Entre técnicos anda el juego
De las cosas más importantes se sabe poco. Pero siempre aparece alguno que dice saber, que simula saber, que aparenta saber, y de tanto decir, simular y aparentar, uno termina creyendo que el otro sabe, y no señor, no sabe un corno. No hablemos de la vida, de la muerte y del más allá, sino de cosas sensiblemente más sencillas, como ser la economía. Con el mayor de los respetos por quienes se dedican al estudio o la práctica de tal compleja ciencia, arte, o lo que sea, debo decir porque lo tengo aquí trancado, que los economistas, especialmente quienes llegan a ejercer el Ministerio del ramo, me tienen patilludo, hastiado. Sus discursos, sus cálculos, sus predicciones, sus ajustes y desajustes, las inversiones y las inflaciones, y el increíble cúmulo de cifras con que hacen malabares verbales incomprensibles, me tienen hasta aquí.
Alguna vez he dicho, y hoy repito, que sospecho con sobrado fundamento que ninguno de ellos sabe nada, o al menos ni la mitad de lo que dice, aparenta y simula saber. Improvisan, señor, y si la embocan la embocan y no la embocan nunca porque nunca coincide el discurso con la realidad. Los ministros de economía generalmente son tipos sin suerte. Hasta los ministros que se propusieron ser malos, no lograron serlo tanto como lo desearon por incapacidad. Hasta eso le digo. Lo que pasa es que asumen y se ponen como una pátina, un lustre, una toga, un no sé qué para impresionar a la gente común como uno, y enseguida adoptan la pose y el lenguaje, y el que no se hace el simpático se hace el duro o se hace el misterioso. Y ninguno sabe nada del tema. Se meten de atrevidos, de audaces, de aventureros, de simuladores, y en el mejor de los casos se meten soñando con que de repente se les da y la embocan y pueden escalar otro peldaño hacia al trono mayor del poder. Pero en general agarran sin saber, agarran lo que hay, agarran lo que el anterior les deja y ahí siguen el trillo. Bensión se la dio a Atchugarry y este de taquito se la pone a Alfie que llega manejando camioneta común, de caja abierta como para cargar materiales, pero con el título de «Técnico». ¡Araca! Ahí sí que me impresionó. No es un economista cualquiera, es un especialista, es un técnico, señor, no viene a improvisar sino que viene dispuesto a aplicar la técnica, que, como se sabe, es infalible. Yo, a pesar del hartazgo, me pregunto ¿qué eran los anteriores? ¿Eran nada más que políticos metidos a ministros de economía? ¿Y nadie decía nada? ¿Por qué no pusieron antes al señor de la camioneta?
Yo, la verdad sea dicha, y harto ya de tanto discurso, en el único técnico que confío, y al único que considero capaz de darnos una alegría, es Juan Ramón Carrasco. Y punto. *
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