Tiene la palabra
Los uruguayos somos como el sándalo, que perfuma el hacha que lo hiere
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* A las personas se las puede engañar dos, tres y varias veces, pero no es tonta (opa) y termina por aprender las lecciones. Nada de asombroso hay en todo esto, si pensamos que frente a una de las crisis más agudas que vive el actual pueblo uruguayo, otra nos dará la razón de admitir que nos gusta el goce, el placer… ¿Por qué digo esto? Por la sencilla razón de que tenemos que aceptar desde lo más profundo del corazón que somos un pueblo ignorante, negligente, negativo y carente.
Basta ir a cualquier lugar, basta conversar con alguien, que todos, no uno ni dos ni tres, todos por igual. De que ya no se puede vivir, el dinero no da para nada, la luz no se puede pagar, el teléfono tampoco y qué decir del agua (el elemento primordial de vida) entonces, cabe preguntarse si nuestro pueblo ya no vive en el limbo.
Pregunto: ¿será que no queremos enfrentarnos a la realidad? ¿será que no queremos mirarnos al espejo? ¿será que somos tan desgraciados, o que nos gusta sentir la picota, el mazo y la porra?
¿Mueren niños por desnutrición? ¿Aumenta la delincuencia? ¿Nuestros jóvenes no saben qué hacer? ¿La gente se quita voluntariamente la vida? La gente ya no sabe dónde ir a solicitar un trabajo? ¿La gente no tiene dinero para pagar el alquiler, las cuotas, las patentes, las contribuciones, y lo peor de todo, no tiene para comer, para darle una taza de leche a sus hijos. Ya no se puede vestir, comprar un par de zapatos, comprar un libro… ya no se puede hacer nada, vivimos por vivir, sin fe, sin esperanzas; somos un pueblo enfermo, un pueblo zombi.
Y lo peor del caso es que ninguno de los partidos tradicionales tiene respuestas serias a la actual situación de crisis que vive el país; sencillamente porque no les interesa hacer nada por este pueblo zombi; y porque el modelo por el que optaron -para jodernos- no dispone de las herramientas necesarias para una salida rápida. Aparte, son personajes intocables e incapacitados. Personas faltas de talento, de entendimiento para con el pueblo indefenso. De insuficiencia legal para ejercer ciertos cargos y derechos y de contraer determinadas obligaciones para con el ciudadano común.
El gobierno nuestro vive en la incertidumbre, sin saber qué hacer, con un alto informalismo en todo y mientras tanto la gente está atada a un estado de cosas que no tiene soluciones desde el punto de vista político uruguayo que está polarizado por donde se mire. Mucho se habla de cambios por todos los medios, y nada se hace por romper esa modalidad que se han fijado nuestros gobernantes, que no sirve para nada.
¿Será entonces, que nos gusta sentir el goce de la «picota», el «maso» y la «porra»? Por el hecho de que nadie rompe el silencio; todos hablan, pero nadie hace nada. Señores, no paguemos nada durante un mes, no paguemos luz, no paguemos agua, no paguemos teléfono, no paguemos ningún impuesto. Para que de una vez y por todas, comprendan que el pueblo no es tonto; entonces tendrán que bajar los impuestos, sacar y eliminar las multas y los recargos de UTE, de Antel y OSE. Y comprenderán que las personas tienen derechos y deberes tal cual lo dice la Constitución de la República. Pero, no mantengamos a un sistema usurero.
Señores ciudadanos: nos están robando y dejando morir de hambre. Somos como el sándalo que perfuma el hacha que lo hiere.
LIC. PEDRO WAVELL RODRIGUEZ – PARAPSICOLOGO – C.I.: 1.139.909-2
¿Cuánto de rata habrá en el hombre?
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Días pasados estudiando los trabajos de un naturalista sobre el comportamiento de las ratas, obtuve unas consideraciones bastante interesantes luego de compararlo con situaciones de actualidad mundial.
Los estudios de este hombre indicaban que cuando un miembro de otro grupo penetra en su territorio es una de las cosas más impresionantes, espantosas y repulsivas que se pueden observar de naturaleza animal. La rata visitante puede circular libremente de un lado a otro por un tiempo, sin sospechar el terrible fin que le aguarda. Las otras ratas continúan en su territorio con las actividades de costumbre, hasta que una detecte por medio del olfato la presencia de la rata extranjera. Esta se contrae entonces como sacudida por una descarga eléctrica e inmediatamente toda la colonia es alertada mediante un proceso de transmisión de sensaciones a las cuales la intrusa reacciona con movimientos expresivos y, en las otras, con un agudo chillido diabólicamente alto, secundado por todos los miembros del grupo que lo oyen. Con los ojos fuera de sus órbitas y el lomo erizado por la exaltación, las ratas se abalanzan sobre la intrusa. Aparentemente los miembros de un grupo no se conocen individualmente entre sí, sino que se reconocen por el olor. El final de la rata extraña es verdaderamente horrible, es despedazada por las otras ratas. Pocas son las oportunidades en las que se tiene la sensación de observar tan claramente en un animal tal desesperación y terror, mas la certeza de una muerte horrible y sin clemencia, como una rata que está por ser destrozada por otras, no atina ni siquiera a esbozar una defensa.
Me pregunto, ¿tiene el odio a los extranjeros su origen en los animales? Si entendemos que el hombre es una rata. Pero el hombre escoge el bien y el mal partiendo de ideas, de ideologías. Por ellas se sacrifica y con ellas ejerce su dominación. El odio y la persecución a los extranjeros no despiertan en él esa agresión específica entre las ratas. Luego de las conquistas realizadas por el hombre a lo largo de su existencia sobre la faz del planeta, no se puede hablar de un instinto desviado que ahora se vuelve con tanta mayor virulencia contra la propia especie, contra los otros seres humanos. El paso de la conservación de la especie a la autodestrucción, es el cálculo político y la demencia, que hunde sus raíces en el mal hasta tocar lo que de rata hay en nosotros, los que fermentan y corrompen el fondo de nuestra alma. Pero es la ideología, haciéndose pasar por idea, la escoge el instinto pervertido como caldo de cultivo, como tierra favorable a su desarrollo. Ella es la que hace que el reflejo se anteponga a cualquier reflexión, que el prejuicio se anticipe no sólo a nuestro juicio sino incluso a nuestra percepción, percepción que en el lugar de por el ojo, se deja guiar por el mero olfato para que ratifique el linchamiento antes decidido.
El racismo, la rata en el hombre, siempre extrae sus certezas del olor de la estirpe del extraño, del enemigo. El gitano apesta a ajo, el moro a grasa de oveja, el marica a perfume de mujer, el judío a sucio, el negro a negro. Esta ideología se aferra al cuerpo de los que quiere convertir en fanáticos. Sus tesis no alcanzan nuestra cabeza, sino nuestro estómago e implantan allí un asco inmediato, inconsciente.
Días pasados cuando se publicó en su periódico las supuestas «respuestas» al artículo escribo por el señor Leopoldo Amondarain, blanco de pura cepa, encontré esta ideología aferrada en dichos sujetos. Es lamentable ver que el pueblo judío siga esbozando argumentos de defensa tan ridículos para justificar sus acciones criminales ante el otro pueblo que considera extranjero o invasor. Este pueblo que una época fue víctima de espantosos actos criminales y hoy es el ejecutor de similares o peores. Es el mismo que después de la Segunda Guerra ha reclamado justicia en todos los rincones de planeta, pero hoy hace oídos sordos ante el reclamo del pueblo palestino y buena letra con el imperialismo de turno.
ROBERT PEREDA GAMARRA – C.I. 2.703.487-6
Carta de una «sirvienta», como dijo Arias
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Me dirijo a usted para manifestarle mi asombro y dolor ante la crítica del día 25 de julio de 2003 en la cartelera de teatro del diario que compro, siempre que mis modestas posibilidades económicas permiten, por considerarlo el más representativo de la realidad nacional y defensor de causas nobles. LA REPUBLICA siempre se caracterizó por representarnos (y así me refiero a los menos poderosos) con valentía y sin pelos en la lengua.
Es por eso que me atrevo, conocedora de mis limitaciones literatas, a escribirle en reclamo de lo que considero un ataque gratuito, disculpándome por robarle tiempo.
Si bien supongo que esta carta por escaso interés nacional puede ser desechada en una papelera, apelo a su sensibilidad para tenerla en cuenta. No persigo que se publique, solamente me gustaría creer que humildemente puedo enfrentarme a un poderoso con las armas de la honestidad.
El señor Jorge Arias, conocido como el crítico más ácido (y no por eso certero) del teatro nacional, comienza su nota con un título por demás agresivo y poco claro, ya que cuando dice «teatro de cuarta» a continuación de Teatro El Tinglado queda la duda de si va a hacer referencia al espectáculo en particular o si está hablando de una de las instituciones pioneras del teatro nacional independiente que aún permanece a puertas abiertas, brindando oportunidad a nuestros autores. Continúa su crítica con un comentario que hace dudar de si realmente como el resto del público en el que me incluyo- vio esta obra u otra. Me estoy refiriendo a que claramente queda expresado en la obra que los personajes son empleados de un supermercado y no domésticas como él plantea. Puedo entender que el señor Arias no disfrute o no entienda todos los espectáculos a los que asiste y que su derecho de crítico lo asista (aunque por ignorancia desconozco a la Universidad de Críticos que los amerita a tal función como calificados) no coincidir con los autores, pero lo que no puedo entender es su afán destructivo por lo nacional (y con esto no voy a embanderarme con aquello de que todo lo nuestro es bueno) ya que no sólo no le gustó el texto sino que no rescató ni actuaciones, ni escenografía, ni luces, ni trabajo direccional, olvidando quizá el esfuerzo que se vuelca en una puesta en escena.
No es la primera oportunidad en la que no coincido con el señor Arias, pero esta vez tampoco coinciden con él los representantes de Iname (que sí están calificados) ya que esta obra para él grosera y maliciosa fue autorizada para el público a partir de los 12 años.
Que como «profesional» no sea capaz de entrever en la obra una segunda lectura tampoco lo autoriza a descalificar al público llamándolo miserable, puesto que quien así ríe, lo es. En realidad todo lo que antecede no hubiera ameritado que yo le escribiera, lo que realmente me irritó es que cuando el señor crítico ¿de cuarta? hace referencia al diálogo teatral y lo hace de la siguiente manera: «No es superior al que podría escribir una sirvienta» y yo me pregunto ¿desconoce hasta tal punto la realidad nacional ese señor? puesto que por necesidades económicas hay mucha gente calificada en muchas áreas que está trabajando de «sirvienta», término desde el vamos ya descalificativo y arcaico.
Una empleada doméstica muchas veces lo es en forma ocasional (lujos que entre otros se dan en nuestro paisito, tales como abogados, escribanos o doctores decentes desempeñando tareas de taximetristas o mozos de bar) y no por esto está menos dotada de la sensibilidad para escribir. Igualmente puede escribir o así lo creo, la empleada doméstica que siempre ha desempeñado ese tipo de tarea, porque cultura no es necesariamente sinónimo de facultad, liceo u escuela y quiero pensar que eso sí es de conocimiento del autor de la crítica. Si duda que consulte a Galeano ¿lo conocerá? que apoyó publicando «La niña y el huevo duro» escrito por su empleada doméstica.
No tengo poder ni síntesis de escritora pero sí poseo el derecho a la indignación.
Desde ya le vuelvo a pedir disculpas por robarle de su preciado tiempo y lo invito a que en su apretada agenda haga un lugar para apreciar el espectáculo que deja evidenciado qué tan clasista es su colaborador.
TERESA MANEIRO DUARTE – C.I. 1.537.974-9 – UNA DOMESTICA
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