Enjundioso comentario sobre el arte de la oratoria

El acto político es multitudinario, y el candidato convocante, luego de dejar pacientemente que mengue el aplauso inicial, arranca a hablar. Toda esa gente fue a escucharlo a él, porque él dijo que les iba a hablar. Y les habla. Se supone que dice algo, pero no dice nada. Pronuncia palabras huecas, vacías, es decir nada. La gente lo fue a escuchar porque dijo que les iba a hablar, y efectivamente, les habla. Después de una larga parrafada, la gente, solidaria y afín al candidato, entiende que el hombre necesita un breve descanso para tragar saliva y carraspear, y se lo facilita con un aplauso. El hombre, pacientemente espera que mengue el aplauso, y retoma su discurso a partir de la última palabra dicha en la frase anterior, o por cualquier parte, y se dirige a la gente, y le habla. Sigue sin decir nada. Por momentos, largos momentos, da la sensación de que está pensando en otra cosa distinta de aquella de la que habla. No es nada de extraño. Por lo demás, le sería fácil, y saludable, pensar en otra cosa mientras habla. Eso se llama aprovechar el tiempo, oxigenar la mente, evitar encasillarse. Las palabras en realidad no las dice, le salen. Tiene una gran virtud: no dice nada, pero no se repite. Repite el no decir, pero con otras palabras. Usa pocas, pero da la sensación de que son muchas. Es un discurso fácil de seguir. El oyente no tiene manera de perderse, porque no tiene dónde. «A este país lo vamos a sacar adelante entre todos, porque este país es de todos y de todos es la responsabilidad de sacarlo adelante, por medio de una conducción transparente de cara al futuro por la conquista del país que todos merecemos y que vamos a recuperar con entusiasmo, fe y confianza…» El candidato sabe muy bien que si intenta ser brillante quizá no lo entiendan, y es mejor ser llano, lo llano es simple, y lo simple lo entiende todo el mundo, y eso es lo que quiere el orador, y eso es lo que quiere la gente que le hablen, sencillo, sin complicaciones, que complicaciones ya tenemos bastante como para venir a escuchar más. ¡Métale, maestro! El orador no dice nada nuevo, nada ingenioso, nada gracioso, nada dramático, nada concreto, nada de nada, nada de todo. Detrás de él, viene el comentarista de su pieza oratoria, y, lógicamente, su escritura basada en la nada, en nada se convierte. El comentarista llena renglones y más renglones con palabras escritas de corrido, como corresponde a quien comenta un discurso de esas características.

Objetivo, imparcial, equilibrado, el comentarista ni le agrega ni le saca, y escribe hueco, vacío, y la gente se detiene a leer la nota porque él escribe para eso, para que lo lean, y no resulta ingenioso, ni gracioso, ni dramático, ni falta que le hace. Basta con que dé una imagen lo más aproximada posible de lo que fue la oratoria, y la oratoria fue así, ni brillante, ni opaca, porque tanto la opacidad como la brillantez son atributos apreciables en elementos concretos, y no es el caso de la oratoria que nos ocupa, ni puede serlo del comentario que dicha oratoria merece.

La oratoria fue como la está describiendo el comentarista, a quien no sería justo pedirle que lo haga de otra manera, porque la gente espera que lo haga así, sencillo, fácil de entender, sin complicaciones, que bastante complicaciones tiene ya la gente, como para venir ahora a complicarse con este comentarista. *

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