De la cárcel y el escrache al desagravio castrense

No sé qué pensará el enjuto abogado de este desagravio que no fue organizado por partido político alguno sino por los socios de una institución de sociabilidad castrense, pero supongo que a falta de homenaje menos contaminante, Blanco lo recibirá emocionado.

En definitiva, ¿cómo rechazar los honores de antiguos socios en la lucha antisubversiva y la comovedora solidaridad militar ofrecida a un «pichi»?

Dios los cría y ellos se juntan a confraternizar en un ágape cordial (¿vio que todos los ágapes son cordiales?) que servirá de marco a una sencilla pero emotiva ceremonia (toda ceremonia que se precie de tal debe necesariamente ser sencilla pero emotiva) durante la cual el doctor Blanco  un universitario de abolengo, proveniente de familia patricia al punto de contar con una calle homónima en el nomenclátor montevideano (una avenida de palmeras que une Agraciada con Suárez)  recibirá el homenaje no del Claustro de la Facultad de Derecho ni del Parlamento sino del Centro Militar. No será un doctorado, pero algo es algo; ¿se le otorgará el grado de sargento honoris causa, tal vez?

Claro que cuesta imaginar ese delgado rostro de adusta expresión aristocrática en medio de las faces rubicundas de los participantes de una francachela castrense, pero usted vio cómo son las cosas…

Probablemente en esa noche de la nostalgia (o aquelarre de nostálgicos de los buenos viejos tiempos en que el ministro de Justicia podía destituir a un juez díscolo) se reencuentren con el ex ministro Blanco algunos de quienes participaron en heroicas acciones bélicas contra los depravados que pretendían subvertir el orden institucional y aplastar los valores democráticos, ese mismo orden y esos mismos valores que los soldados de la patria no tuvieron más remedio que subvertir y aplastar para defenderlos.

Vaya paradoja, pero la democracia es lo que tiene: para defenderla, hay que desconocerla.

Pero retomando el hilo, decía que tal vez en ese emotivo reencuentro de viejos defensores de la democracia se hallen algunos de los que participaron en acciones de gran arrojo, como sin duda lo fue la invasión de territorio venezolano para retener a un peligroso enemigo de la patria.

De más está aclarar que el doctor Blanco, el pulcro ministro de Relaciones Exteriores del régimen de facto, no participó en dicha acción, no fue actor ni autor material. Se limitó a tomar conocimiento del hecho y, ante la protesta venezolana, no tuvo más remedio que barajar las posibilidades de «entregar a la mujer» o no entregarla, para finalmente inclinarse por la última de las opciones.

No se preocupó por la suerte (otra ironía) que previsiblemente correría Elena. Después, se desinteresó del asunto, y llegado el momento de retirarse de su oficina, se dirigió a su hogar como todas las tardes.

Probablemente tomó el té y miró la televisión, y entonces, ante el desencuentro, los desengaños amorosos y los malentendidos de que son víctimas los protagonistas de la telenovela, cuyo amor imposible es capaz de conmover al espíritu más recio, seguramente al doctor Blanco  un alma sensible y cristiana  se le escapó una lágrima…

Probablemente antes de acostarse fue a verificar el buen sueño de sus hijos, los habrá abrigado y habrá rezado agradeciendo a Dios todo lo que éste le brindó: familia, bienestar, seguridad.

Tal vez el inconsciente traicionero hizo aflorar en su conciencia el recuerdo de la maestra retirada de los jardines de la embajada venezolana, e imaginó fugazmente todo lo que a esa hora estaría padeciendo por su osadía; quizá llegó a suponer que en ese mismo momento estaría sufriendo nuevos ultrajes y martirios y que pronto sería ejecutada.

Pero pronto desechó esos malos pensamientos y seguramente se consoló pensando (como diría después a un funcionario británico que vino a interesarse por el respeto a los derechos humanos) que era un mal necesario, que el fin justifica los medios y que qué otra forma podría haber para obtener información de los prisioneros…

Uno piensa también que por aquellos tiempos no se le había despertado aún el espíritu místico digno de un misionero que exhibió al salir de la cárcel, pues no hay testimonios de que haya arengado al Cosena llamando a sus integrantes al amor y a la paz entre los orientales.

Se ve que los valores cristianos debieron rendirse ante las exigencias de la Tercera Guerra Mundial que por entonces libraba el Uruguay junto a las fuerzas del bien encarnadas en los gobiernos del Cono Sur.

En fin, todo esto no son sino suposiciones que no vienen al caso.

Porque el caso es el merecido homenaje de que es objeto un hombre con quien se cometió una injusticia. *

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