Uruguayos actuales superamos todas las "expectativas de vida" previstas
Aún continúan batiendo tambores en muchas sienes, las resacas de la Noche de la Nostalgia, cuando decenas de especialistas de diversa índole atacan con nuevas interpretaciones de este fenómeno uruguayo. Algo que ocurrirá, hasta que la primavera los dote de otros temas.
Lo absolutamente cierto después de tanto escrito es que, de atenernos a lo dicho por científicos, médicos, ambientalistas y afines, los actores de la Noche de la Nostalgia, son héroes de la resistencia, hitos de supervivencia.
Científicamente mirados, los niños de las décadas de 1950, 1960 e incluso las de 1970 jamás podrían haber sobrevivido.
Aquellos niños que en sus mismas cunas tenían pinturas brillantes con altísimo contenido de plomo; que leían revistas de tintas tóxicas… pasando de página con el índice mojado en la lengua. Aquellos niños que jugaban a la bolita, al pie de árboles donde compartían con los perros, agujeros, que tanto servían para necesidades fisiológicas animales como lúdicas de los pequeños humanos.
Generaciones sucesivas que crecieron andando en bicicleta, sin casco, rodilleras, coderas… y pocos frenos. Constructores de «chatas» con rulemanes, vertiginosos carritos que por décadas hicieron furor en las bajadas de calles tan empozadas, como inseguras.
Miles de uruguayitas y uruguayitos que sobrevivieron a padres conduciendo automóviles sin cinturones de seguridad, sin air-bags; cuando incluso no estaba prohibido ser acompañante del chofer por ser niño. Cuando los semáforos estaban sólo en 18 de Julio, los conductores bebían tanto como anteayer y los inspectores de Tránsito los controlaban tanto como ahora.
Es que la mayoría de los danzantes nostálgicos del fin de semana fueron grandes andadores de estas calles, cuando era posible perder el día paseando rabonas, expuestos a alguna paliza, pero sin teléfonos celulares ni beepers, capaces de arruinar cualquier escapada. Gente menuda que trepó árboles, cuando la palabra pelotero no era nada, quebrándose brazos y dientes contra el piso. Maestros en «hacerse la coladera» del trolley; algo de lo cual hasta ediles y políticos menudos, advertían el peligro. Acabaron con el peligro, liquidando al trolley.
Muchos hoy nostálgicos bailarines bebieron agua de aljibe sin control bromatológico por años, comieron pan con manteca (poliinsaturada) hasta el hartazgo… y leche con natas asqueantes o deliciosas según se viera, plenas de gorduras. Bebíamos: Bilz, Crush y Freskita, con aditivos químicos y edulcorantes, ahora prohibidos por su riesgo.
A los ahora sobrevivientes, les estaba vedado estar ante la pantalla en blanco y negro de la TV, más de dos horas: lo demás no era para que vieran los niños. Una TV que oftalmólogos, médicos y sicólogos consideraban ya negativa para la salud física e intelectual.
Billares y «maquinitas», y los salones correspondientes, eran antros que abrían el camino a la perdición. Nintendos, play stations, tv-cable, dvd, chats, Internet, esos beneficios actuales, eran todavía impensables.
Aprendieron (aprendimos) todo (todos), a fuerza de repetir: asimilación o memoria, no importaba.
Lo que importaba era pasar de año, salvar el examen, expuestos a penitencias terribles («vas a terminar pupilo»), amenazas que hoy a cualquier sicólogo alarmaría.
Comimos más carne que cualquier generación en el mundo, tanta que los dietistas del mundo aún nos consideran anomalía supérstite. Bebimos a escondidas en fiestas y cumpleaños. Fumamos sin filtro, antes todavía de cambiarnos a los pantalones largos. Destruimos nuestras neuronas con pecaminoso cine-porno, gracias a propineros acomodadores. Hicimos más barricadas, apedreamos más coraceros, y jugamos al fútbol descalzos, más allá de lo aceptado por cualquier estadística de riesgo adolescente.
Nos trompearon y trompeamos, nos corrieron y escapamos, mentimos y nos pescaron. Las acciones eran absolutamente propias y sus consecuencias debían ser asumidas.
Acorde a los términos modernos en la cuestión, superamos todas las expectativas de vida que estadísticamente nos correspondían.
Aun así, emergieron de estas sucesivas generaciones los más avanzados innovadores, lo más calificado del pensamiento contemporáneo uruguayo; los artistas del posmodernismo hasta, la emigración más calificada.
Libertades, luchas, sacrificios, responsabilidades: deberían haber dado un índice de supervivencia cero. Dieron como resultado estos bailantes desgastados de comienzos de siglo, infinitamente vividos, inconcebiblamente vivos.
Y aunque no dé para vanagloriarse, al menos da para felicitarnos por estar aquí. Por haber descubierto que La Noche de la Nostalgia tiene la gran virtud de romper la probabilidad estadística que teníamos miles de uruguayos y encontrarnos acá, ahora, y hasta algunos, con ganas de bailar, de cantar, de festejarse. *
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