Carta abierta al Presidente de la República

Contra el poder fáctico de la TV privada montevideana

Sr. Presidente de la República

Dr. Jorge Batlle Ibáñez

De mi consideración: me acuerdo ahora de cuando –habiendo los dos dejado de ser legisladores y estando el Partido Colorado entonces en el llano, entre 1990 y 1995– tuvimos numerosos y regulares encuentros durante ese lapso no pequeño. Recuerdo la pasión con que conversábamos de la naturaleza política liberal radical del Batllismo. Radical en el sentido que le dieron a esta expresión muchos partidos en el mundo a comienzos del siglo XX, cuando la democracia se hizo universal e incluyó el voto de todos y de todas los ciudadanos y las ciudadanas.

Liberal radical en un sentido democratista, que sentía que el modo de conducir a las sociedades pasaba por transgredir –en pro de una república de iguales– todo un orden conservador y pacato que aposentaba sus reales en poderes de hecho, fácticos, no electivos. Como había hecho mi padre doce años antes, y dos años antes de él fallecer, fue en ese sentido que creo que tal vez, en 1994, usted denominó a su sector –la vieja lista 15– como «Batllismo Radical».

Se nos presentaba Batlle y Ordóñez, esas tardes de tertulia, antes que nada como un reformador político que supo bregar con éxito contra los casi siempre triunfantes poderes fácticos. Horrorizó a los conservadores de muchas maneras, como hablando de los derechos de la mujer y firmando con el seudónimo «Laura» (siendo Presidente de la República), como defendiendo el divorcio, el gobierno colegiado o entregándole la Inspección del Trabajo a los anarquistas, que encabezaba aquel ser entrañable que se llamó Leoncio Lasso de la Vega. Las encuestas que sobre esos temas hacía el diario colorado conservador «El Siglo» entre los abogados de Montevideo, según consigna Milton Vanger, daban veinte a uno contra varias de las ideas de Batlle y Ordóñez. Pero al derrotar don Pepe al «establishment» –esa parte del sistema que se niega al cambio y es retardataria en defensa del mantenimiento de sus privilegios– salvó al sistema.

Al sacar a la sociedad uruguaya del manejo de los poderes fácticos sacó Batlle y Ordóñez, entonces, a la sociedad uruguaya por varias décadas de la tragedia latinoamericana que vivió por doquier bajo el yugo de dichos poderes. Hasta que un día, tal vez de tanto mirar para atrás, el Batllismo se nos congeló. El liberalismo dejó de ser radical y democratista –y «a fuer de liberal» decía Indalecio Prieto, socialdemócrata– y el país dejó de tenerlo como el ordenador centrípeto de la nación. Los anarquistas dejaron de ser protobatllistas, se nos hicieron centrífugos, se nos hicieron blancos, y el país se nos desparramó hasta ahora.

Usted y yo tomamos ante esa crisis –que produjo en el Batllismo formas políticas enamoradas del poder (antaño «Vierismo» hoy «Foro», adversativa esta contra nosotros ambos dos), que conciben la propia democracia como una mera articulación de los poderes fácticos, de la que de paso beneficiarse– caminos diferentes. Usted creyó poder cambiar las cosas desde el «entrismo», pactando con las corrientes a mi juicio más réprobas. Yo me fui, pese a todos los ofrecimientos de todas las tendencias del partido, a la sociedad, al viejo camino latinoamericano del periodismo de ideas –lo que más ampulosamente los franceses llaman intelectual de la acción, cuestionado luego tanto por los intelectuales como por los políticos–, para poder, un día, ayudar a asaltar al Batllismo de otra savia, nuevamente transgresora, liberal, radical y democratista.

Nos tocaron luego, como a todos los hombres, decía Borges, malos tiempos en que vivir. Y cada quien, estoy seguro hizo y hará lo mejor que pueda por su país en la medida de sus posibilidades. Y nadie es dueño de la verdad como para conocer la positivo de su camino con certeza absoluta (que esa tolerancia hacia otros caminos es lo primero que aprendemos a saber como liberales).

Me permito escribirle, entonces, señor Presidente, en recuerdo del espíritu batllista que cultiváramos en aquellas tardes de encuentro –que recuerdo mucho mejor que nuestros desencuentros– para hacerle breve referencia a los poderes fácticos de hoy. O es que acaso no nos conocimos usted y yo, salvando las diferencias, luchando contra uno de los poderes fácticos que justamente más combatió con Pepe Batlle, cual fue la dictadura militar.

Planteado de otro modo, como tuve que responderle a un jovencito en una reunión estos días, ¿qué significa ser batllista en el siglo XXI? Trazado de otra manera, ¿a qué poderes fácticos debemos combatir para hacer de esta sociedad hoy una república de iguales? Una república que se plantee radicalmente como de iguales derechos, de garantías para todos, de balances y equilibrios que eviten cualquier poder abusivo, de instituciones fiscalizantes que no permitan espacios sociales opacos donde albergar las preferencias para nadie. El radicalismo republicano para crear las condiciones filosóficas de donde partir para crear lo que don Pepe Batlle denominó –en carta a Domingo Arena– «un pequeño país modelo». Ese pequeño país modelo sólo cuajará –sólo encontrará su temperatura de cocción– dentro de una cultura radical resultante de la aplicación tajante de los principios republicanos. Esa lección tiene que ver con la identidad que nos viene de los dos Pepes: Artigas y Batlle.

Me quiero parar, entonces, en el propio corazón republicano del Batllismo para hacerle la reflexión que sigue. Y más que desde el sólo Batllismo. Desde la concepción liberal radical democratista toda que –luego de los errores de la restauración de la democracia «amiguista» inmediatamente de la dictadura, y luego de la tenebrosa decadencia moral de los años 90– tendrá que enfrentar la crisis con la construcción de una nueva república, esto es, una renovación en todos los terrenos de la vida nacional. Sea de la Justicia, sea de la seguridad pública, sea de la reforma política que acerque al elector con el elegido (por lo menos se los presente y se conozcan), sea del agobiante sistema impositivo, sea del insoportable sistema financiero, sea en el pacto político regional que nos asegure mercados y matriz energética competitiva. Un país donde las empresas sean fiscalmente viables (menos impuestos), financieramente viables (menos intereses), comercialmente viables (mercados seguros negociados políticamente), económicamente viables (costos energéticos negociados políticamente con los recursos no renovables de la región). Para así producir el «reactivazo» que aumente realmente la recaudación fiscal, la inversión privada y pública, el empleo y las remuneraciones. El Estado del Bienestar liberal que únicamente los batllistas construimos una vez en la América Latina. Y cuya construcción es hoy, nuevamente, nuestro desafío.

Hay dos poderes fácticos a los que la academia latinoamericana le está prestando especial atención estos últimos años y salen a luz permanentemente en los eventos y seminarios de la agenda de la ciencia política. Estos dos poderes fácticos son el «poder ilegal» y «el poder de los propietarios de grandes medios de comunicación audiovisual». Sobre el primero –al que me dedico a combatir con bastante suerte, gracias a la providencia y pese a alguna cicatriz infligida por los adversarios y que llevo con honor– nada tengo que decirle que usted no sepa, ya que usted también lo repele.

Es sobre el segundo que quiero dejarle una reflexión. Porque así como nuestra democracia tiene que resolver el problema de la política y el dinero –Batlle y Ordóñez ya escribió sobre ello en 1919–, nuestra democracia tiene que independizar a los actores políticos de su sumisión frente a un sistema de difusión televisiva monopÃ

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