La lógica del terror invade la temática del juguete
En el nuevo mundo de juguetes, lo que parece humano es mínimo. La mayoría viene de China y de Estados Unidos. Aunque hay de diferentes tamaños, formas y precios, todos se parecen y «hacen» lo mismo: matan, someten al más débil y ejercen poderes supremos para «salvar al mundo».
Para llevar a cabo su misión, cuentan con el armamento «necesario»: misiles, metralletas, pistolas, granadas, bombas, espadas, etcétera. El Action Man –uno de los muñecos más demandados en los almacenes de altos costos– tiene diferentes versiones. En una aparece hasta con seis armas largas y su tarea, según se lee en el estuche, es «asaltar a la isla». El «héroe» también participa en «emocionantes» operaciones, tales como «la última batalla» o el «combate final». Junto con éste, otro de los más solicitados por los niños es Max Steel, muñeco que tampoco es concebible sin instrumentos de combate que pueden ir desde un perro de ataque hasta un «aeroski con misiles».
La doctora en pedagogía Patricia Ehrlich, investigadora del Departamento de Educación de la Universidad Autónoma Xochimilco, México, apunta que muchos de los juegos que están en el mercado son «un material didáctico para la ideología de la dominación», que favorece la fuerza, la agresión, el poder, el dinero, el individualismo, la sumisión y el miedo.
En los 70, recuerda, había caricaturas en las que se hablaba de las bondades de las bombas de neutrones. La película La guerra de las galaxias y todos los productos que de ella se derivaron acompañaron la estrategia de Ronald Reagan de «armarse por todos lados y orientar la producción a la industria bélica». Igual ocurre ahora, pues muchos juguetes van de acuerdo con la política de agresión impuesta por Bush. Bajo esta concepción, en la que se intenta fomentar una «visión única del mundo», es necesario infundir miedo en la población para que sienta la necesidad de estar armada. En consecuencia, añade, «el bueno de las películas es el que mata más y más rápido, el que acumula más dinero y, por tanto, poder».
Las cartas del ataque
Una moda que ha penetrado muy fuerte entre niños y adolescentes es jugar las cartas Yu-Gi-Oh. La idea no parece ajena a los planteamientos anteriores: su fundamento es el ataque y la defensa. Cada tarjeta de cartón con figuras de monstruos tiene determinado número de puntos para hacer daño al contrincante y protegerse. Las más codiciadas son las que tienen más poder para destruir y, por ello, cuestan más.
En el mercado de Coyoacán estos cartones llegan a costar desde 4 hasta 200 dólares. Por ejemplo, si se quiere comprar uno de los más poderosos, llamado Exodia, es necesario adquirir cinco tarjetas, porque cada una contiene una parte del cuerpo del «monstruo egipcio», de tal manera que para tener el ejemplar completo es necesario gastar mil 700 dólares, con lo cual el jugador tendrá una «victoria automática».
Las Chicas Superpoderosas
«Todos los muñecos ya vienen con violencia, ya no salen como los de antes, que tenían un mensaje sano». Y pone de ejemplo a Las Chicas Superpoderosas, protagonistas de la caricatura del mismo nombre, que también se venden como muñecas.
Estas «chicas» tienen como objetivo «defender el mundo, pero lo único que hacen es sostener la violencia. Es un poco como lo que pasa con Bush».
Este fin de año acapararon el mercado los personajes de la película El señor de los anillos -Frodo, Aragorn, Legolas, Sauron y otros-, en sus diferentes tamaños, posturas y accesorios, por los que se paga desde 20 hasta 300 dólares, así como los del filme Harry Potter y toda clase de muñecos armados.
Por ocho dólares es posible comprar los Héroes de América. Por supuesto, son soldados estadounidenses poseedores de un equipo de tecnología sofisticada para arrasar al enemigo: computadora satelital, metralletas, cañones, tanques y, para que no falte nada a la hora de «liberar a los oprimidos», llevan hasta la bandera de las barras y las estrellas.
La especialista Patricia Ehrlich señala que lo que se exalta en los «superhéroes» de los juguetes, las caricaturas y las películas es el individualismo. Es decir, una sola persona podrá salvar a la humanidad, lo cual es imposible, pero al ser humano se le hace creer que está solo para que haga justicia «por su propia mano». En el fondo, explica, «hay una clara intención de minar las bases de las identidades culturales» bajo el supuesto de que el hombre es un ser fragmentado a quien no le interesa la historia.
Por lo menos desde hace tres décadas existe «un proceso de vandalización de la cultura», consistente en reducir las expresiones culturales a meros productos mercantiles. Por ello no se busca formar ciudadanos, pues «eso no deja dinero», añade Ehrlich.
Pero para que no se hable de exclusión en este nuevo mundo de juguetes, todavía es posible encontrar trompos. La única diferencia es que ahora hasta los trompos luchan y requieren de una pistola electrónica que les inyecta potencia.
Para jugar con el «novedoso» artefacto se requieren dos competidores, quienes deben colocar sus respectivos trompos en una arena de plástico, donde al girarlos se pegan. En las jugueterías de EEUU también hay casitas u otros juegos no incluye armamento, como por ejemplo un estuche de química con telescopio, tubos de ensayo y frasquitos para realizar los experimentos. Nadie los compra.
(*) Publicado en acuerdo con La Jornada, México.
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