¡Sorpréndanos señor ministro!

Asumiendo como cierta la versión oficial, no se entiende por qué se tuvo entonces que proceder al relevo en la titularidad de la cartera de Economía de la manera en que se hizo: por sorpresa, sin un anuncio previo, con llamados a conferencia de prensa a las apuradas y sin una preparación adecuada. ¿Acaso no era lo mismo postergar un día la comunicación del cambio y hacerlo de manera adecuada, sin urgencias y sin esa forma tan a los ponchazos que deja dudas por donde se la mire? Es que nunca tan bien como en este caso se puede decir, parafraseando a Shakespeare, que «algo huele a podrido en… el gobierno».

Porque un cambio en un cargo de las características que tiene la titularidad de la cartera de Economía no puede explicarse con frases tales como «cumplimiento de un ciclo».

Se explican sí de otra manera, por otras razones que seguramente deben haber pesado en Atchugarry para dejar el cargo. La primera, el pedido de la familia, al que se suman diferencias con el presidente del Banco Central, Julio de Brun y con el propio presidente Batlle.

Además, el ex ministro, tampoco estaba de acuerdo con algunos de los últimos planteos del Fondo Monetario Internacional, realizados en julio que serán negociados con una misión que arribará a nuestro país en setiembre. Atchugarry no está dispuesto a aplicar las medidas que el FMI reclamará en setiembre y su reemplazante no tiene inconvenientes.

Hubo, además, factores coyunturales: el conflicto en el sector de la salud donde son notorias las diferencias entre Atchugarry y el ministro Conrado Bonilla y el desgaste por la negociación de la Rendición de Cuentas y los reclamos del Partido Nacional.

Pero más allá de los errores a los que en varios planos nos tiene acostumbrados este gobierno, lo cierto es que asumió como el tercer ministro de Economía Isaac Alfie, un economista que desde el año 1991 se viene desempeñando, primero como asesor y luego como director de la Asesoría de Programación Macroeconómica y Financiera del Ministerio de Economía y Finanzas.

Alfie, a pesar de su juventud –41 años–, no es entonces un recién llegado a la administración pública y conoce por dentro lo que son los pormenores de una gestión ministerial.

Además de ser un economista de nota ha sido consultor de empresas y es docente en la Facultad de Ciencias Económicas, tuvo un pasaje por el periodismo en la sección Economía de la desaparecida revista Guía Financiera.

Allí, en sus periódicas columnas se puede rastrear el pensamiento de este «técnico» que abomina todo lo que sea Estado. Que hablaba de la necesidad de hacer una «cirugía mayor» en el Estado y dejar de lado las políticas sectoriales. Es por todo lo alto un «duro», un ortodoxo neoliberal de la más pura cepa, que no tiene feeling ni con la prensa ni con el sistema político, y quienes lo conocen de cerca confesaron a este periodista que es «arrogante y autosuficiente», incluso con sus colegas.

Pero como si fuera poco, Alfie es, además, mirado de reojo por los políticos y viceversa. Para Alfie los políticos son responsables de, por ejemplo, los sucesivos carnavales electorales y para éstos es un tecnócrata más, un hombre sin alma.

En la tarde del martes, cuando asumió como ministro quedaron claras estas suspicacias: en el acto de asunción la presencia de políticos de primera línea fue escasa, mínima, y eso no se explica ni por lo sorpresivo del cambio ni por la falta de militancia política del nuevo ministro. Sólo se explica por la desconfianza mutua.

La ronda con líderes políticos que ayer inició el nuevo ministro de Economía tiene como objetivo, entre otras cosas, bajar ese nivel de falta de confianza mutua. Pero si Alfie genera desconfianza entre los políticos no es menor la que cunde entre otros actores del entramado social del país, a pesar de que el novel ministro se ha caracterizado por cultivar un bajo perfil. Su nombre surgió con fuerza a la luz pública cuando se lo denunció por haber usado información privilegiada para cambiar sus ahorros en moneda nacional a dólares al inicio de la crisis bancaria cuando se le exigía. La especie nunca fue desmentida públicamente por Alfie y en momentos en que la confianza es más que una palabra, se hace necesario que lo aclare. Se dice también, y es voz corrida en los mentideros políticos y empresariales, que Alfie es dueño de un par de free shops en Rivera y que también tiene una financiera en Tacuarembó.

Por esto, ¡sórprendanos señor ministro!, haga conocer públicamente una declaración de sus bienes patrimoniales y el origen de los mismos. Sólo así se hace transparente la actividad pública y no se transforma en una mera caza de brujas. *

 

(*) Secretario de Redacción de LA REPUBLICA

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