Punta del Este "está hasta los dedos"

Punta del Este está repleta. No se trata de cifras concretas, que dan a veces una imagen fría de la realidad. Salvo que sean impactantes, como por ejemplo que «el turismo se duplicó». Pero si se dice que aumentó un 18,7 por ciento, puede pasar desapercibido. Todavía no hay datos oficiales, ni este cronista realizó una compulsa personal. Es que no hace falta. La noticia noquea con un solo adjetivo: impresionante. Giordano no tendría uno mejor. Ni otro peor. Ni otro.

Empezaron a dejarse ver ya por el 10 de diciembre. Las chapas negras de los autos argentinos, que es lo primero que se nota. Supercamionetas, cruza de carro espacial con tanque de guerra versión George Lucas japonés. «Se padecen a championes», según un orientalito de 4 años. Imponentes, esa es la palabra. El tamaño y el aspecto logran el efecto que antaño producía la marca noble. Preceptivo: vidrios polarizados. En el contexto visual de la Punta, qué sé yo, combinan bastante. Pero en Maldonado, modestito y provinciano, rechinan. Rechinan mal. La astucia lugareña, zumbona y procaz, simula indiferencia, incluso cuando estacionan en los autoservicios más «populares» –baratos– a hacer sus compras. «Aquí hay más cosas importadas, ¿viste?». La sensación no es menos extraña a los propios visitantes, recopados porque en Buenos Aires deben moverse en autos modestos por temor a los asaltos y secuestros. Allá, estos carromatos hibernan en los garajes.

Como fichas de dominó, los letreros de «se alquila» fueron cayendo uno detrás del otro en los locales de Gorlero, La Barra y adyacencias. Un ejército febril de carpinteros, sanitarios, electricistas, pintores y albañiles, se abalanzó sobre los esqueletos de obra para convertirlos en primorosos comercios, en menos tiempo del que le queda a Ramela.

La segunda quincena fue una avalancha acompasada, es decir, regular y constante, imparable, balde a balde hasta llenar el pozo y desbordarlo. Brasileros, como siempre para estas fechas, también algún que otro nórdico, pero sobre todo mucho, muchísimo argentino. La congestión de las arterias viales más recurridas se reproduce en los pasillos de los hipermercados, en las galerías del shopping, en las veredas de Gorlero, en la entrada de las discotecas y los restaurantes.

La señora de las cuatro décadas cubrió todo el piso del carrito –así le dicen, pero son enormes– con turrones españoles, uno pegado al otro; no planos, sino paraditos de costado. Encima colocó una montaña de panetones italianos hasta el borde, y mandó cargar la horma calada del gigantesco gruyere que estaba allí para decoración. Igual tuvo que comerse una larguísma cola hasta sacar la Platinum en la caja de Tienda Inglesa y hacerse llevar el carrito hasta la Mitsuyota Discovery chapa negra. Sorprende un poquito esta foto, también real, al juntarse con las dos últimas que cruzaron el Plata: la del hambre amotinada que echó a De la Rúa y el discurso social de Néstor K. ¿Serán los nuevos ricos del maíz y la soja, merced a esa solitaria vaca loca que disparó el precio mundial de los granos? Quién sabe.

Hay muchos uruguayos también, los de matrícula blanca. ¿Aludirá a ellos la mentada biodiversidad?. Porque sí que son heterogéneos; desde ese Paco cualquiera que, si no fuera porque se acoda a un Be-eme, nadie lo imaginaría Casal, hasta aquel en bermudas sin marca, que aprueba por celular un embarque del frigorífico. Más los criadores, más los chacareros, son un montón para Punta del Este. ¿Y dónde van a estar ahora, si no?

Además vino, y suma, «el pichaje». Se supone que Bordaberry y Amestoy no lean esta nota, así que se puede publicar: pichis, en el argot de los sirvientes, son los turistas de bolsillo ajustado, sin discriminar entre argentinos y uruguayos, lo mismo da. Entiéndase por sirvientes a los empleados nativos que atienden -sirven- al público visitante. Reconocen a los pichis a primera vista. Son lo que dejan poca propina, los que preguntan el precio antes de comprar, los que piden dos platos para compartir un solo menú. La acentuada exposición a los turistas espléndidos en dólares termina infectando a los sirvientes el «síndrome Michael Jackson». Diccionario: dícese del negro que se siente blancuzco, que pierde las referencias de su origen y realidad, que marca distancia de los demás negros tratándolos con apatía y desdén.

El silencio de los «operadores turísticos» hoy, es tan estridente como sus llantos de cocodrilo cuando les va mal. Lo que está entrando hoy al Uruguay por Punta del Este es una torta de guita. Bien que les viene a miles de uruguayas y uruguayos colocados a cubrir las infinitas demandas de este aluvión, como meseros, como cuidacoches, jardineros, reponedores, lavanderos, vigilantes, animadores, repartidores, y un larguísmo etcétera. Si no fuera por el temor a asociarse con Neustadt, habría que agradecerlo fraternalmente.

Si la yeta le retira un poco su apéndice al señor Presidente, y no sucede ningún desastre, los mayores ingresos por la carne que se embarca y la que desembarca, presagian un 2004 mejor para todos los uruguayos, estadísticamente hablando. ¿Que mucho mejor para algunos que para otros? Pero che, ¡qué mala onda! Alcanzame el bronceador. *

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