Todo es máscaras

Muchos  demasiados, si se repara no sólo en esa entelequia llamada «opinión pública», sino en tantos analistas y opinadores de supuesto prestigio  están persuadidos de que Néstor Kirchner representa algo así como una oportunidad histórica de construir otro país a través de una nueva política, alejada de la ambición desmedida, de la corrupción y de la falta de escrúpulos. Así vistas las cosas, este buen hombre no sólo habría logrado alejar quizás definitivamente la sombra ominosa y desvergonzada del farandulesco Carlos Menem sino, lo que es aún más maravilloso, abrir las puertas a una democracia real, verosímil, esperanzadora.

Pues bien, a mí no me lo parece.

Releyendo, cosa que suelo hacer con frecuencia un poco obsesiva, rescaté este párrafo de un memorable artículo de Larra, «Todo es máscaras», nunca tan bien venido para explicar el lío: «¿Quién es aquél de más allá? Un hombre que pasa, entre vosotros los hombres, por sensato; todos le consultan; es un célebre abogado: la librería que tiene al lado es el disfraz con que os engaña. Acaba de asegurar a un litigante con sus libros en la mano que su pleito es imperdible; el litigante ha salido; mira cómo cierra los libros en cuanto salió, como tú arrojarás la careta en llegando a tu casa. ¿Ves su sonrisa maligna? Parece decir: venid aquí, necios; dadme vuestro oro: yo os daré papeles, yo os haré frases. Mañana seré juez, seré el intérprete de Temis».

¿Quién es Néstor Kirchner, el candidato inventado por Duhalde, el presidente transitorio que es igual a Menem sólo que menos vulgar y estentóreo? ¿Quién es Kirchner, entonces? Eso es lo que la mayoría de los argentinos, salvo algunos en la patagónica Santa Cruz, han decidido no averiguar. No les importa. La cosa es que algo ocurra entre la angustia y la ilusión, entre el grito «que se vayan todos» y la necesidad de una figura carismática, que apareciendo como por obra de birlibirloque, les diga lo que quieren oír.

Qué pena. Una vez más, los argentinos han gestado lo que se merecen. Después del robo, de la destrucción de la dignidad nacional, con la miseria vaciándoles la barriga y los bolsillos, no hallaron el modo de convertir su reprobación en una nueva etapa. Era tal la rabia contra Menem y el deseo de castigarlo  justificados, claro  que se conformaron con ver en el suelo los añicos del septuagenario riojano, ex patilludo y ex caudillo, sin exigir la contraprestación de un político probado, sensato, esencialmente democrático, que llegue en ancas de una santa indignación por el despilfarro de la riqueza pública y por el hambre de sus hermanos, dispuesto a hacer todo lo contrario de lo que han hecho sus antecesores en el sillón de Rivadavia.

¿Acaso ése es Néstor Kirchner?

No, por supuesto. Cualquiera sabe, si se preocupa y averigua, que el estrábico marido de la fogosa senadora Fernández ha gobernado Santa Cruz como un señor feudal, incurriendo en los mismos groseros empujones a la ley y hasta en el mismo nepotismo de los que han acusado  y otra vez justificadamente  a Carlos Menem. Un político que ha convertido a la provincia en una fábrica de empleos públicos, manejando los fondos de todos al estilo de una caja chica.

Extraño universo mental el de los argentinos que votan. ¿Exagero? Veamos algunos datos de la realidad. «Que se vayan todos» era el grito unánime y en la primera vuelta volvió a ganar Menem. «Que se vayan todos» era la única consigna, y entre Menem, Kirchner y Rodríguez Saá obtuvieron una mayoría aplastante para un peronismo que nadie, hoy día, podría explicar sin caer en el delirio.

¿Y qué más? El honrado López Murphy capturó los votos de la burguesía asustada, junto a parte de aquel decaído patriciado con olor a bosta denostado por Sarmiento. Un profesional prolijo al que habría que recordarle que cuando el pícaro petiso de Anillaco sugirió que lo designaría ministro de Economía, hace ya meses, cuando la campaña todavía no se había precipitado al barrial, su respuesta fue una belleza de ambigüedad.

Y en cuanto a la señora Carrió, cuya votación ha sido celebrada incomprensiblemente como el nacimiento de una nueva nación, ¿alguien puede aceptar que represente a la izquierda argentina resucitada? ¿Esa mujer, nada menos, otrora incondicional de Alfonsín, que no tiene programa, que construyó su imagen de devota con Mirtha Legrand y que fue incapaz de tejer alianzas constructivas con nadie? Hablemos en serio. En la Argentina no hay izquierda. Desapareció. De esa extinción se encargó Perón, desgraciadamente, hace cincuenta años.

Qué desilusión todo esto.

Quizás usted no lo sepa, lector, pero soy argentino. Vivo y trabajo aquí desde hace muchísimos años pero no niego una de mis dos ciudadanías. Y tengo derecho a estar preocupado. Por eso cambio ahora la conjugación anterior: los argentinos hemos gestado lo que nos merecemos.

Ojalá que la providencia nos ayude, que un milagro  o una serie de milagros  iluminen el camino de la Argentina. Pero me parece una hipocresía, también un cinismo y hasta una falta de buen gusto sumarme al coro que festeja la asunción al poder de esta suerte de ilusión óptica, por decirlo de un modo piadoso, cuando alrededor laten y siguen sufriendo verdaderos movimientos populares, germen de emancipación inadvertido, a los cuales la política aleja cada vez más.

*Periodista

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