Proscripciones y prescripciones bíblicas

En definitiva, tiene razón mi amigo Yuliani cuando dice que no hay que agarrárselas con el sacerdote sino con el dogma, porque Cotugno, como buen intermediario entre el verbo divino y los pobres mortales, no hace sino aplicar y predicar lo que la Biblia sentencia. Y en cuanto al pecado de la carne, el libro sagrado es pródigo en proscripciones y anatemas varias. No olvidemos que Jehová decretó que la actividad sexual debe limitarse a la procreación y punto, por lo que todo encuentro carnal que no tenga ese fin será automáticamente condenado. Si no, recuérdese el mandamiento que prohíbe fornicar, y véase también lo que pasó con Sodoma y Gomorra…

¿Cómo esperar entonces algún atisbo de indulgencia o tolerancia de parte de las autoridades eclesiásticas respecto de los mimos entre personas del mismo sexo cuando cualquiera sabe que jamás tendrán como resultado la procreación? ¿Cómo pretender que acepten el sexo oral entre heterosexuales si ninguna criatura podrá engendrarse mediante tal práctica? ¿Por qué imaginar que puedan admitir el «coito por vaso indebido» o coitum per anum, teniendo en cuenta la sabia máxima italiana «cazzo in culo non fa figli»? ¿Por qué habría de asombrarnos el escándalo que se armó cuando Onán desperdició su simiente?

Todo entra en la misma bolsa hedionda de las desviaciones, perversiones e insanias que es menester aislar para regenerar a quienes las practican y preservar la salud moral de la sociedad.

Toda esa cultura represora del placer e inflexible ante la diversidad es el lastre que hemos heredado en Occidente y del que sólo empezamos a liberarnos en los últimos decenios del siglo pasado. El destape, que le dicen.

Pero hete aquí que releyendo la Santa Biblia, me encuentro con que no sólo en cuestiones escabrosas como el sexo el libro guía de judíos y cristianos ha sentado principios doctrinarios de dudosa legitimidad. Hay algunas ideas y preceptos que explican y justifican nada menos que los atentados al medio ambiente y los crímenes de lesa ecología.

En el Génesis, por ejemplo,  un demoledor alegato que conviene tener siempre presente para poder refutar a Darwin, la teoría del Big Bang y cualquier avance científico disolvente que ponga en tela de juicio la Creación (Dios creó los cielos, la tierra, los mares, el sol, la luna, los vegetales y los animales)  se dice, entre otras cosas, lo siguiente:

«…Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra semejanza y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

(…) Y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra«.

Además de proscribir el placer, como hemos visto al comienzo, prescribe que el hombre sojuzgue a la tierra y a todos los demás seres de la creación para disponer de ellos a su antojo. Semejante doctrina también arraigó profundamente en la cultura occidental al punto que creyentes y ateos por igual se dieron con entusiasmo a la bíblica tarea de dominar el planeta y sojuzgarlo; exactamente lo opuesto a lo que preconizan los ecologistas de hoy. Se ve que por aquellos tiempos ciertos conceptos como el de «equilibrio ecológico» no gozaban de mucho prestigio que digamos.

Con tamaño respaldo ideológico, no es de extrañar que desde entonces (pero sobre todo desde la revolución industrial), los hombres hayan cometido todo tipo de tropelías despreciando la naturaleza.

No voy a caer en la tontería de atribuir al precepto bíblico la falta de respeto que los seres humanos han exhibido  y siguen exhibiendo  hacia su oikós. Digo esto porque recuerdo como uno de los primeros desajustes o desequilibrios ecológicos emblemáticos la eliminación de los gorriones en China, medida tomada por las autoridades en razón de los daños que causaban en los cultivos, y que pronto se reveló como un remedio peor que la enfermedad ya que con la desaparición de los pajaritos hicieron eclosión millones de insectos que les servían de alimento y que resultaron mucho más dañinos para los plantíos. Parece obvio señalar que mal podríamos endilgar a la Biblia la decisión tomada por los chinos, y como mis conocimientos sobre la cultura china son más bien escasos, tampoco estoy en condiciones de suponer que Confucio estaba de acuerdo con Jehová.

Hecha esta aclaración, no hay duda de que el sojuzgamiento de la Tierra a manos del hombre, recomendado por la Biblia, operó como una irresponsable luz verde a un cierto impulso depredador que ha venido degradando el ambiente en nombre del progreso pero en razón de la codicia de algunos.

Por suerte en el seno de la propia Iglesia Católica hay corrientes renovadoras y progresistas dispuestas a revisar y denunciar algunas de estas recomendaciones y prohibiciones que un espíritu auténticamente cristiano rechazaría de plano. *

(*) Periodista

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