Un franco tirador en la ventana presidencial
Desde los altos ventanales del Edificio Libertad, sede de nuestro gobierno nacional, el señor Presidente contempla gran parte de Montevideo. Está con el Gobernador de Río Grande del Sur de Brasil, y le muestra la ciudad. «Ahí la tiene, mírela tranquilo nomás y dígame, ¿qué le parece?». El brasileño, político, gobernador, diplomático, elogia lo que ve, pero se le nota que no está muy impresionado. «Bonita» –dice por cumplir– «muy bonita, y muy… montevideana, ¿no?» Eso de que Montevideo le parezca montevideana, no le hace mucha gracia al señor Presidente que sigue señalando. «Ese que está ahí, es el monumento a mi padre, no levantado porque haya sido mi padre, sino porque fue un gran Presidente de este país, yo vengo de una familia de presidentes». El gobernador brasileño asiente con la cabeza, y por decir algo dice: «Eso siempre ayuda». El Presidente se está poniendo nervioso, pero insiste y señala hacia otro punto: «Y aquello que se ve allá, ¿ve allá?, bueno, aquel es el puerto». «Me imaginé» –dice el otro– «al ver los barcos me dije, ese debe ser el puerto». Nuestro señor Presidente, con sobrada razón piensa que el brasileño se está haciendo el vivo pero insiste y le señala la Cruz de Bulevar Artigas: «Y aquella cruz ¿la ve allá?, bueno eso es Tres Cruces». «Se ve una sola» –dice el brasileño ya medio socarrón y agrega–, «bajita la pusieron, ¿no?». El Presidente se da cuenta de que el brasileño le está fregando por las narices la altísima Cruz del Corcovado, y resuelve impresionarlo con algo grosso. Lo deja por un momento con los acompañantes y se va a hablar con el ministro de Defensa.
* Fau, necesito urgente un cañón.
* ¿Como para qué?
* Para tirar.
* ¡Ay, señor Presidente, con lo poco que tenemos y arriba quiere estar tirando!
* Son un par de cañonazos, nada más que un par. Súbame uno completo al séptimo piso.
* No es por ponerle peros, Presidente, pero no suben, no entran en los ascensores, los militares que construyeron este edificio no lo previeron, no podían estar en todo. Además no sé si tenemos cañones disponibles porque les faltan piezas, la herrumbre, la humedad carcome todo.
* Hable con nuestros amigos del Congo y que manden un cañón urgente.
* Debo informarle, Presidente, que no tenemos la más pálida idea de quiénes son los congoleños enemigos, y por lo tanto no sabemos quiénes son nuestros amigos congoleños.
* ¡No diga eso, Fau, que nadie lo escuche decir ese disparate! ¿Estamos con parte de nuestro ejército en el Congo, y no sabemos quiénes son los malos y quiénes son los buenos?
* La situación es un poco confusa, Presidente, ya que nos pasaron de la etapa 6 a la 7 pero quedamos como en la 6 y media y estamos averiguando si tenemos que evitar la guerra replegándonos, o imponer la paz a los balazos a cuanto congoleño se nos atraviese, y todo por la misma plata.
* ¿A quién se le ocurrió este negocio?
* A nosotros, Presidente, para marcar presencia internacional y para que nuestros muchachos hicieran una changuita extra, algo así como un 222 en el Congo.
El Presidente, algo desalentado, vuelve a reunirse con el gobernador de Río Grande. Ahora señala el edificio de Antel y le dice: «¿Ve aquel edificio torre allá, lo ve?, bueno eso es pura tecnología de punta». El brasileño mira y comenta: «La tecnología no se la veo, pero la punta se le ve clarita, pinchudo lo hicieron». «Si yo tuviera un cañón –dice el Presidente fastidiado por las observaciones del otro– si yo tuviera un cañón a ese edificio lo tiraba abajo de un cañonazo». Ahora el que se ve nervioso es el brasileño, y tímidamente pregunta por qué lo quiere cañonear. «Porque costó 100 millones de dólares en un país pobre». El gobernador brasileño, al escuchar semejante razonamiento se pone un poquito pálido. El Presidente sigue apuntando con el dedo hacia la ciudad, y el brasileño tiene la sensación de que el Presidente la quiere borrar del mapa, pero no, su dedo índice apunta a algo concreto, enorme: «¿Ve aquel edificio grandote, enorme, gigantesco, lo ve?, bueno ese es el Hospital de Clínicas, de la Universidad de la República». El brasileño se deja de bobadas y entra a elogiar como corresponde a un visitante: «Hermoso edificio, realmente, una obra de las que ya no se pueden construir, un hospital que debe albergar a gran cantidad de enfermos, ¡imponente!». El Presidente, sin dejar de señalar al Clínicas, afirma: «Si yo tuviera un cañón, a ese hospital lo tiraba abajo de un cañonazo». El brasileño se siente mareado, pero igual calcula que con un cañonazo lo más que puede hacerle es un agujero. Está a punto de decirle que si llega a errarle le puede dar a la Torre de los Homenajes del centenario, o que caiga la bala en la cancha y estropearle todo el trabajo a Carrasco y la selección, pero de pronto oye al Presidente que dice: «Siempre sueño con tener un cañón». El brasileño se deja llevar y confiesa: «Yo siempre soñé con tener un trencito a cuerda. Son cosas que quedan de la infancia y las estoy viendo con mi analista. ¿Usted no se analiza?» El Presidente sigue con el índice apuntando hacia fuera, pasa por el Palacio Municipal, se detiene allí un instante, sigue de largo, saca el dedo de la ventana para escarbarse una oreja, y dice: «No, yo no necesito analizarme, yo estoy perfectamente de la cabeza. ¿Por dónde prefiere bajar, señor gobernador, por el ascensor, por la escalera, o por la ventana?». El brasileño está por elegir la ventana como medio más rápido de zafar, pero dice preferir el ascensor. Suben. El ascensorista pregunta: «¿Bajan?» El Presidente responde: «Doblamos a la derecha en la que viene».
(*) Humorista
Compartí tu opinión con toda la comunidad