entronizados, alegan los abogados del reemplazo, es hora de ceder el turno a nuevas figuras, renovarse es salud, la suerte del partido lo exige. Flota, también, el dato de las encuestas asignando bajas chances a los caciques apuntados. Lo que nadie menciona es su edad biológica. Sonaría indecoroso o banal, quizás. Pero algo tendrá que ver, porque ¿cómo se explica que los querellantes sean todos más jóvenes que los impugnados?
La incidencia de la menor edad en la pulsión renovadora revela uno de los pegamentos que mantiene a los caudillos en sus tronos: se sabe que las nuevas oleadas juveniles no vierten allí sus bríos, tributan a la crecida frentista. La feligresía de los partidos menores -el «Nacional» y el «Colorado»- es cada vez más veterana, más abrazada a los apellidos decanos, menos proclive a la innovación, a la osadía y a la impaciencia.
Para que el ya no tan mozo Pasquet se acerque al trono, deberá convertirse en veterano, es decir, mostrar la contención, prudencia y conservatismo que simbolizan esa condición. Superar en ello a Hierro, que lo hace mejor que Abdala; recién entonces. Como debió hacerlo aquel joven a quien Arismendi auguró que llegaría a presidente Sanguinetti. Fosilizarse al punto que, si el padre político a destronar se resiste, el recurso es invocar… al abuelo. Reivindicar al viejo Batlle, el nono, a quien el postulante representaría mejor que el entronizado.
Sanguinetti está abocado a trasladar su sillón vitalicio a la posteridad. Convertirse en nono. Retirará su candidatura, pero cuando quede patente que está liderando la interna, y entonces designará a su vicario. Presentará esta movida para continuar imperando como «la renovación colorada». Digna del jugador. Pero la foto es tan típica: detrás del escritorio del vástago, el retrato tutelar de su padre presidiendo la oficina. Que mañana será el nono, y así sucesivamente. Controlado, sin fracturas, incestuoso, de recambio generacional no tiene nada.
En la familia blanca, en cambio, tan balcanizada, carente de nonos potentes -Wilson quedó a medio camino- la mutación pasa por engullirse unos a otros.
Lacalle puede perder el poncho en la refriega. (Un nono menos para cargar a babucha; pinta bien.)
Sólo el Frente Amplio podría producir un recambio generacional real y profundo, en toda la estructura de poder y administración en el Uruguay. Un viento fresco que vivifique el organismo nacional. Jóvenes de edad y mente, por doquiera, incluso y sobre todo en las máximas responsabilidades. Con ganas, con prisa, con bríos, inconscientes -livianos del peso que agarrota la conciencia vernácula. Limpios y vivaces. Falibles ignorados, mejor que soberbios conocidos. Emprendedores, ilusos, atrevidos. De mochila en vez de portafolio, de championes y de hering. Alegres, insolentes, ambiciosos. Sabios: millones de jóvenes imberbes ya gritaban de la globalización lo mismo que Stiglitz desnudó diez años después, a sus 50.
Fidel Castro tenía 27 cuando se sublevó y produjo «La historia me absolverá», Carlos Marx 30 cuando redactó El Manifiesto, y Lenin 32 cuando describió el «Qué hacer».
Este recambio generacional -más bien un salto- no figura ni ahí en los programas de los partidos -no confundir con «promover a la juventud» y rezos por el estilo. ¿Será porque la materia no subraya la identidad ideológica, no es de izquierda ni de derecha, ni blanca, colorada, violeta o carmesí?
En ese espacio de nadie yacen importantes empresas, por no estar ni a un lado ni al otro del muro de Berlín, que se desplomó el siglo pasado. Cuando en Uruguay se disputaba el sillón de Sanguinetti entre Batlle y Lacalle. Ya parece una dirección, ¿verdad? *
Compartí tu opinión con toda la comunidad