Palabras al viento

Cansado, tal vez sería mejor decir desgastado, Alejandro Atchugarry se fue. Así nomás, casi de improviso, dejó su lugar al por ahora impenetrable Isaac Alfie y le regaló al país un enorme signo de interrogación. A las puertas de una decisión parlamentaria sobre la Rendición de Cuentas, con un duro conflicto en la salud pública entre manos y los socios blancos pretendiendo canjear votos por la rebaja del impuesto a los sueldos, el gran zurcidor, que en su momento cayó cual regalo divino a sustituir a Bensión, decidió dar un paso al costado y volver a su banca legislativa. Su explicación, dicha en ese tono templado, amigable, sonriente, cuasi beatífico que le caracteriza, y el cual de todos modos hay que seguirle agradeciendo, fue muy sencilla: acabó el tiempo de un ministro político y viene el tiempo de un ministro técnico. A él se le perdona, ciertamente; ¿qué otra cosa iba a decir si quien tenía que hablar era el hombre de la lágrima fácil?

Y a continuación, claro, hizo irrupción Batlle. Emotivo, incontenible, con la mirada algo acuosa, parándose una vez más al borde de la realidad, amontonó palabras y frases en un patético intento de explicar mejor las cosas.

Según el presidente, se ha hecho todo no sólo para que este gobierno culmine su mandato sin sobresaltos, diríamos que parado en los pedales, sino para que el próximo reciba un país calmo, estable, en plena y saludable reactivación económica. Esa fue la escena que describió. Luego vinieron los detalles, por supuesto previsibles: los créditos que han rescatado al sistema financiero y nos ponen a salvo de angustias, las cuentas fiscales que cierran a gusto de los prestamistas, las exportaciones que aumentan, las importaciones que crecen, las inversiones que llegan, el desempleo que baja y una suerte de felicidad social que se expande, cierta, tangible, como una bendición. Desde ahora y para siempre, diría Joyce.

Amén.

¿A quiénes les habla Batlle cuando habla? A mí, con absoluta seguridad, no. ¿Y a usted, lector? Sospecho que tampoco. Ambos, como tantos aquí, tenemos una percepción bastante distinta aunque verosímil de lo que sucede. Nos ha bastado salir a la calle, caminar y observar, intentar seguir trabajando, consumir, pagar las cuentas, atender nuestra salud, en fin, vivir. Y por las sandalias rajadas del predicador barbado… ¡cómo cuesta!

Entonces, ¿a quiénes les habla este hombre? O, mejor dicho, ¿de qué les habla, si no es mucho preguntar?

¿Cómo es posible perder el precioso tiempo de una primera magistratura nacional en tamaño intento de modificar la verdad? ¿Cómo se le puede decir a alguien, así, tan suelto de cuerpo, con semejante naturalidad, que el país está bien, que estamos inmersos en una especie de eyección al éxito? Y después: ¿qué significa, más allá de similitud con una frase hueca, esa jintanjáfora enorme de que «acabó el tiempo del político y ha llegado el tiempo del técnico»?

Si nos acostamos con Atchugarry trabajando a pleno, contra viento y marea, negociando aquí y allá trabajosamente, urdiendo los pequeños y a veces brevísimos acuerdos que impidan que Uruguay se vaya al carajo, y nos despertamos con Isaac Alfie diciéndole a los micrófonos, incómodo y con mirada de incomprensión, que habrá que acostumbrarse a su falta de hábito para la conversación y a su tendencia de hacer los deberes como le enseñó la escuela de Chicago, es que algo importante, conmovedor, dramático ha ocurrido.

¡Y vaya que sería bueno que quien empezara a hablar en serio de lo que pasa a su alrededor fuese el presidente de la República!

Un cambio de estas características  donde sale Ligüera, digamos, y entra Abeijón-, en medio de un partido picado, en el que venimos mal, de atrás y cansados, no puede quedar reducido a las paparruchas que nos ha propinado el presidente, que no hacen otra cosa que inducir a la especulación. ¿Es un problema de salud? ¿Surgieron diferencias insolubles en el seno del gobierno? ¿El lío con los trabajadores de Salud Pública y la errática conducta del ministro Bonilla desbordaron el vaso del aguante del hombre flaco y componedor? ¿O acaso el Foro Batllista está detrás de la escena, operando, como tantas veces lo ha hecho, desde las sombras?

Una sociedad será más civilizada y adulta cuanto más verdad y franqueza la atraviesen cotidianamente. Descreo que el presidente lo aprenda ya, siendo que su tiempo histórico, tanto como el cronológico, está virtualmente acabando.

Pero, bueno, si uno quiere conformarse, puede hacerlo. Personas mucho más considerables que Batlle han incurrido en parecidos desatinos. Está escrito por Bertrand Russell: lo hizo Santo Tomás, para desacreditar las pruebas de San Anselmo, y lo hizo Kant, para contradecir las de Descartes. Ambos falsificaron la lógica, hicieron mística a la matemática y pretendieron que unos arraigados prejuicios eran intuiciones celestiales a salvo de toda duda y de todo análisis.

¿Nos va a sorprender ahora que un presidente que ha hecho culto de la incontinencia verbal, de un supuesto ingenio creativo y del desafío adolescente a la lógica y al sentido común nos propine un poco más de lo habitual? *

 

(*) Periodista

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