Hoy Juceca

Romperse todo

El hombre se quejaba en el bar, tomando un café con un amigo. «Porque yo me rompo todo, te juro que me rompo, che». Lo miré, y visto así, a simple vista y sin entrar en detalles, no estaba todo roto. Tenía una vieja cicatriz sobre el labio superior, que bien podía ser la última huella dejada por una herida de cuando era chico. Todos, si hemos sabido ejercer la niñez como es debido, tenemos alguna cicatriz. Yo, sin ir más lejos, tengo varias cicatrices visibles, y algunas no visibles de las que no hablo. En una pierna tengo una producida al saltar un alambrado de púa, perseguido por una jauría de perros asesinos y por su dueño, un viejo que blandiendo una carabina de la primera guerra mundial, los azuzaba para que me devoraran por intento de robo de manzana. Sin duda era un nazi, alguien que había logrado escapar de los juicios de Nuremberg y ahora, ocioso, se la agarraba conmigo por una manzana podrida. La cosa que ahí está la cicatriz, como recuerdo imborrable de una aventura como quien dice contra el ejercito de Hitler, un poco disminuido pero algo así. Tengo otra cicatriz, en un codo que me produje yo mismo, por pavo, cortando unas ramas con una cuchilla. Los ligustros estaban muy crecidos, y a mí me dio por podarlos a machetazos con la cuchilla mayor de la cocina. Y en el momento en que tenía agarrada una rama con una mano, y con la otra le bajaba el machete, la vecina aparece por el otro lado del cerco y me saluda: «Â¡Hola!». Yo estaba podando el ramaje precisamente para poder verla, y al sentir su voz me distraje y tiré el hachazo con la cuchilla que fue a dar contra mi brazo izquierdo. ¡Me salía sangre! A mares. ¿Usted piensa que ella corrió desesperada a buscar auxilio? Al contrario. Se rió a las carcajadas, he hizo unos chistes sobre la Venus de Milo, y allá a las cansadas vino con un frasco de agua oxigenada y un algodón y me paró la sangre, siempre a las risas. El hecho de que el padre fuera carnicero, no justificaba tanta insensibilidad, y aquello me abrió una herida en el alma, cuya cicatriz conservo en la categoría de las no visibles. El asunto fue que el tipo del bar, se seguía quejando de su vida perra, y de pronto dijo:»Â¡Y mirá que yo me rompo, eh!». Pensé que era una amenaza, que desesperado, descontrolado, estaba dispuesto a romperse en ese momento y lo anunciaba. «Â¡Me rompo che, me rompo!». No estaba yo de ánimo para quedarme a ver cómo se rompía un hombre sentado en una mesa frente a un café. No hace mucho vi como se rompió un jarrón en casa y me impresioné, así que si me quedaba a contemplar la rotura del tipo ese, me iba a descomponer. Entonces pagué y me fui. Como a la hora, por curiosidad, pasé por la vereda de enfrente y miré para el interior del bar. El tipo estaba ahí, sentado en el mismo sitio, y aparentemente entero. Pero no quise entrar a ver con más detalles, por las dudas no se fuera a romper cuando yo entraba. *

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