¡Finalmente atrapamos a nuestro Frankenstein!
A Estados Unidos le solía gustar Saddam. Amábamos a Saddam. Lo financiamos. Lo armamos. Lo ayudamos a gasear a las tropas iraníes.
Pero luego se dio vuelta. Invadió a la dictadura de Kuwait y, haciendo eso, hizo la peor cosa que se pueda imaginar, amenazó a un amigo mucho más amigo de nosotros: la dictadura de Arabia Saudita, y sus grandes reservas de petróleo. Los Bush y la familia real saudita eran y son socios cercanos en sus negocios, y Saddam, allá en 1990, cometió un despropósito real llegando demasiado cerca de sus lujosos bienes. Las cosas fueron cuesta abajo para Saddam desde entonces.
Pero no siempre fue así. Saddam era nuestro buen amigo y aliado. Apoyamos su régimen. No era la primera vez que hemos ayudado a un asesino. Nos gustaba jugar al doctor Frankenstein. Creamos un montón de monstruos –el Sha en Irán, Somoza en Nicaragua, Pinochet en Chile– y luego mostramos ignorancia o sorpresa cuando ellos corrían enloquecidos y masacraban gente. Nos gustaba Saddam porque quería pelearle al Ayatolah Komeini. Entonces nos aseguramos de que tuviera miles de millones de dólares para comprar armas. Armas de destrucción masiva. Es así, él las tenía. Deberíamos saberlo: ¡nosotros se las dimos!
Permitimos y estimulamos a las empresas estadounidenses hacer negocios con Saddam en los años 80. Así fue como consiguió agentes químicos y biológicos para usarlos en sus armas químicas y biológicas. Aquí está la lista de parte del material que le enviamos, de acuerdo con un informe del Senado de 1994:
* Bacillus Anthracis, causante del ántrax o carbunco.
* Clostridium Botulinum, una fuente de la toxina del botulismo.
* Histoplasma Capsulatam, causa de una enfermedad que ataca los pulmones, el cerebro, la médula ósea y el corazón.
* Brucella Melitensis, una bacteria que puede dañar los órganos más importantes.
* Clostridium Perfringens, una bacteria altamente tóxica que causa enfermedades sistémicas.
* Clostridium tetani, una sustancia altamente toxigénica..
Y aquí están algunas de las empresas estadounidenses que ayudaron a impulsar a Saddam haciendo negocios con él: AT&T, Bechtel, Caterpillar, Dow Chemical, Dupont, Kodak, Hewlett-Packard, e IBM.
Nosotros fuimos tan piolas con el querido y viejo Saddam que decidimos proveerle nuestras imágenes satelitales para que pudiera localizar dónde estaban las tropas iraníes. Sabíamos muy, pero muy bien, cómo usaría esa información, y seguramente, tan pronto como le mandamos las fotos de los satélites espía, gaseó esas tropas. Y nos quedamos callados. Porque era nuestro amigo, y los iraníes eran ¡el enemigo! Un año después de su primer ataque con gas a los iraníes restablecimos relaciones diplomáticas con él.
Más tarde gaseó a su propio pueblo: los kurdos. Ustedes pensarán que eso nos obligó a terminar nuestra asociación con él. El Congreso trató de imponer sanciones económicas a Saddam, pero la Casa Blanca de Ronald Reagan rápidamente rechazó la idea. No iban a dejar que nadie descarrilara a su buen compadre Saddam. Teníamos un festival de amor virtual con este Frankenstein que (en parte) creamos.
Y, al igual que el monstruo de Frankenstein mítico, Saddam eventualmente quedó fuera de control. Un día no quiso hacer más lo que le ordenaba su maestro. Saddam tenía que ser capturado. Y ahora que ha sido devuelto del páramo, tal vez tendrá que decir algo acerca de sus creadores. Tal vez podamos aprender algo… interesante. Tal vez Donald Rumsfeld pueda sonreír mientras estrecha la mano de Saddam de nuevo. Tal como lo hizo cuando lo fue a visitar en 1983.
Tal vez nunca hubiéramos estado en la situación en que nos hallamos si Rumsfeld, Bush padre, y companía, no hubieran estado tan excitados con su amistoso monstruo del desierto en los años 80.
A todo esto: ¿alguien sabe dónde está el tipo que mató a 3.000 personas el 11 de setiembre? ¿Nuestro otro Frankenstein? Demasiados pequeños monstruos nuestros, muy poco tiempo antes de la próxima elección…
Candidatos demócratas: manténgase fuertes. Estos bastardos nos mandaron a la guerra con una mentira, la masacre no se detendrá, el mundo árabe nos odia con fervor, y pagaremos por eso con nuestros bolsillos en los años próximos.
Nada que haya pasado hoy (o en los últimos nueve meses) ha hecho que estemos siquiera un poquito más seguros en nuestro mundo pos-9 de setiembre. Saddam nunca fue una amenaza a nuestra seguridad nacional. Fue nuestro deseo de jugar al Dr. Frankenstein el que nos condenó a muerte a todos. *
(*) Cineasta y escritor. (Traducido para Rebelión por Andrés Capelán)
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