EL CIBERCAFE FUE EL UNICO NEGOCIO QUE SE CUADRUPLICO EN URUGUAY EN MEDIO DE LA CRISIS

Los nuevos navegantes

Al principio, como tantas parejas veteranas de este país, pasaban ante el local y lo miraban como a otra sala de juegos electrónicos para adolescentes, ironizando que jamás entrarían. Cuando debieron entrar al cibercafé, para conocer en fotos a su primer nieto, del hijo mayor que les había emigrado; más aún, cuando lo escucharon decir «ajó» y lo vieron caminar sus primeros pasos, lloraron.

«Aunque la norma primera es respetar la privacidad absoluta, les preguntamos si podíamos ayudarlos: lloraban como locos y se reían», cuenta Carina, que aún se emociona, cuando recuerda la anécdota que más le impresionó desde que atiende un cibercafé en Pocitos.

«Fuimos de los primeros, hoy cada día abren uno nuevo», afirma, mientras pide no incluir el nombre de su local, «por si el dueño no lo entiende», justifica.

Lo cierto es que la proliferación de cibercafés en Pocitos, como en Centro, Carrasco, Malvín, y alrededor de las Facultades, haría ya casi imposible detallar a cada uno. De media docena en 2001, el número de cibercafés se aproxima a los 200, si no los pasó ya, solamente en Montevideo, Canelones y Maldonado. Se estima que en todo el país hay 400. Algunos gestados originalmente como tales, otros devinieron en cibercafés a partir de otros rubros comerciales, incluyendo quioscos y hasta bares.

El negocio, básicamente sencillo, es sin embargo dependiente de tecnologías que no siempre operaron en el tiempo y la forma deseada. Con la aparición de Adinet, el sistema se optimizó y los negocios fructificaron. Más aun, los cibercafés tienen una característica de instalación particular: son de los pocos negocios cuya instalación, ejecución y administración, pueden aplicarse directamente a partir de Internet.

Actualmente en Uruguay, y a un costo de entre 15 y 30 pesos la hora, los cibercafés permiten acceder a servicios de la «red de redes» en condiciones más beneficiosas que en casa o la oficina. Alguien podría pensar que la necesidad de una computadora es la condicionante para elegir el cibercafé. Pero la misma filosofía de estos emprendimientos, muestra que las razones para su auge están bastante más allá de tener una PC disponible.

Primero: la privacidad

De las posibilidades que ofrece Internet, la más empleada por los uruguayos en los cibercafés, es el correo electrónico, seguido por el chat (una especie de diálogo telefónico tipeado, con respuesta instantánea). En tercer lugar, está el «navegar» buscando información. Casi todos los cibercafés ofrecen servicios de telefonía internacional de bajo costo, en función de la red, aunque ello es considerado «menú aparte», aún cuando opera en el mismo local. De las razones que priman a la hora de asistir a un cibercafé, para la mayoría de la clientela que emplea el correo electrónico y el chat: la privacidad y la economía, exceden la básica de no tener una computadora. El correo electrónico, que permite enviar y recibir correspondencia con el exterior de modo tal, que es más el tiempo que emplea quien recibe y envía para escribir y leer, que el necesario para envío y recepción y además es más barato que despachar una carta. El sistema también permite el más absoluto anonimato, en tanto cualquiera puede inventarse una identidad y operar a partir de ella, lo que abre posibilidades totales. Incluso la sicología estudia actualmente el desdoblamiento de personalidad que permite Internet. Por eso, cuando quien envía y recibe correspondencia electrónica, no desea ser «auditado» en su casa u oficina, el cibercafé es ideal. Algo muy similar ocurre con el chat, dónde el diálogo electrónico en tiempo real con desconocidos de cualquier lugar del mundo puede generar toda clase de sorpresas. Aun cuando esto es asumido por los dueños de los cibercafés, todos prefieren opinar que la gente asiste para evitarse el alto costo del servicio telefónico domiciliario durante la estadía en Internet, así como que las máquinas «se cuelguen» (dejen de funcionar momentáneamente), a lo cual ni en el primer mundo se ha encontrado adecuada respuesta. En el cibercafé, cambiar de computadora, no cuesta nada. En cuanto al tercer ítem, la navegación en Internet a la búsqueda de información, el espectro es tan amplio como la red, pero las consultas de asistencia, a quienes atienden los cibercafés, permiten un intento de aproximación. Los estudiantes aparecerían así a la cabeza, primero universitarios y en segundo lugar liceales, dando el uso a Internet que otrora brindaban las bibliotecas (aunque éstas últimas sigan siendo gratuitas). En aumento constante, aparecen las consultas acerca de cuáles son los mejores sitios para armar un currículum, pautando la búsqueda de trabajo en el mundo, avanzada de casi todo emigrante. Aunque los administradores de los cibercafés descartan dar información sobre los sitios y servicios más visitados por sus clientes, coinciden sí que toda una generación adolescente está cambiando un entretenimiento tradicional. Los jovencitos (y no tanto) que juegan en redes internacionales, desde mitológicas batallas a cibernéticos partidos de fútbol, aumenta, en detrimento de las «maquinitas», incluso de última generación.

Segundo: oscura identidad

Con la aparición en el mercado de las últimas tecnologías, algunas situaciones complejas han aparecido. Desde su origen, los cibercafés facilitaron impresoras para que quien deseaba llevarse un texto a casa lo hiciera sin más. Ahora, otros servicios son pedidos.

La posibilidad de bajar todo tipo de programas, así como música por el sistema MP3, o juegos cibernéticos completos, enfrenta el dilema de la competencia desleal para con las discográficas e importadoras. Aunque exista una legislación al respecto, es indeterminable muchas veces no sólo para los damnificados, sino para los propios responsables del lugar, cuáles de los elementos obtenidos son de libre registro y cuáles no. Las últimas canciones de moda pagan derechos obviamente, pero ¿quién y cómo averiguar qué cargó cada usuario?

Los juegos internacionales son «cargados» habitualmente en una máquina para un mismo cliente, en tanto un juego puede demorar meses en ganarse o perderse. Pero, ¿qué ocurre si alguien lo «carga» en un CD y lo lleva para su casa? ¿Cómo controlar que los menores de 18 años no visiten los sitios de pornografía, más aun, que bajen sus contenidos?

¿Cómo detener a quienes emplean Internet como mitómanos empedernidos?; ¿Ã² a quienes invocando amistades posibles acceden a secretos que permiten asaltos?

Todo este espectro es faceta de respuesta pendiente en el explosivo mundo de los cibercafés. Un mundo donde el vecino de computadora puede estar cometiendo la mayor atrocidad, mientras usted busca el nuevo catecismo romano. Claro que ello no es un problema de los cibercafés uruguayos. Hoy en todo el mundo se buscan soluciones, mientras el negocio fructifica. Y la nave va… *

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