La tabacofobia arremete con renovados bríos

A fuerza de leerlo diariamente en cada atado de cigarrillos o en cada paquete de tabaco, el mensaje del Ministerio de Salud Pública ha terminado por convencerme de que fumar es prejudicial para la salud. Por otra parte, las opiniones de destacados médicos coinciden en señalar los efectos nocivos que produce inhalar humo de tabaco, por lo que no estoy en condiciones de dudar de lo que prescribe el verbo divino.

No obstante, como fumador empedernido que soy, declaro que no pienso reducir ni en un solo cigarrillo mi dosis diaria de tabaco porque disfruto demasiado desde el primero de los cigarrillos con que acompaño el mate de la mañana hasta el que me fumo antes de dormir.

Aclaro que no estoy en desacuerdo con que las autoridades sanitarias nos adviertan de las enfermedades que podemos contraer como consecuencia del hábito de fumar y que intenten disuadirnos de continuar apegados al tabaco. Agradezco, pues, los consejos sobre la conveniencia de no fumar pero hasta ahora he optado por correr los riesgos que asechan mi salud por no privarme del placer de seguir echando humo. Incluso tolero estoicamente la marginación de que somos víctimas los fumadores, compelidos a aislarnos para despuntar el vicio so pretexto de que contaminamos a los no fumadores o fumadores pasivos.

Ahora bien, aclarado todo lo anterior, debo expresar mi sorpresa por la repentina estigmatización de que es objeto el tabaco. Siempre se supo que la nicotina, el alquitrán y el humo producto de la combustión incompleta podían resultar perjudiciales para la salud, pero de un tiempo a esta parte (desde hace poco más de veinte años) el cigarrillo se convirtió en el enemigo público número uno y culpable de todas las calamidades sanitarias. Y lo peor es que se nos acusa de contaminar el ambiente.

Aquí me permito discrepar o por lo menos poner en duda tal afirmación. Porque si así fuera, si realmente las autoridades sanitarias se preocuparan por la pureza del aire que respiramos todos, deberían prohibir la circulación de automóviles con motores de explosión ya que por sus caños de escape se libera una cantidad de monóxido de carbono infinitamente mayor que la causada por nosotros, pobres fumadores. Del mismo modo, habría que prohibir las estufas de leña, las fogatas de la Noche de San Juan, las fábricas con sus chimeneas humeantes (símbolo del progreso) y los aviones. Qué quiere que le diga: todo este fervor oficial antitabaco tiene mucho de hipocresía. Y he llegado a pensar que la industria tabacalera fue elegida como chivo expiatorio o como cortina de humo (expresión a propósito) para ocultar otros daños mucho mayores que se infligen al planeta y a sus habitantes. Sí, ya sé que los fabricantes de cigarrillos no son nenes de pecho, pero creo que la pulseada la perdieron las tabacaleras a manos de los fabricantes de automóviles, de armas y de reactores nucleares.

Mi sospecha no es ociosa porque ¿cómo se compadece esa preocupación por los efectos del tabaquismo sobre la salud con la pasividad demostrada por los gobiernos del mundo ante las brutales agresiones a la salud individual y colectiva y al ambiente provenientes del afán de lucro de las multinacionales? ¿Cómo se entiende esta «defensa de la vida» cuando al mismo tiempo se impone un modelo económico que genera desnutrición, aumento de la mortalidad infantil, hambrunas y enfermedades que no padecen los ricos?

¿A qué obedece esta súbita alarma por el cáncer de pulmón o de laringe y no por el de colon o de esófago que causa la ingesta de comida chatarra? ¿Por qué no cierran la cadena McDonald’s?

Todavía no prohibieron los huevos fritos, la manteca ni la panceta, pero ya llegará el día en que decretarán que las enfermedades causadas por el colesterol conspiran contra la economía de los seguros de salud; porque en definitiva, como apunta Fernando Savater, «entre las propiedades de que podemos disponer libremente no está nuestra salud, pues ésta pertenece a la seguridad social que la costea». Y creo que por ahí está la madre del borrego; dice el ilustre filósofo español: «Lo insalubre depende mucho de la rentabilidad laboral, mercantilista y domesticadora del producto en cuestión».

El sistema rechaza los llamados «vicios» porque considera que conspiran contra la eficiencia del individuo-productor; no le interesa el ser humano (con sus virtudes y defectos, con su natural necesidad de placer) sino el hombre-engranaje de una maquinaria que no debe detenerse nunca; no le importa el bienestar integral de la gente sino que no se generen gastos ni que se resienta la productividad.

Si seguimos así, los que deciden por nosotros qué es insano y qué no lo es resolverán un día que no rendimos lo suficiente porque estamos demasiado nerviosos y nos obligarán a tomar lexotán o lo incorporarán a la leche o a la sal. *

* Periodista

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