Huellas del hambre
«De la bolsa al hocico», se lee en el envase del «alimento proteico» que consume Verónica, 10 años, hija única de Alicia Benítez. «Es lo más barato que encontré», explica su madre. El producto es, según sus fabricantes, un apetitoso concentrado de «tejidos musculares y grasos de vacunos», «especialmente adecuado para la alimentación de perros y gatos». Alicia lo estira con «un puñadito de arroz de medio grano o polenta, porque la cosa no da para mucho más». Esa es la cena habitual de Verónica. «Almuerza en el comedor escolar y de noche le doy eso, pobre», dice Alicia.
Pero innumerables escolares ni siquiera tienen «eso» en sus hogares. En efecto, según Gladys Pérez, consejera de Primaria, «el panorama es tan crítico que lo recibido en los comedores suele ser en muchísimos casos la única comida que ingieren los niños en el día».
En ese mundo de pavorosas privaciones, un pedazo de pan se ha convertido en ambicionado tesoro. No derrota al hambre pero durante un rato calma la desesperante necesidad de comer. Maestros y maestras comprueban a diario que esto se agrava sin solución de continuidad, hora tras hora. No hace mucho, cuando los medios comenzaron a dedicar tardía atención al tema de la desnutrición infantil, Pérez dijo que en muchos barrios «en sus casas los niños sólo se alimentan con pan y mate dulce».
Esta realidad genera episodios como el que en la primera semana del pasado noviembre conmovió hasta las lágrimas al investigador social Américo Díaz Manfredi y a tres de sus colaboradores, Juan Carlos Canto, Marcelo Alvariza y Sixto García Durán. Ocurrió en una zona densamente poblada del Montevideo rural, donde Díaz y su equipo entrevistaban a niños y niñas menores de 12 años. Díaz relata:
«Eran 14 varones y 9 mujeres. Salvo nosotros, no había personas adultas en la reunión. Estábamos iniciando un trabajo de campo que incluye un serie de entrevistas a hijos de habitantes del lugar.
Queríamos averiguar cómo visualizaban su situación y la de sus familias. Llevábamos más de una hora charlando cuando, por decirlo de alguna manera, me salí del libreto y se me ocurrió preguntarles qué pedirían a cualquier persona que quisiera regalarles algo, y casi por unanimidad dijeron ‘cosas de comer’. Quedamos mudos, tremendamente afectados por la respuesta, con los ojos llenos de lágrimas».
De acuerdo con datos que Díaz recogió en 12 regiones del territorio nacional, «comer bien en sus casas todos los días es el sueño dorado de incontables chiquilines cuyas familias han sido marginadas por el modelo económico vigente. Es ridículo preguntarse o preguntarles si comen con frecuencia carne, queso, verduras o fruta. Todo ese enorme sector infantil está hambriento y debilitado».
La consejera Pérez confirma que cada día son más los niños y las niñas que ingresan a Primaria con altos índices de desnutrición y baja talla. El doctor Ney Castillo, director del Pereira Rossell, dice: «A los pediatras nos impacta que los casos que ingresan actualmente por desnutrición se presenten con cuadros cada vez más severos». La investigadora social María del Huerto Morales de Silva alerta: «La desnutrición está destruyendo a sectores cada vez más extendidos de la población infantil del Uruguay». La presidenta de la Asociación Uruguaya de Pediatría, Virginia Méndez, afirma: «Todos los días se ven niños desnutridos». Muchas otras fuentes igualmente calificadas describen el mismo tétrico panorama. Coinciden en señalar que la desnutrición infantil avanza en todo el país y que su actual índice de crecimiento amenaza con alcanzar niveles aún más alarmantes en el corto plazo.
En ese marco se registran casos terribles, muchas veces fatales, como el que se conoció en la capital de Artigas el pasado martes 11 de noviembre, cuando una niña de 13 meses ingresó al hospital local presentando un atroz déficit de peso y talla provocado por la desnutrición. Una niña de su misma edad bien alimentada pesa unos 10 kilos, pero ella pesaba apenas cinco y 600 gramos. En condiciones normales su talla debería haber sido de 75 centímetros o más, pero el hambre sólo le había permitido llegar a 64. *
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