Secuestro canino exprés

Hacia las 20.30 de un viernes que jamás olvidará, Nelson cruzó la ruta, dejó el dinero donde le habían indicado, regresó rápidamente a su casa y se sentó junto al teléfono.

«Habían dicho que me iban a llamar, esperé hasta las 11 y como no pasó nada pensé lo peor», cuenta ahora este carpintero jubilado nacido en Rivera.

Pero 15 minutos antes de la medianoche escuchó un ladrido inconfundible, salió rápidamente al jardín y vio a Batuque, el ovejero belga de pelo negro que lo acompaña desde 1994.

Batuque corrió hacia la casa y cuando estuvo a un paso de Nelson se irguió, le puso las manos sobre los hombros y con un aullido largo y fuerte celebró su liberación tras 36 horas de oprobioso cautiverio.

«Me abrazó el Batuque, sí señor. Y yo también lo abracé y creo que hasta se me fue una lágrima o más de una», dice Nelson mientras acaricia tiernamente al perro tendido a sus pies.

Nelson asegura que no sabe quiénes secuestraron a Batuque, al que logró rescatar con los 85O pesos que aquella noche dejó junto a un pino, en una bolsa de plástico, pocos metros al sur de la Avenida Giannattasio.

«No vi a nadie porque todo se arregló por teléfono. Me hablaron tres veces y aunque primero me pidieron mil 5OO pesos, al final aceptaron lo que les ofrecí, que era lo único que tenía», afirma.

Menos costosa y más corta fue la experiencia de Nancy, comerciante, quien con 5OO pesos logró que le regresaran a Pelusa, una «perra marca perro» blanca con manchas marrones en el lomo y la cola.

«Lo mío fue rápido. La Pelusa desapareció un viernes como a las 3 de la tarde, me llamaron a las 7, a las 8 dejé el dinero donde me dijeron y a las 9 volvió la perra», explica.

Más que Nancy y Nelson debió esperar Juan Carlos, quien tras buscar infructuosamente durante dos días a Gordo, su cachorro setter, lo reconquistó 12 horas después de haber pagado 65O pesos.

«Estuve dos días y medio sin el perro. Cuando me llamaron para pedir rescate sentí un gran alivio porque mi hijo Richard, que tiene siete años, no paraba de llorar desde que le dijimos que el Gordo se había perdido», dice Juan Carlos, constructor.

Al ex marino mercante Jorge le robaron un galgo rápido como la luz, a la modista Marisa una fox-terrier casi ciega, a Héctor, agente inmobiliario, un mastín manto negro y a Mario, jubilado, un pequinés que trajo de Maldonado hace cuatro años.

En todos estos casos el rescate en efectivo fue de 5OO pesos pero además del dinero a Jorge le exigieron una botella de whisky importado, a Héctor otra y a Mario un cartón de cigarrillos rubios.

Quienes pagaron para que les devolvieran sus perros prefieren hablar poco del asunto, piden que no se publiquen sus apellidos «para evitar problemas» y también coinciden en afirmar que no recurrieron a la Policía porque temían represalias.

«Pagué y punto, porque lo único que yo quería era que mi perro llegara sano y salvo a casa», dice Walter, un fabricante de bloques que con 4OO pesos compró la libertad de su amado doberman Chito, hace poco más de dos semanas.

Los balnearios más golpeados por los secuestros parecen ser Lagomar, Atlántida, La Floresta, Marindia, Las Toscas y Parque del Plata, en ese orden, según afirman habitantes de la Costa de Oro.

«Nunca llama una mujer para pedir rescate. Siempre son hombres. Si no tenés teléfono, te llaman a la casa de un vecino. Te dicen que dejes el dinero en un lugar que ellos eligen y que esperes noticias en tu casa y al rato aparece el perro», dicen en la zona.

Cariño y dinero

Como las familias afectadas no hablan mucho sobre los secuestros, sólo un estrecho círculo de personas sabe lo que está sucediendo y cuida a sus perros con más esmero que antes, informa Walter.

Sin embargo hay quienes comentan que los secuestradores usan perras en celo y trozos de carne para atraer y capturar a sus víctimas, y también se dice que utilizan lazos y redes con mucha destreza, pero nadie los ha visto en acción.

Lo que sí se sabe es que tratan bien a los perros porque todos han retornado sin heridas ni señales de golpes, «enteritos y sanos», confirman Nelson, Walter, Jorge y Nancy.

«Te lo dejan cerca de tu casa y el perro llega solo, moviendo la cola, y vos pensás que los tipos lo cuidaron bien porque de repente también quieren a los animales, como uno», agrega Walter.

Juan Carlos opina que quienes secuestran perros lo hacen «para comer», porque están desocupados, y «aunque eso está mal, peor es matar a alguien para robarle 2O pesos, como pasa muchas veces».

Héctor sostiene que se trata de una modalidad delictiva menor que se extiende por imitación porque no conlleva riesgos muy grandes, al contrario de la rapiña o el copamiento.

«Antes te robaban el perro para venderlo a otra persona y ahora te lo venden a vos mismo, casi siempre por poca plata, y vos pagás porque querés al animal», dice Nelson y añade:

«Juegan con tus sentimientos, te tocan el corazón, porque un perro es un compañero, un amigo, y vos estás dispuesto a hacer cualquier cosa para que te lo devuelvan y no dormís tranquilo hasta que no lo ves otra vez en tu casa, siempre a tu lado en las buenas y en las malas, como el Batuque. Uno paga el rescate por amor». *

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