¿Por qué no ir más allá de un mercado de asesinatos?
Su primer pecado, en los años 80, fue el establecimiento de un fondo secreto para que el presidente Reagan financiara las guerrillas Contra en Nicaragua utilizando dinero proveniente de la droga de América Latina y fondos de la venta de misiles Stinger a Irán. Luego, más recientemente, fue el desarrollo de un súper ordenador que podría controlar toda la actividad financiera de cualquier persona en EEUU o tal vez en todo el mundo. Después que le bajaron los humos por ese osado plan, el corajudo almirante del apellido estrafalario ha ofendido las sensibilidades liberales con su plan de que el Pentágono opere un mercado de futuros que permitiría que los inversionistas apuesten a la probabilidad de ataques terroristas, asesinatos y otras calamidades provocadas por el hombre.
Así que ¿de qué se sorprenden?
La idea del almirante Poindexter basada en el dogma republicano de que «el mercado siempre tiene la razón es que al permitir que los inversionistas inviertan basándose en su intuición sobre lo que piensan que probablemente sea la próxima acción de los terroristas, los servicios de inteligencia, las organizaciones de mantenimiento del orden y los militares de EEUU podrían vaticinar mejor esas acciones.
La idea de que los inversionistas estadounidenses apuesten sobre el asesinato del primer ministro israelí Ariel Sharon o del virrey estadounidense L. Paul Bremer, o sobre un futuro atentado contra Disney World, ha asqueado tanto a los demócratas (y ha embarazado a los republicanos del Congreso), que ahora en el Congreso se proponen quitarle las finanzas al programa. Según un importante crítico del propuesto mercado de futuros del terrorismo, el senador Byron Dorgan (demócrata por Dakota del Norte), la idea es «poco económica y absurda».
No estoy de acuerdo.
Aceptemos por un instante la premisa subyacente de que los inversionistas, actuando colectivamente, tengan una presciencia superior a la de los mortales ordinarios que puedan predecir la futura dirección del mercado de valores, de la economía nacional, o incluso de la política de tasas de intereses de la Reserva Federal. ¿Por qué no darles la oportunidad de pronosticar el futuro de la actividad terrorista? Por cierto, ¿no puede ser dañino que se permita que la gente arriesgue su dinero y tal vez gane algo, tratando de adivinar dónde estallará la próxima gran bomba? ¿Y hasta qué punto los inversionistas pueden dar peores resultados en la predicción del terrorismo que el Departamento de Seguridad de la Patria, cuyo sistema de anuncios de amenazas codificadas por colores ha producido hasta ahora un resultado de 000, o que la comunidad de la inteligencia de EEUU, que falló por completo el 11-S (para no hablar del colapso de la Unión Soviética)?
En lugar de criticar a Poindexter, el gobierno debería tomar su atrevida idea y expandirla. ¿Por qué limitar su concepto del mercado de futuros al terrorismo? ¿Por qué no poner las alabadas capacidades de vaticinio de la comunidad inversionista estadounidense al servicio del gobierno para que planifique otras áreas de interés público?
La Comisión Electoral Federal, por ejemplo, podría establecer un mercado de futuros para las elecciones federales. La gente podría apostar sobre el resultado de la contienda presidencial de 2004 y la competencia por el control del Senado y de la Cámara. Si el sistema resulta ser fiable en uno o dos ciclos electorales, tal vez podríamos ahorrarnos por entero las costosas elecciones nacionales y los puestos podrían ser ocupados en el futuro sobre la base de las predicciones de los inversionistas.
La EPA podría establecer un mercado de futuros sobre el calentamiento global, en el que los inversionistas podrían apostar sobre cuántos grados aumentará la temperatura del globo en diferentes años durante el próximo siglo, o tal vez cuántos metros aumentará el nivel del mar en diferentes fechas, permitiendo que los planificadores urbanos y los fabricantes de vestimentas prevean la demanda. (Un mercado secundario podría apostar a los animales que se extinguirán en ciertas fechas y los gerentes de los zoológicos podrían planificar qué nuevas exposiciones conviene abrir.)
El Departamento de Educación podría ofrecer un mercado de futuros en el que la gente podría apostar sobre la cantidad de alumnos de diferentes grupos étnicos o niveles de ingreso abandonarán los estudios mientras siguen cortando los fondos para la educación y así los consejos de administración de las escuelas de todo el país podrían reducir personal y la superficie para salas de clase antes de que disminuyan las matrículas.
El Departamento de Salud y Servicios Humanos podría ofrecer un mercado de futuros sobre la cantidad de niños que sufrirán de desnutrición durante la duración de la «reforma» del programa de asistencia social, permitiendo que los hospitales públicos ajusten sus programas de tratamiento de raquitismo y otras enfermedades que hasta ahora prevalecían en el Tercer Mundo. La Oficina de Estadísticas Laborales podría permitir que la gente apostara sobre la tasa de desempleo mientras el programa de reducción de impuestos de Bush provoca déficits presupuestarios cada vez mayores, dando así a los estados una ventaja para la construcción de refugios para los sin techo y para los aumentos de los presupuestos policiales. La NASA podría establecer un mercado basado en las apuestas de los inversionistas sobre cuándo estallará o se quemará el próximo trasbordador espacial (se podría establecer un impuesto a las transacciones para contribuir al financiamiento de un vehículo de reemplazo.)
De verdad, las posibilidades que abre el que se permita a los inversionistas que conviertan su codicia e ignorancia individuales en sabiduría colectiva, otorgando así a los funcionarios gubernamentales una orientación política y ayuda para la planificación muy necesitadas, son interminables.
La única verdadera mosca en el vino en este caso es la premisa original. La idea de que los inversionistas la mayoría increíblemente limitados y provincianos en sus antecedentes, educación, experiencia e intereses vayan a tener algún tipo de sabiduría colectiva trascendental y visión profética no se justifica, salvo a corto plazo. Los inversionistas pueden obtener relativamente buenos resultados al anticipar lo que el mercado de valores, o las tasas de cambio, harán dentro de algunas semanas, o tal vez meses, basándose en lo que han hecho hasta ahora, mientras no suceda algo imprevisto. Como básicamente predicen su propia conducta futura, tiene mucho sentido. Fallan cuando se trata de predecir tendencias a largo plazo, lo que, desde luego, es la reacción a eventos sobre los que los inversionistas en futuros, como el resto de nosotros mortales, no tienen la menor idea.
Ningún negociante en mercados de futuros podría haber pronosticado los ataques del 11-S que echaron por tierra tanto el mercado de valores como la economía de EE.UU. Los inversionistas en futuros tampoco tienen idea de lo que el calentamiento global hará con las perspectivas empresariales de EE.UU.
Y, desde luego, existe el peligro de la manipulación.
Hace unos años, los hermanos Hunt tuvieron bastante éxito, por un tiempo, en sus esfuerzos por controlar el mercado de futuros de la plata.
Simplemente acumularon suficientemente plata para colocarse en una posición de control para manipular los futuros de la plata. Por cierto, la manipulación de mercados de futuros es un problema común, porque el negocio de futuros, a diferencia del comercio con valores, involucra a relativamente pocos participantes. Mientras menos sean, más fácil es manipular un mercado.
Así que tendríamos que preocuparnos por gent
e que manipularía el mercado de futuros en terrorismo, me imagino. ¿Y cómo? Apuestas a un asesinato dramático pero muy poco probable, tal vez, como podría ser el del presidente de Estados Unidos, o un ataque con bombas a un objetivo destacado como Disneyland o el Canal de la Mancha. Y luego vas y financias el ataque por alguna célula terrorista dispuesta a hacerlo. Una tal manipulación del mercado daría un sentido totalmente nuevo a lo que Wall Street llama «make a killing» [hacer una matanza, significando hacer un gran negocio, N.d.T.
Después de todo, parece que la última descarga de los sesos de Poindexter, como las otras, es una mala idea. *
(*) Dave Lindorff es autor de «Killing Time: an Investigation into the Death Row Case of Mumia Abu-Jamal». Una colección de los trabajos de Lindorff se encuentra en: //www.nwuphilly.org/ dave.html.
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