El vago: una especie extinguida por culpa del sistema
Vago al que todos señalan como vago, pero que de alguna manera se le respeta y más de uno lo envidia, vago de semejante categoría, créame, ya no quedan. Todo por culpa del gobierno, sí señor, porque la desocupación obligatoria mató al vago. Porque el vago real, para serlo necesita que haya plena ocupación, o al menos cierta demanda de mano de obra. El vago necesita que haya laburo para poder no laburar. Yo le hablo con propiedad porque tuve mis gloriosos días de vago. Vago reconocido como tal, vago asumido, sin alharaca, eso sí, porque el vago en serio no anda haciendo alarde de su vagancia. Al contrario; el vago auténtico es más bien callado, habla poco, camina lento, se sienta y cavila. No piensa mucho tampoco, porque se puede herniar. El vago de marca evita todos los excesos. Es verdad que hay una edad apropiada para ser vago. En mi caso particular, fui vago entre los dieciocho y los veinte años, con alguna flojera, alguna pequeña traición a causa de los metidos en vidas ajenas que nunca faltan, que lo acorralaron a uno con un laburo inevitable y uno tuvo que claudicar por unos días, hasta que se recompuso y retomó su condición de vago. Ojo, que yo he conocido vagos que recién aflojaron como a los treinta años, y la mayor parte de las veces, cuándo no, por culpa de una mujer. Yo, la verdad sea dicha y sin ánimo de darme dique, nunca tuve tanto arrastre con las mujeres como en mi época de vago. Y se explica. Primero, porque el vago dispone de tiempo, campanea sin apuro, es paciente y puede ser seguidor, y en segundo término, hay un tipo de mujer, y una edad de mujer, en la que el vago la atrae, la inquieta y ella se interesa por el vago, porque cree ver en el vago a un tipo que tiene un encare diferente de la vida, no como el hermano de ella que labura y vive quejándose. El vago no se queja. Al principio ella no tiene la menor intención de cambiarle la vida, porque el vago le encanta por eso, por vago, pero a la larga, si el vago se engancha, llega un momento en que la mujer lo cambia. Es un trabajo lento el de ella, lo va minando hasta que lo malogra, es decir, lo lleva por la senda del bien, la del sacrificio mal pago. Es bueno aclarar que cuando yo hablo del vago, no me estoy refiriendo al atorrante roñoso mugriento y mal vestido. Vamos a respetar y no confundir. Le estoy hablando del vago pulcro, no demasiado prolijo porque en este caso la apariencia tiene que coincidir con la condición de vago, pero en algunos casos, en el mío por ejemplo, hasta se me toleraba algún perfume, pero eso hay que saber regularlo muy bien y depende de cada uno. Otra cosa a tener en cuenta, es que el vago es una especie que se da en cualquier familia de cualquier extracto social. En casi todas las familias bacanas, gente de guita y dos o tres apellidos, suele haber un vago. Es la oveja negra, es el que estudió de algo, no se recibió de nada y después se dejó llevar por la sabia opción de no laburar hasta que mayorcito ya, apareció la fulana de igual cantidad de apellidos y nivel social, y lo rescató casualmente cuando el vago estaba por heredar unos campitos. Seré sincero: ese vago no me interesa. Vago con respaldo, vago que sabe de antemano cómo vienen las cartas, vago que sabe que si las papas queman tiene un zafe, para mí es un vago contaminado por el snobismo, es un falso vago, empieza como vago y después pasa a la aberrante categoría de pintoresco. Es más común de lo que se supone, que alguno de esos vagos truchos termine, o continúe su vagancia, en calidad de agregado de no sé qué en alguna embajada en el exterior. Allí conocen a otros vagos de otros países, intercambian experiencias de vagancia, forman cofradías de vagos internacionales y viajan en misiones de carácter desconocido de las que no se puede saber nada porque pertenecen al secreto mundo de la diplomacia. Aclaremos, llegado a este punto, que no hay que confundir tampoco al vago con el vagabundo. El vagabundo es movedizo, es caminador, anda errante por la vida, sin punto fijo ni lugar de residencia. Yo, por ejemplo, fui vago de barrio, y más concretamente, vago de esquina. Ni siquiera esquina de boliche, sino de panadería, apoyado en la vidriera tapando los bizcochos. Esquina en ochava que permitía un amplio ángulo de visión, para ver y ser visto cómodamente sin despegarse de la vidriera. En esa esquina, al atardecer, se juntaba la barra, pero vagos, lo que se dice vagos diurnos, fieles guardianes del territorio, éramos, cuando mucho, dos o tres. ¿De qué vivían esos vagos? Necesitábamos tan poco, que develar de dónde salía ese poco sería robarle encanto a los recuerdos. Era lindo ser vago. Las vecinas no perdían la oportunidad de decir ahí están esos vagos en la esquina, pero en el fondo nos querían con un cariño apoyado en la esperanza de que un día sentáramos cabeza, catástrofe que venía de la mano del metejón con la muchacha de familia. Hoy, con estos gobiernos, se acabó el libre ejercicio de la vagancia. El vago corre el peligro de ser confundido con un desocupado. Pero hay algo mucho más grave, y es confundir al desocupado con un vago. No faltan, en distintos medios, quienes se encarguen de crear tan canallescas confusiones. Pero ya llegará el día en que habrá laburo, y entonces, nuevamente, el glorioso vago renacerá en las viejas esquinas para darse el sagrado lujo de no laburar.
(*) Humorista uruguayo
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