Funambulesco e impudente
Eran los comienzos de la década de 1970.
He aquí lo que dijo: Todo tiene solución, hasta el Uruguay. Mirá: desde el puente sobre el Santa Lucía, uniéndolo con Bella Unión, hay que poner una gigantesca plancha de hormigón. Así desaparecen los latifundios, los granjeros que patalean, los tamberos que lloran, la aftosa y hasta los presidentes de turno de la Asociación Rural. Encima colocamos hielo sintético y hacemos la pista de patinaje del Cono Sur para los ricos del Norte. ¿En la franja costera? Sencillo, che. Recreamos la Cuba de Batista: droga, prostitución, timba abierta y contrabando. Al que no se adapte lo tiramos al agua.
Treinta años después, vaya voltereta del destino, este gobierno podría hacer realidad, a su modo anadeante, aquel exagerado pincelazo de imaginación que borraba un país y creaba otro, caricaturesco, con sus restos.
¿Exagero? ¿Ah, sí? Le propongo, lector, que hagamos una simple comparación de comportamientos.
Primero, el comportamiento de uno, ciudadano común; o sea, suyo o mío.
Si caminamos por la calle quiero decir si andamos por ahí, simplemente prestando atención a lo que se ve advertimos que falta trabajo, que el dinero no alcanza y que la desesperanza cunde. Hay desnutrición infantil, la pobreza se ha extendido tanto como la emigración obligada, el Plan Invierno no da abasto, todos los días se monta una carpa distinta frente al Palacio Legislativo, meten en cana al único tipo que enfrentó a la mafia del contrabando, militares dictadores del pasado reciente reclaman que les suban la jubilación, hay una penca para ver cuántos impuestos le van a encajar al gas natural, miles viven en unas condiciones indignas; otros miles, ya hastiados, se han largado a una huelga desesperada por unos pocos pesos más y, para cantar lotería, los expertos dicen que la deuda externa no ha dejado de ser un serio problema.
Después, el comportamiento del gobierno y sus amigotes.
Un día, el ministro de Economía sale a decir que hay indicios de una reactivación. De inmediato, sus socios políticos, los blancos, reclaman la eliminación del adicional aplicado en el último ajuste al Impuesto a las Retribuciones Personales. Entonces, el ministro de Economía dice que no, que no es tan así, que todo pende de un hilo, que las cuentas cierran apenas y que no se puede tocar nada. Al mismo tiempo, como si hubiese estado distraído escuchando música por Clarín, el presidente del Banco Central aparece en escena, tan campante, para decir que se ha confirmado la incipiente reactivación y que, ¡nada menos!, los precios seguirán bajando. Desde otra galaxia, asemejando alguien que bajó de un platillo volador echado a puntapiés del Triángulo de las Bermudas, el ministro de Ganadería grita a los cuatro vientos que, luego de la aftosa, este reverdecer de nuestras exportaciones cárnicas es algo parecido a Maracaná, descontrolada emoción que contribuye a hacer más incontenible el presidente de la Asociación Rural explicándonos que la carne vale lo que vale porque ahora los carniceros y los consumidores vernáculos están, ¡válganos el señor!, compitiendo con sus colegas de Estados Unidos y Europa. Y, claro, como todo parece de pronto tan optimista, aquel ministro de Economía que había cerrado a cal y canto la Rendición de Cuentas y les había dicho nones a los blancos reaparece total, la memoria colectiva es tan frágil diciendo que sí, que tal vez puede hacer algún negocito con el IRP de las franjas más bajas y que, en una de ésas, hasta podría tolerar que se les aumentase cuatrocientos o quinientos pesos a los huelguistas de Salud Pública que están gritando por dos mil.
No es serio.
Milan Kundera, en «Los testamentos traicionados», dice, al reflexionar acerca de cómo es posible advertir que todo va precipitándose al vacío, que el pudor, una de las nociones clave de los Tiempos Modernos, hoy se aleja imperceptiblemente de nosotros. Aquel sueño surrealista de Breton, la casa de cristal, casa sin cortinas en la que el hombre vive a la vista de todos, ha desaparecido. Al menos, aquí y ahora.
Pues bien, eso estamos padeciendo: un gobierno que, además de funambulesco, es imprudente. Un gobierno que no respeta la inteligencia ajena, que carece de pudor, que maquilla cada día sus contradicciones con arena y cemento y sigue desfilando y que parece dispuesto a insistir, con más pasión aún, en el desaguisado, como si todo no fuese más que una broma de míster Bean.
La crispación social es cada vez mayor. No se puede pretender otra cosa. Estas no son maneras de convencer a la gente de que algo va por buen camino.
Wimpi decía que hay quienes hablando de la cordillera del Himalaya la reducen al tamaño de un biombo, y hay quienes hablando de una gota de agua nos hacen pensar en todos los rumbos del mar. Desde un punto de vista, es una cuestión de lenguaje.
Este gobierno asemeja aquel incontinente verbal que fue a visitar a un moribundo. Y habló tanto, y tan al cohete, que el enfermo, en un momento, le dijo: Vas a perdonar que te interrumpa, pero da la casualidad de que me tengo que morir.
Yo me siento como ese moribundo. ¿Y usted? *
(*) Periodista
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