Gente, el medio y el mensaje

Antes de 1973 cunden en ella la frivolidad y una estética del «verano» como estación del goce que le permite exhibir su mercancía más recurrente: el cuerpo femenino, ya el de las «modelos», o el de las actrices. Más, desde luego, el de las «modelos», hecho que permite entregar al lector cuerpos dorados, perfectos, húmedos por el agua del mar o por esa transpiración caliente (lograda por el aerosol de los fotógrafos) que metaforiza la fiebre del verano, su sexualidad. A partir de 1973, Gente no deja de participar de la alegría «joven» de la primavera camporista. Luego apoya a Perón. Luego a Isabel y a López Rega. Luego (previo arrepentimiento: ahí está el célebre editorial «Gente se equivocó») a la dictadura del general Videla. Aquí, bajo la batuta certera del periodista Samuel Gelblung, Gente se vuelve «militante». Su tono es grave, transita la indignación moral y el reclamo del castigo. Con Videla utiliza uno de sus recursos más genuinos y fundacionales. Gente, desde su origen, nos ha mostrado el «lado humano» del poder. Los poderosos (presidentes, ministros, empresarios, banqueros, militares) tienen esposas, hijos e hijas, perros, gatos y casas cálidas, escenarios todos de una vida familiar (y casi siempre «católica») intachable.

Con Videla (y con los otros miembros de la Junta Militar) el estilo de buscar el «rostro humano» del gran personaje se torna más ideológico y militante que nunca. En Gente, Videla se afloja. Su cara pierde esa rigidez esquelética, huesuda y hasta espectral. Sonríe. Come y hace deportes. Charla livianamente. Festeja la Navidad. También Agosti. También Massera. Mírenlos: son seres humanos, tiernos en la intimidad, duros en la militancia contrainsurgente. Pero la ardua, áspera tarea (sucia) en que están empeñados no les ha quitado el «rostro humano», el «corazón». Siguen siendo esposos, padres, deportistas, amantes de los simpáticos animalitos domésticos. Algunas consignas que Massera pinta hacia 1977 tienen el «espíritu» de Gente. Por ejemplo: «El amor vence». O «ganar la paz».

La obra maestra de la relación entre periodismo y terror la entrega «nuestro» semanario en su tapa del 9 de diciembre de 1976. Como material de estudio es inagotable. En la tapa está la imagen (una foto del estilo «documento de identidad») de la militante de la organización Montoneros, Norma Arrostito, que había participado del secuestro y asesinato del ex presidente Aramburu en 1970. Una «presa» codiciada por la dictadura. Un «símbolo». Sobre la foto, duro, burocrático, con la sequedad brutal de los expedientes de la contrainsurgencia, hay un sello. Esos «sellos» que se mojan en la almohadilla y luego, con energía, se estampan sobre el «folio». El sello dice: «Muerta». No puedo extenderme en esto. Supongo que lo haré en otro texto y -en alguna medida- lo hice en cursos, en clases teóricas. Sobre todo en un seminario titulado «Filosofía y Terror: Pensar después de la masacre». Ese «sello burocrático» que Gente incrusta sobre la figura de Arrostito hubiera estremecido a Hannah Arendt. Es la burocratización, la banalidad del Mal. Habría estremecido a Kafka, quien, en En la colonia penitenciaria y El Proceso, se anticipó a la relación entre burocracia y terror. Habría estremecido a Theodor Adorno, que vio en la Razón y su expresión instrumental la condición de posibilidad de Auschwitz. A Primo Levi. A Paul Celan. A Jean Améry. A nosotros, los argentinos que estudiamos la relación entre Estado, burocracia y masacre.Y estremece a todos los que en el mundo estudian el genocidio argentino, uno de los más relevantes del siglo XX, precisamente por su rigor, su instrumentalidad, su «racionalidad».

Luego –superada la etapa «dura» del castigo procesista– Gente vuelve a su terreno más transitado y, sin duda, rentable: la frivolidad, el culto del verano, de los cuerpos, de la idiotez. Los lugares vacíos que han dejado los cuerpos que «desaparecieron» en el fragor de la contrainsurgencia son ocupados «por aquellos otros cuerpos hechos por la Madre Naturaleza sólo para estar en Gente: modelos, actrices y triunfadores» (Eduardo Blaustein, Decíamos ayer: La prensa argentina bajo el Proceso, Colihue, p. 134). Este esquema (una sobredimensionada «farandulización de la existencia», una identificación entre sociedad y «sociedad del espectáculo») la lleva casi naturalmente a «expresar» la estética y la ética del menemismo. Durante esa larga, devastadora década del 90, Gente se convierte (junto con Caras) en la revista del proceso neoliberal-populista que impulsa el colorido, farandulesco, impecable «chico de tapa» Carlos Menem. La primera contratapa que escribí (hace ya trece o catorce años) para Página/12, un sábado, alternándome siempre con Osvaldo Bayer, se llamó: «Ignotos y famosos».

Con ese título publiqué un libro en 1994, que Eudeba reeditará en el año que empieza. ¿Por qué esta reedición? Leandro de Sagastizábal –director editorial de Eudeba– dice que la antinomia «ignotos y famosos» fue la que definió al menemismo. También, desde luego, «pizza con champán», que expresa –con enorme eficacia– la «unidad» que hizo posible el «asalto» del liberal-populismo al país. La «pizza» de los peronistas y el «champán» de los Alsogaray habrían marcado a fuego (en un plano simbólico-gastronómico) el pacto político que constituyó un poder tan total. Pero si «pizza con champán» denunciaba un pacto, «ignotos y famosos» un antagonismo. Los «exitosos» de la pizza y el champán (es decir, el peronismo y, como entusiasta comparsa, ese radicalismo que llega a la cumbre de la infamia en el «Pacto de Olivos», unidos a lo que tempranamente Walsh llama «nueva oligarquía financiera») expulsan del mundo de la producción y el trabajo (al que destruyen) a millones de personas que pasan a ser los «fracasados», o los «perdedores». De esta forma, la sociedad se divide en «ignotos y famosos». Los «famosos» son los «incluidos», los «exitosos», los personajes de la «sociedad del espectáculo». Los «ignotos» serán los «excluidos», los «marginados» y (poco después) los «delincuentes» y (hoy) los «piqueteros». El eterno Otro de la Argentina, el Otro maldito, demonizado.

Gente es más hábil que Caras para apresar «este» costado de la tragedia. (No olvidemos que hablamos del hambre y que el hambre «mata». En suma, hablamos de la muerte.) Caras exhibe el Poder, lo muestra impúdicamente. Lo muestra en su aspecto cósico, ya que el poder mafioso (la corrupción, la impunidad, el saqueo) es un poder que se «cosifica»: casas, autos, yates, aviones, corbatas (Gente, que liquidó al gobierno de Isabel Perón exhibiendo las corbatas de Lastiri, se consagra, en los noventa, a elogiar cortesanamente las de Menem y los suyos, que hicieron de las corbatas y los pañuelos «al tono» una modalidad de época). Gente (más que «Caras») exhibe el éxito y –como siempre– el «lado humano» de los famosos. Ahí está el «estilo ‘Gente'». Hay una sumatoria de elementos que lo definen: el éxito, el dinero, las «modelos»(sobre todo, sensible a la era de la paidofilia: las «lolitas»), los «actores» (los de la televisión casi siempre), la fama, el triunfo, las fiestas ostentosas y (muy especialmente) eso que la revista consagra al fin de cada año con una tapa desplegable, espectacular, ya que se trata del espectáculo de los espectáculos: «los personajes del año». Todos los años (cercana a la «alegría» de las Fiestas) aparece esa «producción» que «produce» exitosos. No es la «biblia y el calefón». Que, por ejemplo, en una misma tapa aparezcan Bioy Casares, Moria Casán o la viuda desconsolada de alguna víctima reciente del gatillo fácil o la venganza mafiosa, no es «un batifondo». A todos los une la «fama». La «fama» es el éxito. Y lo es aunque provenga de la tragedia: ¡el año del atentado a la AMI
A el señor Beraja apareció como «personaje del año», aplaudiendo, junto a la «Pampita» de turno! Todos se han «destacado». Todos se ganaron la «vidriera». La codiciada tapa de Gente. Se los ve aplaudiendo, como si agradecieran. Es un gesto demagógico. No están ahí para aplaudir, sino para ser aplaudidos. Para ostentar su triunfo sobre el anonimato. Su pertenencia al mundo brillante de los «famosos», y no al oscuro de los «ignotos». En suma, ser «personaje del año» es ser la esencia de la estética y la ética del menemismo: el éxito. Lo que brilla. El poder, el dinero, la obscena exhibición del «triunfo». En 1976, Gente ya había consagrado a su personaje del año: Martínez de Hoz. *

(*) Publicado en acuerdo con Página/12

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