Hoy Juceca

El presidente Kirchner mandaría a disolver las cámaras

Hay gente que no sabe apreciar lo que tiene, gente que no cuida, gente que rompe. Son como los niños, que les regalan un juguete nuevo y al rato ya lo están desarmando para ver qué tiene adentro. Este pensamiento me vino a la mente, al ver cómo los periodistas gráficos le rompían la cabeza al flamante presidente argentino Néstor Kirchner. Como quien dice, estaba sin estrenar, y ya lo rompieron. Está bien que él tuvo parte de culpa porque no siguió a los agentes de seguridad, y se retrasó. Al menos a mí me pareció medio retrasado. Había que verlo blandir el bastón de mando como si fuera la copa del mundo recién ganada, levantarla y agitarla como si fuera una lanza regresando triunfante de una batalla, como un trofeo, o quizá como una amenaza.

Cuando se lo entregó Duhalde lo agarró al revés, como si fuera un taco de billar, y luego de un jueguito de molinete, canchero, lo mantuvo en el aire, siempre inseguro de cuál era la manera de tomarlo, de tenerlo, de lucirlo. Había que verlo saludar y saludar a todo el mundo. En lugar de llegar, parecía que se iba. Y de pronto quedó encerrado entre una nube de fotógrafos y cameraman, nadie de la seguridad vino a salvarlo, nadie lo auxilió, nadie le tiró una cuerda, nadie envió un helicóptero a rescatarlo.

Recién asumido, y ya era víctima del corralito, del corralón, pero acorralado y todo seguía saludando y blandiendo el bastón mientras a sus pies rodaban los fotógrafos y las cámaras lo envolvían, como abejas de un panal golpeado. Y de pronto… ¡Sangra! ¡Sangre! Los cables de todas las agencias de informaciones, llevaron la noticia a los más remotos rincones del planeta: «!En la cabeza del presidente Kirchner, hay sangre!». Un analista especialista en política latinoamericana, aventuró: «Menem se apresta a viajar con el fin de asumir». Otro, más alarmista dijo: «Agredido por las cámaras, Kirchner estaría dispuesto a disolverlas.

En Buenos Aires, el nuevo presidente sangraba y saludaba, reía, blandía el bastón de mando, se pasaba el pañuelo por la sangre, y saludaba. Nadie lo sacaba del borbollón, nadie corría a darle la antitetánica, a nadie parecía importarle mucho que el presidente se desangrara. Allí hacía falta Alfonsín para pedir un médico, pero no estaba. Ni un botiquín de primeros auxilios, ni un masajista, ni un trago del linimento, nada. Solo en medio del tumulto, abandonado por el vice y por su guardia, el presidente sangraba pero no aflojaba, carajo, sino que saludaba y saludaba, sin marearse, sin desmayarse, sin una queja. Es posible que pensando en la frase de Winston Churchill, se haya dicho:

«Ahora sólo me falta el sudor y las lágrimas». Luego, al llegar a La Rosada, alguien lo reparó. Al verlo, un militante de la oposición aprovechó para acuñar la primera crítica contra la gestión presidencia: «Ya empezamos con los parches». Más tarde, al ingresar a la Catedral Metropolitana, una vieja lo miró a la frente y comento: «Parece que no le tiene confianza a la máxima jerarquía de la iglesia, y por eso se trajo su curita».

A todo esto, y según las últimas informaciones, el mundo sigue andando. *

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