Una mancha más al tigre
Yo, francamente, no le tengo miedo a los cambios. Este parece el pensamiento de una camioneta 4 X 4, pero en realidad responde a una profunda convicción y a una inalterable conducta. Se me dirá que alguien que luce una conducta que se precia de ser inalterable mal, puede pregonar su aprobación a los cambios, y quien ello diga tiene razón, pero hete aquí que también soy propenso a las contradicciones.
Cuando me enteré de que habíamos cambiado (no yo, ni siquiera nosotros sino ellos) de ministro de Economía, me dije para mi fuero interno: «Está bien, allá ellos y que con su pan se lo coman, que yo no puedo estar en todo y menos seguirles la pista y adivinarle las intenciones ni andarles investigando las causas y las conversaciones con los visitantes norteamericanos». Pero al instante se me vino otra vieja frase a la mente, la cual dice:
«Mala tos le siento al gato». También pude pensar: «Aquí hay gato encerrado», e incluso, y lanzado ya en forma desaforada e incontrolable por la línea felina llegué a pensar que andamos «Como gato entre la leña» y que «De noche todos los gatos son pardos». No quise agregar aquello de que «Parece mentira, che, siendo cuatro gatos como somos», ni la otra de que al menor descuido nos encajan «Gato por liebre».
No soy de los que le andan buscando la quinta pata al gato. Y así, como nada le hace una mancha más al tigre, nada o poco debe hacerle un nuevo ministro a este gobierno. Es más: todavía no tengo bien registrado cómo se llama ni cuál es su prontuario.
Es que uno no puede estar en todo al mismo tiempo, y resulta que no entré todavía al tema del ministro, cuando estoy escuchando en un programa de televisión al señor vicepresidente de la República diciendo que nuestro país está casi primero en la distribución equitativa de sus bienes entre la población. Me voy a comprar en la feria una de aquellas viejas vitrola a cuerda y discos de 78. No quiero ver más televisión, no quiero escuchar más radio, no quiero que de pronto esté desprevenido y aparezca un energúmeno diciendo barbaridades que se dan de narices contra una realidad que quien no la ve es un idiota. Alardeando de que somos el país más demócrata del continente y que apenas si nos gana Chile porque tiene más mujeres en el Parlamento.
No se puede ocupar el tiempo, y ocupar el cargo, para decirle estupideces a una población que no sabe cómo habrá de comer mañana ni darle salud a sus hijos. Tiene que haber un límite para la guarangada oficial. ¡Si habrá que cambiar! *
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