Brasil: con un pie en la matemática y otro en la utopía
La elite brasilera no es ciudadana. Es tan grande la desigualdad entre los ricos y los pobres, tanto en la renta como en la educación, la habitación, el transporte, los entretenimientos, la comida y las costumbres, que ellos no se sientan a la misma mesa, no conversan de los mismos temas, no tienen la percepción de pertenecer a un mismo pueblo.
Los parlamentarios no se llaman ciudadano diputado o ciudadano senador porque Brasil no ha completado aún su República ni la abolición de la esclavitud. Después de la proclamación de su independencia en 1822 este país continuó siendo durante 70 años una monarquía esclavista; aunque en solo 18 meses proclamó la República y abolió la esclavitud, muy poco cambió. Aún hoy los parlamentarios se consideran nobles, el desempleo ha sustituido el trabajo forzado, los esclavos han sido transformados en pobres hambrientos y la educación es sólo para unos pocos.
El régimen adoptó la forma republicana pero el Brasil continúa dividido entre una elite rica y una masa plebeya. La República poco a poco abolió la esclavitud, extendió el derecho de voto y permitió la libertad de expresión y de organización partidaria, pero concentró la tierra en pocas manos y la educación en pocas cabezas.
El legado de Lula consiste en completar la República y la abolición.
Para ello, es preciso repetir 1888 -año de la abolición- y 1889 -año de la proclamación de la República. No podemos postergar lo que todos esperan: una República completa, sin exclusión, en la que todos sean igualmente ciudadanos. No nos han elegido solo para administrar bien sino para, administrando bien, realizar la revolución republicana que Brasil espera desde hace más de un siglo.
La revolución no fue completada porque los republicanos se desligaron del pueblo. Como nuevos nobles perdieron la capacidad de indignarse ante la pobreza que los rodeaba, gustaron los privilegios de los aristócratas, se acostumbraron a los vicios del poder y a las exigencias de la burocracia. Estos son desviaciones en las que nosotros, los que integramos el gobierno de Lula, no vamos a incurrir. No nos vamos a acostumbrar a la República incompleta, no olvidaremos que nuestra tarea es completarla.
La forma principal de evitar el acomodamiento es caminar sobre las dificultades del presente sin olvidar el legado que nuestro gobierno debe dejar a las futuras generaciones. Administrar esas dificultades sin perder el compromiso con los sueños del futuro. Tener un pie en la aritmética y otro en la utopía.
Lula no fue elegido para cambiar la estructura central de la economía ni para asegurar la igualdad de los réditos o de los consumos, sino para lograr que todos sean iguales en la ciudadanía, completando la república y la abolición.
Para completar la abolición es necesario realizar la reforma agraria intensa, total y radical que Brasil espera, con las características tecnológicas del siglo 21 y sin desorganizar la producción. También es necesario crear ocupación para poner fin a la esclavitud e interrumpir la secular tragedia brasilera de transformar a esclavos encadenados y alimentados en desocupados libres y hambrientos.
Para completar la República hace falta garantizar una educación igualitaria que sólo es posible por medio de una escuela pública, gratuita y de calidad para todos. No es republicana una sociedad que invierte 80 veces más en la educación privada de los hijos de las clases medias que en la educación pública de los hijos de los pobres. Los primeros gastan 347 dólares por mes y reciben hasta veinte años de inversiones educativas, los segundos reciben 277 dólares por año y permanecen en la escuela un promedio de cuatro años.
Para completar la República y la abolición, Lula adoptará una serie de políticas que producirán una mudanza de la realidad en sus cuatro años de gobierno, creando una dinámica que hará proseguir la revolución republicana en los años siguientes. Hasta que, antes del término de este gobierno el país esté alfabetizado y todos los niños estén frecuentando escuelas con calidad creciente; y antes del segundo centenario de la independencia (en 2022) todos los brasileros tendrán una educación equivalente a no menos del último año de la enseñanza secundaria.
Todo esto es posible y ya ha sido logrado por países más pobres y con más dificultades que el nuestro. Es posible si existen la determinación del gobierno y el apoyo de la sociedad, particularmente de los parlamentarios cuando se discutan los próximos presupuestos federales.
Este es el mayor obstáculo: convencer a los nobles sobrevivientes de 1889 de que ha llegado la hora de invertir decentemente los recursos nacionales para llevar a cabo la revolución republicana que sólo la educación pública, gratuita y de calidad para todos es capaz de realizar. (FIN/COPYRIGHT IPS) *
(*) Cristovam Buarque, ministro da educación de Brasil, ex rector de la Universidad de Brasilia y ex gobernador del Distrito Federal.
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