Cómo se pierde el tiempo

No se logra relacionar una idea con cosas tangibles  una carta, una grabación, un documento escrito  aparecen dificultades, casi siempre insalvables, para determinar una verdad o una falsedad. Esto podría estarles pasando a los miembros de la comisión parlamentaria que investiga lo ocurrido en el sistema financiero uruguayo luego del descalabro del Banco Comercial.

Rosario Medero acusa a Rodríguez Batlle y a Eva Holz y estos se defienden y contraatacan, mientras transcurre el tiempo y todo sigue igual. La comisión no ha podido desentrañar quién miente, aunque es indudable que alguien lo hace. ¿No ha podido o no ha querido? Entre tanto, ya se han liquidado varios bancos, se ha creado otro nuevo con el aporte del Estado, o sea de todos los contribuyentes, y la Justicia sigue procesando implicados en variopintas estafas que han discurrido a lo largo y ancho del país.

En la platea, asistiendo a una ya grotesca exhibición, a un verdadero gran teleteatro vernáculo, los ciudadanos no disimulan su perplejidad.

Ahora bien, ¿el sistema político nacional ha sido incapaz de relacionar tanta verbosidad de un lado y otro con hechos concretos? ¿Es un asunto de verificación imposible? ¿No hay documento, grabación o carta que constituya la prueba necesaria?

Ni tanto, ni tan poco. Probablemente, los legisladores aún no hayan tenido a la vista algo de semejante contundencia. Pero también es cierto que no radica ahí el único problema. Desde tiempos lejanos, y siguen tan campantes, las comisiones investigadoras creadas por el Poder Legislativo naufragan por omisión, se ahogan en la incompetencia, mueren en la más absoluta inutilidad. Sencillamente, pierden el tiempo.

Hay un error en alguna parte.

Yo creo, o quizás deba decir supongo, que los propósitos comunes no prevalecen cuando el mismo sentimiento no es de todos. Es decir, si los diversos actores políticos no asumen con idéntico espíritu la necesidad de revelar la verdad  dejando de lado intereses partidarios minúsculos y atendiendo al bien general  no hay propósito común al que pueda apelarse. Y con frecuencia vemos, lector, que un testimonio clarísimo, un expediente sin una hoja clave o unos números incontrastables quieren decir cosas distintas según quién les preste o deje de prestarles debida atención.

Hasta hace poco había unos cuantos parlamentarios preocupados por su creciente falta de credibilidad. Inquietos, en su momento ordenaron encuestas, reclamaron diagnósticos especializados y, al menos se supone, modificaron la estrategia habitual para que su imagen fuese recibida de otra manera por la gente común.

Sin embargo, la desconfianza popular es cada vez mayor.

No parece un problema chico. Si en el pasado la apatía del ciudadano hizo muy fácil la política, un ciudadano enérgico y vengativo  al decir de Giovanni Sartori  puede hacerla muy difícil. Sólo hay que darse cuenta del riesgo.

Y cuidado con eso. Porque al político que hoy no advierte qué le disgusta al hombre común le puede pasar como al diablo del cuento «Rodríguez», de Paco Espínola. El gaucho al que quiere seducir es ya impermeable a su envejecida astucia. Ese gaucho no le cree y punto. Entonces, desesperado, el diablo echa mano de su magia más deslumbrante, seguro de conmoverlo como ha hecho hasta entonces, y le muestra lo que a ojos de cualquier distraído parecería imposible: Lucifer montando un bagre gigantesco que da vueltas como una luz alrededor del gaucho. «Â¡Mirá, Rodríguez! ¿Qué es esto?». Pero Rodríguez, imperturbable, responde: «¿Eso? Mágica, eso…». El diablo putea y se va al carajo y el gaucho sigue, al trotecito nomás, pero sigue, armando despacio un cigarro de chala.

Ahí está. La gente, cuando llegue el momento de nuevos convites electorales, puede pasar de largo. Nuestros políticos, ¿se han detenido a pensarlo? ¿Cuánto influye en el ánimo del pueblo la pérdida de tiempo de las comisiones parlamentarias, suerte de personificación colectiva de una insultante inutilidad?

Salvo, claro, que sean incapaces de cambiar de rumbo, de asumir otra actitud. O que estén persuadidos de que a los uruguayos nos pasará como a los argentinos, que salieron a la calle a barrerlo todo, al grito tronante «Â¡Que se vayan todos!» y terminaron votando a los mismos, porque  ya lo verán  aquellos que se decían distintos no son sino una imitación poco graciosa de los otros y practican la misma rancia y desvergonzada política que, hasta ayer, decían combatir.

El tiempo apremia, señores. Y el horno no está para bollos.*

(*) Periodista

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