LE PREGUNTAMOS A URUGUAYOS QUE EMIGRARON QUE ES LO QUE EXTRAÑAN DEL PAIS

Cambiaron identidad por calidad de vida y añoran hasta lo más pequeño

Ya no se van sólo los jóvenes, también se marchan los adultos. Según datos de la Dirección Nacional de Migraciones, durante el año 2003 partieron y no regresaron casi 60 mil orientales, siendo esta cifra aproximada puesto que en el país no existe un registro de emigraciones. Los destinos elegidos por la mayoría fueron España y Estados Unidos. Pero ¿cómo se sienten los emigrantes en países extraños? ¿De qué manera conviven la comodidad y el desarraigo?

LA REPUBLICA intentó acercarse a los sentimientos de los compatriotas que optaron por continuar su vida fuera de fronteras y contactó a una serie de uruguayos vía Internet.

Testimonios

«Añoro las caminatas por la rambla, los atardeceres frente al mar. Las pastas caseras de mi madre, las tardes en el estadio y las nochecitas de tablado. La cerveza con los amigos en La Pasiva y los inolvidables sábados en el Mercado del Puerto. Pero no puedo volver. Acá gano bien, no le falta nada a mi familia y me doy el lujo de ayudar a mis viejos que se quedaron en Montevideo. ¿Volver? Claro que quisiera regresar, pero ¿a hacer qué?, ¿a vivir de qué? De todas formas mi corazón se quedó en la casa que me vio crecer, en Brazo Oriental, en mi querido paisito», expresó Leandro Sánchez quien desde hace siete años decidió radicarse en Barcelona y se desempeña como mozo en un hotel.

Este relato sintetiza gran parte de la experiencia emocional de quienes se marcharon. Por un lado lograron obtener un nivel de vida que en Uruguay les era imposible, pero por otro sufren el desarraigo, la pérdida de identidad y en algunos casos viven con resignación.

«¿Qué extraña? fue la pregunta que hicimos a los uruguayos que emigraron. Las respuestas no variaron mucho. «Cosas tontas y me conformo con que acá lo tengo todo», aseguró el dibujante Gustavo Serrano quien tres años atrás emigró a Madrid.

La sicóloga Alicia Costanzo, integrante del Equipo de Investigaciones de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República, sintetizó a este matutino el proceso emocional que vive el emigrante. Sostuvo entonces que fuera del país se añoran elementos que forman parte de la identidad nacional como el mate, el asado o el dulce de leche, dado que éstos constituyen un referente, «son símbolos a través de cosas concretas que representan lo familiar, lo conocido, el origen de la persona. Hay cosas que anclan a una identidad de país y que no se pueden llevar y se extrañan; ellas simbolizan lo que se perdió o dejó atrás», manifestó la profesional.

Victoria Lassage tiene 32 años. Egresó de la Escuela de Diseño y comenzó un largo periplo en busca de un empleo que le permitiera aplicar los conocimientos adquiridos. No lo logró. Entonces se propuso obtener algún trabajo, aunque no tuviera nada que ver con su profesión, pero con el que podría dejar de depender económicamente de su familia. Tampoco lo consiguió. «Estuve dos años buscando trabajo en vano, siempre lo mismo, me tomaban los datos y me decían ‘te llamamos’. Ya no daba para más, armé las valijas y me vine a Madrid. Acá cuido dos niños por la mañana y por la tarde trabajo en un comercio. Gano bien y eso que recién llegué. Por ahora no está en mis planes volver, aunque muero cuando me mandan fotos de mis sobrinos. Lloro en cada cumpleaños de amigos y familiares en los que no puedo estar y me consuelo con Ruben Rada, Jaime Roos y la Contrafarsa».

La mayor parte de los uruguayos consultados coincide en afirmar que en caso de regresar perderían la calidad de vida alcanzada e incluso la posibilidad de trabajar.

Karina Perrone, también desde Madrid, comentó que «se extrañan muchas cosas de Uruguay, pero acá se vive bien. Extraño la gente, eso sí, la familia, los amigos y bueno… toda la vida viviendo ahí se extraña al país, pero la manera de vivir no se extraña. Acá tenés futuro, cosa que nuestro país no brinda, me encantaría volver, pero sólo de visita», explicó.

Un precio muy alto

«Los emigrantes extrañan la cotidianidad, el trabajo, los amigos, las diferentes prácticas en relación a los vínculos que en Uruguay pasan por juntarse a tomar mate o a comer un asado. En otro país las prácticas son otras», indicó Costanzo.

Para la psicóloga los elementos que habitualmente se extrañan están estrechamente relacionados con las relaciones entre las personas. La profesional resaltó además el proceso de adaptación al que debe someterse el emigrante, las costumbres que debe aprender, el proceso de comprensión de los códigos del país en que reside, los casos en que es necesario aprender un nuevo idioma con las dificultades que ello conlleva a la hora de comunicarse y también la adecuación al clima que a veces es diferente. Según Costanzo todo esto agudiza la añoranza por el país de origen y se manifiesta a través de símbolos como el mate, las murgas o el asado.

Desde China, Ruben Bernis contó a LA REPUBLICA «que extraño todo, primero mi familia, mis amigos. He viajado muchísimo por varias partes del mundo, pero como nuestro país no hay; su gente, sus playas, su forma de vivir, sus tortas fritas, sus asados, su mate, cosas que por ejemplo acá en China no se ven», apuntó.

Pequeñas cosas

Mauricio Corbo está radicado en Estados Unidos desde hace tres años, trabaja de panadero y siente que «son muchas las cosas que se extrañan, por ejemplo la familia que uno deja y no sabe si cuando regrese estará en este mundo y uno se lo deja a Dios. En mi caso particular estoy aquí para que mi familia no pase mal allá. Desde aquí le doy todo lo económico a cambio de un precio muy alto, que es no poder ver crecer a mi hija que hoy tiene seis años».

No quedan dudas que el camino que decidieron transitar aquellos que optaron por emigrar no es fácil. En su mayoría alcanzaron niveles económicos aceptables, pero no pudieron desprenderse de sus raíces, de la identidad y de tantas pequeñeces que nos hacen uruguayos.

«Mi esposo y yo hace tres años que estamos en Canadá. Aquí nació mi hijo y aquí le puedo dar un futuro bueno. Extrañar claro que se extraña y mucho. Se añora la gente que acá es totalmente diferente, cada uno está en lo suyo, el asado, las reuniones familiares, las fiestas de Navidad y Fin de Año. Acá no tiran fuegos artificiales ni brindan con los vecinos. En realidad extrañás las cosas más pequeñas a las que antes no les dabas valor, extrañás todo» , sostuvo Claudia Pérez. *

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