Navidad

Jesús de Nazareth es, sin duda, el desaparecido más notorio que registra la humanidad. Su cuerpo, sin embargo, el menos reclamado. Para nadie, como a él, se han destinado tan ilimitados esfuerzos a conocer todo sobre la vida y muerte que tuvo. Nada comparables a la búsqueda de sus restos.

Agnósticos y devotos comparten una misma versión histórica  la forma posible de la verdad  de su biografía. La piedra de la discordia se condensa en el destino del cadáver, donde radica la clave que acreditaría su condición. Para unos, carne y huesos resultaron cenizas entre la tierra, la misma que nos nutre y alberga, tierra de la que provenimos y a la que volvemos en un ciclo vital perpetuo. Para los otros resucitó, es decir, volvió a la vida para siempre. La diferencia, puede verse, no es tanta como parece.

Del camino que terminó en la muerte de Jesús se sabe todo lo necesario para entenderla y representarla. Se conocen los agravios que suscitó, la autoría intelectual de la sentencia, las circunstancias precisas, los procedimientos de sus ejecutores. Respecto de todo aquello, miles de millones han adoptado después, desde la hostilidad hasta el fanatismo, las posturas personales respectivas. Ninguna fundada en la ocultación de la trama mortal.

Los verdugos de Jesús nunca expiaron su crimen. La alternativa de propinarles castigo o concederles el perdón no demarcó corriente de opinión alguna. Ni la venganza. Ni la idea de justicia entendida como contabilidad imperativa de deudas y pagos. Ni el tamaño del dolor de sus parientes, allegados y afines. ¿Por qué? Porque la redención del mártir sólo se alcanza en el triunfo de su causa. No existe otra. Todos lo saben; el mártir, si es que puede, como el Jesús de los creyentes, también. Estaba asumido al desafiar las fuerzas que enfrentó.

Yo puse bombas, antes del 27 de junio de 1973. Tres bombas incendiarias: una en la puerta de una casa y dos debajo de autos estacionados. Cajas de zapato conteniendo gasolina y una mecha de retardo con clorato de potasio y ácido clorhídrico. En la casa funcionaba un club político. Los autos los elegía al azar entre los más lujosos que encontrara en Pocitos. En ningún momento me pregunté si, al momento de encenderse, podría haber niños adentro o pasando por la vereda. Mi hermanita, por ejemplo, o el hijo de un amigo; cualquier niño. Cualquier persona inocente. Inocente, ¿de qué culpa? Yo no lo vería. Las instrucciones eran dejar la bomba e irme rápidamente.

Mi causa no era la democracia. Era la sociedad sin clases, la revolución socialista. Llegué a ella desde la revuelta estudiantil. Soñaba con el asalto al Palacio de Invierno y al Cuartel Moncada. Me alisté en las filas de quienes proponían un atajo, chocando con el sostén último de la oligarquía, sus fuerzas armadas. Había que sacarlas a pelear. Lo logramos. Y perdimos. Como en el Irak de hoy, los ganadores continuaron limpiando los vestigios refractarios después de vencida la guerra.

Los jefes históricos tupamaros  nada menos que ellos, tan maltratados  sostuvieron que no tenían deudas a reclamar, que las heridas causadas y recibidas estaban entre las leyes del juego, cosas de la guerra. De combatientes. Eso no es con nosotros, querían decir y lo lograban, separándose de las demandas por «castigo a los culpables». Lo hicieron al momento de salir en libertad, con la fresca y cruda transparencia de los resucitados. Antes de ser arrastrados por la corriente, y antes que el decurso político los encuadrase en su complejo tablero.

De aplicarse aquella postura, la franquicia no afectaría a los damnificados sin mérito, es decir, los que «se la llevaron de gratis». No les concernía la causa, no les implicaba en ningún sentido. Por ejemplo, las personas que yo pude haber quemado con las bombas que coloqué. Tendrían, ellos sí, derecho incondicional a pedir castigo para mí y mis mandantes. Que eran, dicho sea de paso, subalternos de los jefes guerrilleros mencionados. ¡Qué intrincado, cenagoso e interminable el arqueo de las culpas!

No herí a nadie. Pero podría haberlo hecho. ¿Y si lo hubiera hecho? Hoy estaría igual a como estoy: en Uruguay, criando a mis hijos, caminando sin cuidarme las espaldas, votando contra la ley de Ancap, preocupado por la factura de la luz, descongelando falda para esta noche. Sin ninguna citación judicial. ¿A qué se debe este portento? Principalmente, a la formidable sabiduría del pueblo uruguayo. Que impuso la paz. Que cerró a rajatabla las cuentas de los daños. Y encargó al Estado la búsqueda de los niños y los desaparecidos. Con la misma honda sabiduría que juzga maduro el tiempo hoy, que no ayer, para un cambio progresista.

Yo, que no soy víctima ni verdugo de aquellos crímenes. Que no soy padre, ni hermano, ni esposo, ni hijo de un desaparecido. Un juan de los palotes, ni mejor ni peor que tantos juanes. Un habitante del Uruguay de hoy como podía serlo de Jericó hace dos mil años. Que no sé cuánto hubiera llorado en el Gólgota, si menos o más que familiares del crucificado. Que pude ser yo. Una bolsa de temblores. Nadie. Digo, creo, que la suerte de los restos no agrava ni alivia el duelo por los mártires. Que su reivindicación avanza con la causa a que jugaron sus vidas. No para de avanzar. Que hoy sumo mi voto a los que refrendaron las leyes de la paz. Que esta paz no ha sido obstáculo para el avance de la causa, objeto único del sacrificio. Que del gobierno progresista que votaré, también espero más verdad histórica, la mayor posible, pero sobre todo espero más paz.

Que los muertos desaparecidos, como Jesús de Nazareth, revivan de sus restos en el advenimiento que hoy despunta. (Amén). *

 

(*) Periodista

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