Corre la cerveza contra el cordón de la vereda
Ahora bien: pongamos por caso que yo estoy tranquilamente en el bar y confitería «La Sandalia», cuyo dueño es un amigo y por ello allí paro o caigo con la reiteración necesaria como para llegar a ser un habitué, un parroquiano. Estoy entonces en una mesa por tomar un café, con el diario desplegado leyendo una nota sobre el muy caribeño huracán Chávez que donde llega no destruye pero sopla lindo y levanta polvareda, y de pronto pasa alguien en forma atropellada, y con un bolso que lleva colgando del brazo le pega un fuerte golpe a una de las cuatro esquinas de mi mesa. La mesa se sacude, se conmociona, se tambalea, pierde el equilibrio natural que mantenía, oscila, duda, sus patitas no están acostumbradas a ese trato, a esa inseguridad, a ese desacuerdo entre ellas, siempre tan bien asentadas, y al elevarse de aquel lado busca restablecer el nivel y golpea de este lado, y en ese brinco, salta el pocillo y se vuelca el café. ¿Dónde? Sobre la mesa. ¿Hacia donde? Hacia mí, hacia mi falda, hacia mi bragueta, el café caliente, sí señor, y me pongo de pie de un salto, y me sacudo las ropas antes de que pase el calor y me queme las partes sagradas. ¿Hay cosa más fea? No hay cosa más fea. Al menos en ese momento, no la hay. Para peor el tipo del bolso apenas si mosqueó y al vuelo pronunció la mitad de la palabra «disculpe», algo así como «culpe..», con lo cual me deja en la duda, pues llego a creer que me está culpando a mí, porque a esas cosas se está llegando, señor mío, a que las víctimas seamos culpables de los golpes recibidos. Pero salgamos del bar y confitería «La Sandalia». Ahora estoy sentado en la puerta de mi casa, más exactamente en la vereda, en el cordón de la vereda. Es una tarde espléndida, de sol, hace un poquito de calor, es cierto, pero es un falso calor fuera de época, un calor que no fastidia, que no agobia. Nuestro clima tiene eso, que tanto te mata como te regala un cacho de placer. Y entonces me dan ganas de tomar una cervecita, fíjese los antojos del hombre, vaya uno a saber qué glándula le entró a funcionar y le mandó el mensaje que dice: «Cervecita fresca». Es un mensaje modesto y atendible. Entro a casa y retiro de la heladera una botella y con ella destapada vuelvo, lo más pancho, a mi humilde pero histórico cordón de la vereda. Junto a él me crié, haciendo navegar barquitos de papel en las aguas corredoras de la lluvia. Tomo la botella por el tronco de su gollete, llevo el pico a mis labios para disfrutar el primer trago, con los ojos cerrados buscando el máximo éxtasis empino la botella como para tocar el clarín en un épico llamado «Â¡A la carga!», y en ese momento, algo hace presión en el culo de la botella y no la deja empinarse, y al mismo tiempo siento que me la arrebatan. Abro los ojos, miro, y no lo puedo creer. Un policía tiene mi botella en sus manos. Me apunta con ella, con su pico como un caño de revólver. En lugar de una bala le asoma una espumita. Con corrección, pero con ese aire de lejano placer que debe experimentar todo el que descubre a otro cometiendo una falta y puede sancionarlo en cumplimiento de la ley, me dice: «Está prohibido beber en la vía pública». Me embarullo, le estoy por reconocer mi falta, pero de pronto descubro que yo no estaba bebiendo, sino apenas a punto de beber, que todavía estaba a tiempo de arrepentirme, que el hecho no se había consumado, que me podía tomar el aliento, que podía mirar la botella al trasluz y comprobar que estaba intacta, que no había cometido el delito que se me imputaba. Como un relámpago se me cruzó el argumento de que bien podía estar bebiendo en un bar de los que ponen mesas en la vereda, y quisiera saber si en ese caso también seré castigado yo y mi señora y mi suegro que le da a la grapa con hielo, y en ese caso ¿cuál, será el castigo, el frío calabozo, el trabajo voluntario, el destierro ignominioso, un cartel en la espalda que diga «Yo bebo en la calle»? Todo esto me viene en fracciones de segundos, porque mi mente tiene eso: la velocidad. Entonces el agente medio me sonríe, y me dice la frase terrible: «Se la tengo que volcar». No abro la boca, no protesto, al final la saqué barata. El policía inclina lentamente la botella, y va saliendo un chorro grueso y amarillo que cae prácticamente entre mis pies. Me devuelve el envase y se va. Veo correr la cerveza contra el cordón de la vereda, y entro de apuro en mi casa, no sea cosa que aparezca otro policía y me lleve por orinar en la vía pública. *
* Humorista uruguayo
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