Nuevo, electoral y bisiesto
No será ésta la razón vaticana para oponerse al condón y la pastilla, pero ¡qué carambola! Lo cierto es que el tiempo corre en contra de la primacía cristiana, a pesar de que el almanaque se trazó en la fina medianera de la Iglesia con el Palacio. Dos papas y dos emperadores se alzaron con los principales créditos.
Medio siglo antes de Cristo, el Tiempo era un caos en el Imperio Romano. Las estaciones se confundían debido a la manipulación de los sacerdotes, que, para acomodar los eventos religiosos, desdeñaban las referencias temporales de la naturaleza.
Entre polvo y polvo -abunda en los desiertos- Julio César obtuvo de Cleopatra la fórmula del calendario egipcio. «¿Hoy?», había saltado el conquistador cuando la bella le pidió «Vestite», para asistir a la fiesta de Año Nuevo en Alejandría. El César descubrió entonces por qué se morían de frío sus soldados cuando ya terminaba primavera en el calendario romano, afectado de una desviación literalmente astronómica. Al regresar a sus pagos se llevó en comisión al sabio Sosígenes para implementar la Reforma del Tiempo, cuyos laureles recaudaría el emperador.
Se estableció la duración del año en 365 días y fracción. Para que el año empezara el primero de enero se trasladaron dos meses sin importar que el mes siete (setiembre) pasara a noveno, el octavo (octubre) al décimo lugar, igual de corridos que noviembre y diciembre. Quedaba el problema de la fracción. Se resolvió agregando un día más en febrero cada cuatro años, dando origen a los famosos bisiestos. Para corregir la desviación acumulada, el año de estreno tuvo que ser alargado a más de 400 días. A éste se le llamó «el año de la confusión».
El Nuevo Calendario romano de Julio César estaba listo. Sin equivocación posible, fue así que la muerte pudo encontrarlo en la fecha marcada, tres años después, el día de su asesinato. Los ajustes realizados por su sucesor, Augusto, bastaron para honrarle con el nombre de un mes, y, de paso, otro a la memoria de difunto.
La elección del primer día a partir del que se cuentan todos los siguientes representa como nada la cultura dominante de una época. A la fecha de la fundación de Roma la sustituyó después la del advenimiento de Cristo. Ambas luego se unificarían, moviendo a conveniencia los eventos de sus casillas en el almanaque, amoldado por la Iglesia. El primer Vicediós -título que también se asignaba a los papas- en aplicar la palanca fue Bonifacio IV, decretando que el día cero tuvo lugar un 25 de marzo, «día de la encarnación del Señor», nueve meses de antes de nacer del vientre de María. Luego se desplazó al 25 de diciembre, instaurando el enigma infinito de por qué Año Nuevo se celebra un día distinto a la Navidad, cuando se pretende que el primer día se cuenta a partir de este acontecimiento. Además de haberle errado a la Santa Fecha en, por lo menos, cuatro años.
Un milenio después, otro Pontífice («constructor de puentes», entre Dios y el Hombre) puso fin a la larga marcha de la Humanidad en pos del tiempo exacto. Durante ese lapso, la disparidad entre el almanaque y los astros sumaba un día cada cien años, acumulando ya diez días de diferencia. ¿Qué había pasado? Culpa de aquella fastidiosa fracción, que no había revelado antaño toda su cola.
La poderosa palanca papal volvió a funcionar. Gregorio XIII decretó entonces que el año empezaba el primero de enero, que sólo serían bisiestos los años centenarios (terminados en doble cero) si eran divisibles por 400, y convirtió de un plumazo ese 5 de octubre en 15 de octubre. Fue así que Santa Teresa de Jesús murió el 4 de octubre de ese año y su entierro fue el día 15, aunque era el día siguiente. La Reforma tuvo el mérito de hacer innecesaria otra nueva en el porvenir, toda vez que su fallo es de apenas un día cada tres mil años. Pamplinas.
En fin, que don Gregorio debería ser el santo patrono de los fabricantes de sidra.
Queda claro que, más allá del sesudo aporte de los astrónomos, el dominio sobre el tiempo es compartido entre la política y la religión. Bastaría, para confirmarlo, preguntarle a monseñor Cotugno cuándo caen en 2004 las Pascuas y el Carnaval, cuyo origen en el calendario lunar sólo les permite bailar en el almanaque vigente aplicando una compleja fórmula eclesiástica. O preguntándoles a los políticos uruguayos cuándo comienza el año electoral.
Como sea y como venga, con razón o sin razón, hoy a las doce de la noche parecerá que empieza un tiempo nuevo. ¡Salud! *
(*) Periodista
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